Algunos textos sobre la vida y obra de Michel Foucault
Michel Foucault: dichos y equívocos
Mara Bacarlett

Un cráneo pulido y brillante, bien afeitado, relumbrante y pasivo bajo la luz que refleja sus claroscuros a partir de esta superficie lisa, conjuntamente con ese rostro apenas sonriente, con esa mirada incisiva que parece escrutarlo todo. De las pocas imágenes que circulan del filósofo francés nacido en Poitiers, en 1926, una cierta constante flota entre nuestra mirada y su rostro, una especie de inescrutabilidad se alza entre nuestra superficie y su superficie que nos impide imaginar siquiera cómo detrás de esta presencia tan nítida, tan pulcra y aliñada puede esconderse un pensamiento así de rebelde, insumiso, provocador. Reconocido heredero intelectual de Nietzsche y Bachelard, menos se sabe de su fuerte deuda con el pensamiento de Henry Bergson, de Georges Canguilhen o del psicólogo existencial Ludwig Bisawagner; las innumerables influencias ejercidas sobre su obra escapan a toda mirada rápida y a todo pensamiento reductor. De la ontología a la epistemología, de la política a la ética, de la filosofía de la medicina a las teorías biológicas, el legado que Foucault utiliza para construir su obra es vasto y heterodoxo, nada fácil de ser reducido ni a una sola corriente ni a un conjunto de fórmulas fáciles.

Es precisamente en su pensamiento donde se cumple esa especie de maldición que Borges tuvo a bien pronunciar: "La gloria es una incomprensión y quizá la peor". A partir de su desaparición en 1984, víctima de Sida, sus ideas penetran fuertemente los debates filosóficos en América Latina y de pronto es lugar común hablar del poder como estrategia más que como posesión, a la vez, más de uno queda encantado por esa idea de que las relaciones de dominación cruzan todos los cuerpos haciéndonos víctimas pero también verdugos. Esta popularidad tuvo ingratas consecuencias. De pronto, todo mundo hablaba de Foucault, en ocasiones sin haber tenido una lectura suficiente o habiéndolo leído a través de comentaristas, con lo que de pronto tuvimos la imagen de un Foucault fácil, capaz de resumirse en algunas fórmulas sencillas. Es posible pensar que este equívoco no sólo se debe a una mala o insuficiente lectura, sino también a que hasta hace muy poco contábamos con una ausencia monumental en su obra, aquella parte que se refiere a las palabras menos formales y más libres de las entrevistas, conferencias, cursos y artículos periodísticos. La aparición de tres tomos temáticos a cargo de la editorial Paidós (Entre filosofía y literatura, Estrategias de poder y Estética, ética y hermenéutica), representa la oportunidad de introducirse a un pensamiento que resulta, de entrada, demasiado complejo para ser abordado desde las grandes obras, como Las palabras y las cosas o la Historia de la locura en la época clásica, así como de saldar todas aquellas dudas y equívocos que la lectura del grueso de la obra no despejó. Leer sus trabajos menores, no por ello menos importantes, se presenta como una experiencia innovadora que nos enfrenta a un Foucault menos rígido, tratando de explicarse a sí mismo, de corregirse, de contradecirse y comentarse por otros medios. Paradójicamente, el efecto final después de haber leído dicha recopilación es la contraria: se cae en cuenta de que ahora se entienden mejor muchas cosas, al tiempo que se vuelve evidente que nos encontramos frente a un pensamiento más complejo de lo que pensábamos. En suma, lo dicho en estos tres volúmenes podría ser la piedra de toque para salir de algunos equívocos que las malas lecturas o ausencia de éstas han construido alrededor de la obra de Foucault. Veamos cuáles pueden ser algunos de esos dichos que tantos equívocos han dejado en torno de su obra.

Lo dicho: se ha caracterizado a Foucault como "el filósofo del poder".

