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Narradores invitados
Hugo Ríos Cordero.
Nació en Mayagüez en octubre de 1972. Ingresa al Recinto Universitario de Mayagüez en 1990 a estudiar Economía aunque se traslada a Literatura Comparada. Escribe su tesis sobre “El híbrido” basándose en una novela de Salman Rushdie. Se gradúa en 1997 e ingresa a la Maestría en el Departamento de Inglés. Es en este año que se casa con Magda Morales y se establece en Mayagüez. Al siguiente año nace su hijo Hugo Gabriel. En el 2003 terminó su tesis sobre el gótico y el realismo mágico titulada: Charting a Route: From Gothic to Magic Realism.
Su primer libro de cuentos Marcos sin retratos está por publicarse. En el se encuentran “En el nombre del padre” (Premio Certamen de Cuento de El Nuevo Día 2002) y “Vestida de blanco” (Primer Premio Juegos Florales de San Germán 2000). Su poemario “Rostros de cera” obtuvo mención honorífica en el certamen de poesía del Nuevo Día 2002. En estos momentos se encuentra organizando su primera novela Vendaval y una segunda antología de relatos titulada Horas de Oficina. Ha publicado cuentos y poemas en la revista Atenea.
En el nombre del padre.
Como lector profesional de literatura, el placer de los libros nuevos es para mí lo más cercano al éxtasis y sólo lo supera el descubrimiento de lo que podría ser la base de una nueva edición de algún autor ya desaparecido. Cartas, papeles, trabajos inéditos, cualquier pedazo de la vida del autor, es alimento vital para nuestra especie. Vivimos de ese placer, vagamos por las bibliotecas y colecciones privadas fatigando las antiguas ediciones, buscando algún pedazo que entre hoja y hoja duerma, esperando la resurrección editorial y luego la gloria. Por eso cuando recibí la extraña nota, mi corazón sobresaltado me indicó la ruta a seguir. La nota que alguien había dejado en mi correo decía que de interesarme la obra del escritor Andrews Pierce debía visitar la Casa de los Olmos, y adjunto a la nota había una dirección.
Andrews Pierce había sido un ermitaño escritor americano que había logrado gran éxito con su primera novela. Debido a este éxito era perseguido por editores y críticos, de los que Pierce huía, pues detestaba la publicidad. Un día, para sorpresa de todos los editores, Pierce convocó una conferencia donde se reunieron representantes de todas las casas publicadoras de la época. Pierce con un aspecto sereno mostró al público una urna dorada y murmurando algunos versos derramó su contenido sobre la mesa. Cenizas, cenizas, cenizas. Dirigiéndose al público, dijo que ahí se encontraban sus obras completas listas para editar y acto seguido sacó un revólver y se disparó a la cabeza. El suceso dejó consternada a toda la comunidad literaria. Mi padre, Charles McNiece, había sido uno de los principales hostigadores del señor Pierce y el hecho de que ahora me llegara esta extraña nota, con tan agradable invitación, me parecía una exquisita coincidencia. Pensé notificar a mi amigo y rival de la editorial, Michael Long, pero mi entusiasmo me hizo olvidar muy adrede su número telefónico. La Casa de los Olmos era una antigua mansión en el sector más olvidado de la ciudad. El estado de la casa me hizo recordar a los hermanos Usher. Toqué la puerta varias veces, pero no obtuve respuesta. Cuando desilusionado me marchaba, la puerta se abrió y una anciana de ojos azules nublados, que bordeaban con el gris, me recibió con una sonrisa hueca y con las siguientes palabras: -"Adelante, señor McNiece, le esperaba." Sorprendido me adentré en la oscura sala y acepté el asiento que la anciana me ofrecía. Pensé que el ambiente me recordaba el cuento de James sobre Jeffrey Aspern y la comparación fue tal que tomé nota de no permitirme los mismos errores que el editor de Aspern había cometido.
La señora había desaparecido y unos diez minutos después reapareció con una taza de café. Se sentó justo frente a mí y me miró como desde otro siglo. Una voz temblorosa, pero animada por una razón que yo ignoraba, me habló vigorosamente. -"Imagino que viene por los papeles del señor Pierce, ¿cierto?" Tengo que admitir que lo cortante de la pregunta me detuvo y pensé en el impresionante parecido entre ella y la anciana Juliana de la obra de James. Es cierto que la realidad imita a la ficción. Traté de articular alguna evasión a la pregunta y terminé balbuceando alguna frase sin sentido, por lo que rematé mi vergüenza con un rotundo "sí" que fue inmediatamente seguido por un cortante "bien", proveniente de los ancestrales labios. La anciana me miraba fijamente y fue entonces cuando pensé que su rostro me era familiar, pero el dato de su procedencia me evadía. Permanecimos largo rato en silencio mientras yo buscaba en mi mente y en las paredes algún indicio que iluminara la familiaridad de su semblanza. La anciana parecía dormitar mientras murmuraba algunas palabras.
-"Bueno me parece que ya es hora." La frase parecía provenir de la pared, pero en realidad la señora había dejado su asiento y me hacía señas con una vaga precisión para que la siguiera. Descendimos una larga escalera que conducía a un extraño sótano. Emanaba un olor muy fuerte que no pude identificar. Noté que el suelo del sótano estaba húmedo y que la única luz provenía de un viejo candelabro que se encontraba encendido sobre unos archivos muy viejos. Una vez dentro, la anciana procuró cerrar bien la puerta. La señora abría los cajones mientras murmuraba unas palabras que no podía escuchar, aunque parecían versos. Los cajones de los armarios contenían cartas, papeles, manuscritos; mi corazón latía rápidamente por la emoción y por el fuerte olor que inundaba el cuarto. Una vez abiertos todos los cajones la señora me miró y por primera vez sonrió diciendo: -"Sr. Gregor McNiece es usted igual que su padre."
En ese instante comprendí todo. El rostro de la señora de repente tomó forma, la forma de su padre Andrews Pierce. Ella era Juliet Pierce, quién había escapado hace muchos años del sanatorio donde había sido recluida al morir su padre. Esa fue la primera de una fatal cadena de revelaciones. Comprendí que los papeles eran todas las cartas de Pierce y también algunos trabajos inéditos, pero también comprendí que el fuerte olor que llenaba el aire del cuarto provenía del combustible que inundaba el suelo de madera y los archivos. Una vez más la anciana sonrió, pero esta vez dejando caer el candelabro al suelo.
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