Equívoco: si algo resalta después de la lectura de estos tres volúmenes es que el poder, si bien es un elemento de gran importancia en su obra, tiene por función sustentar y tratar de explicar la génesis de esa figura compleja que es el elemento central de su proyecto intelectual: el sujeto. Si el poder es importante en este esquema no lo es más el surgimiento de la ciencia o del humanismo moderno para construir eso que somos hoy.

Lo dicho: Foucault es el filósofo de la discontinuidad.

Equívoco: en palabras del filósofo mismo, su objetivo ha sido más bien preguntarse por las "condiciones de posibilidad" de ciertas instituciones, de ciertos discursos y prácticas que hoy nos parecen incuestionables y connaturales al mundo. Así, más que afirmar la discontinuidad de la historia, el problema es cuestionar la aparente ineluctabilidad de las instituciones que nos gobiernan, de la moral que nos ciñe y de la ciencia que nos conoce y con la que conocemos.
Lo dicho: Foucault es un filósofo postmoderno.

Equívoco: la caracterización del pensamiento foucaultiano como postmoderno tiene pocos fundamentos, sobre todo si se tiene en cuenta que constantemente, en entrevistas y en el grueso de su obra, la modernidad es vista como una etapa de la historia a la que aún no arribamos del todo. Para Foucault, tanto en las ciencias humanas como en los discursos sobre la sexualidad, Occidente no ha podido superar el umbral que separa a la época clásica, propia de los siglos XVII y XVIII, y a la modernidad.

Lo dicho: se ha visto en Foucault a un filósofo fundamentalmente negativo, que esgrime argumentos críticos que no proponen nada constructivo y que no encuentran nada positivo en lo que critican.

Equívoco: si bien Foucault se ha distinguido por su pesimismo y aquella famosa astucia de declarar "la muerte del hombre", en sus escritos éticos realiza un giro importante: es su regreso al sujeto y su defensa vehemente de la subjetividad como derecho a la diferencia lo que lo instala en un lugar menos escatológico y más propositivo. Por otra parte, a pesar de sus recias críticas contra toda forma de dominación, existe siempre un reconocimiento a la parte positiva de todo poder, es decir, si bien el ejercicio del poder tiende a excluir, suprimir y marginalizar, al mismo tiempo incluye, organiza y maximiza las fuerzas que domina, con lo cual se vuelve aún más compleja cualquier tentativa reduccionista en el análisis del poder.

Así, la lectura de estos tres volúmenes nos da la oportunidad de superar viejos mitos y prejuicios respecto del pensamiento foucaltiano, al tiempo que nos invita a realizar lecturas paralelas donde nuevos aspectos pueden resultar interesantes para interpretar nuestros tiempos, mismas que en ningún modo se reducen al análisis del poder y penetran esferas aparentemente disímbolas como la literatura y la locura, la transgresión y la anormalidad, la experiencia de la otredad y la experiencia de uno mismo. La fuerte influencia literaria que autores como Sade y Mallarmé ejercieron sobre su obra queda plasmada por este hermanamiento que Foucault entabla siempre entre la experiencia de la locura y la literatura. Finalmente es la experiencia de la transgresión y de la anormalidad, como dictados externos al sujeto que las experimenta, aquellos estados que para Foucault han sido fundamentales para la edificación de las ciencias del hombre, de las instituciones políticas modernas, de las estructuras médicas y de los discursos moralizantes bajo los cuales vivimos hoy. La lectura de estos trabajos es también una forma de compartir la experiencia de lo Otro, de aquellas subjetividades y formas de pensar que por su marginación y lejanía nos parecen ajenas y extrañas y que sin embargo siempre están aquí mismo, en el borde de nuestras vivencias y de nuestros pensamientos.

Mara Bacarlett es profesora de Filosofía y Etica en la Universidad Autónoma del Estado de México. Actualmente realiza el doctorado en Filosofía de la Ciencia en la UAM.


El concepto de poder en Foucault
Aquiles Chihu Amparán

Es importante acuñar una noción de poder que no haga exclusiva referencia al gubernativo, sino que contenga la multiplicidad de poderes que se ejercen en la esfera social, los cuales se pueden definir como poder social. En La verdad y las formas jurídicas, Foucault es más claro que en otros textos en su definición del poder; habla del subpoder, de "una trama de poder microscópico, capilar", que no es el poder político ni los aparatos de Estado ni el de una clase privilegiada, sino el conjunto de pequeños poderes e instituciones situadas en un nivel más bajo. No existe un poder; en la sociedad se dan múltiples relaciones de autoridad situadas en distintos niveles, apoyándose mutuamente y manifestándose de manera sutil. Uno de los grandes problemas que se deben afrontar cuando se produzca una revolución es el que no persistan las actuales relaciones de poder. El llamado de atención de Foucault va en sentido de analizarlas a niveles microscópicos.

Para el autor de La microfísica del poder, el análisis de este fenómeno sólo se ha efectuado a partir de dos relaciones: 1) Contrato - opresión, de tipo jurídico, con fundamento en la legitimidad o ilegitimidad del poder, y 2) Dominación - represión, presentada en términos de lucha - sumisión. El problema del poder no se puede reducir al de la soberanía, ya que entre hombre y mujer, alumno y maestro y al interior de una familia existen relaciones de autoridad que no son proyección directa del poder soberano, sino más bien condicionantes que posibilitan el funcionamiento de ese poder, son el sustrato sobre el cual se afianza. "El hombre no es el representante del Estado para la mujer. Para que el Estado funcione como funciona es necesario que haya del hombre a la mujer o del adulto al niño relaciones de dominación bien especificas que tienen su configuración propia y su relativa autonomía".

El poder se construye y funciona a partir de otros poderes, de los efectos de éstos, independientes del proceso económico. Las relaciones de poder se encuentran estrechamente ligadas a las familiares, sexuales, productivas; íntimamente enlazadas y desempeñando un papel de condicionante y condicionado. En el análisis del fenómeno del poder no se debe partir del centro y descender, sino más bien realizar un análisis ascendente, a partir de los "mecanismos infinitesimales", que poseen su propia historia, técnica y táctica, y observar cómo estos procedimientos han sido colonizados, utilizados, transformados, doblegados por formas de dominación global y mecanismos más generales.

En Los intelectuales y el poder, Foucault argumenta que después de mayo de 1958, los intelectuales han descubierto que las masas no tienen necesidad de ellos para conocer --saben mucho más--, pero existe un sistema de dominación que obstaculiza, prohibe, invalida ese discurso y el conocimiento. Poder que no sólo se encuentra en las instancias superiores de censura sino en toda la sociedad. La idea de que los intelectuales son los agentes de la "conciencia" y del discurso forma parte de ese sistema de poder. El papel del intelectual no residiría en situarse adelante de las masas, sino en luchar en contra de las formas de poder allí, donde realiza su labor, en el terreno del "saber", de la "verdad", de la "conciencia", del "discurso"; el papel del intelectual consistiría así en elaborar el mapa y las acotaciones sobre el terreno donde se va a desarrollar la batalla, y no en decir cómo llevaría a cabo. En La microfísica del poder indica que "el poder no es un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre otros, de una clase sobre otras; el poder contemplado desde cerca no es algo dividido entre quienes lo poseen y los que no lo tienen y lo soportan. El poder tiene que ser analizado como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes circulan los individuos quienes están siempre en situaciones de sufrir o ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consistente del poder ni son siempre los elementos de conexión El poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos". Aunque este párrafo pudiera hacer pensar que Foucault disuelve, desintegra el principal tipo de poder, el estatal, o que no lo reconoce, en otro apartado habla del concepto de subpoder, de los pequeños poderes integrados a uno global. Reconoce al poder estatal como el más importante, pero su meta es tratar de elaborar una noción global que contenga tanto al estatal como aquellos poderes marginados y olvidados en el análisis.