Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial
Manuel Valdés Pizzini

Conferencia en torno a E. P. Thompson, preparada para el curso de Cambio Social y Cultural


"El lunes es el día peor,
bailar con un ordenador
el bolero del masoca.
Volviéndole la espalda al mar,
sin un mal beso que llevarse a la boca...

Diles que no piensas fichar,
pon el reloj
a la hora de los locos
de atar".
Joaquín Sabina (1988)

Antes de empezar, quisiera narrarles tres anécdotas


La primera: La tensión horrorosa entre las visiones estructurales de la antropología y los enfoques históricos de la sociología y la historia consumieron más de una vez mi tiempo de ocio.  Entre las profundas perspectivas temporales de Marx y Weber, tuve en ocasiones que sumirme en los relatos ahistóricos de la etnografía inglesa, ejemplificados en los trabajos de E.E. Evans-Pritchard y A.R. Radcliffe-Brown.

Uno de los trabajos más fascinantes que jamás leí fue Los Nuer, una monografía etnográfica sobre una etnia (o tribu) dedicada al pastoreo en la expansión geográfica de lo que una vez fue durante la ocupación británica el Sudán Anglo-Egipcio.

Evans-Pritchard describe allí, con la precisión característica de la etnografía británica, los trabajos y los días de esta sociedad y su mentalidad, tan diferente a la nuestra, especialmente en torno al tiempo, veamos:


“los nuer carecen de una expresión equivalente al "tiempo" de nuestra lengua y, por esta razón, a diferencia de nosotros no pueden hablar del tiempo como si fuera algo real, que pasa, que puede desperdiciarse, aprovecharse, etc. No creo que experimenten nunca la misma sensación de lucha contra el tiempo o de tener que coordinar las actividades con un paso abstracto del tiempo, porque sus puntos de referencia son principalmente las actividades, que suelen ser de caracter pausado.  Los acontecimientos siguen un orden lógico, pero no hay sistema abstracto que los controle, al no haber puntos de referencia autónomos a los que tengan que adaptarse con precisión".

Después de leer esto, uno tiene que coincidir con Evans Pritchard, en el hecho de que "los nuer son afortunados".    

La segunda: Poseido por los modelos clásicos de la modernización me lancé (o me empujó Jaime Gutiérrez) a entrevistar pescadores por todo el archipiélago, haciéndoles las más tontas de las preguntas: si se sentían satisfechos con sus empleos, si esa era su actividad económica principal, si le recomendarían la pesca a una persona joven que conociesen, y cosas parecidas. En más de una ocasión intentamos, con el fracaso más rotundo, saber cuanto tiempo dedicaban a la pesca, cuanto tiempo empleaban en otras actividades, y quienes eran los pescadores exitosos.  Realmente queríamos saber si los que eran exitosos lo eran porque invertían más tiempo en la pesca, porque ahorraban, no gastaban mucho, empleaban bien su tiempo, tenían una ética de trabajo diferente, o simplemente pescaban más.   

La mentalidad de la modernización y de sus agentes (como los antropólogos y sociólogos) piensa en jornadas de cuarenta horas, y en el salario como una manera de medir el tiempo, un tiempo que es solo el producto del capitalismo industrial.  Pero para esta gente, como para mucha gente que no necesariamente vive regulada por el reloj ponchador ni las estructuraciones del capital, el trabajo es otra cosa. Es parte de un mundo coherente que E. P. Thompson le llama "el quehacer".  Una rutinización que a veces no separa el tiempo del ocio, del tiempo de la familia, o del tiempo de trabajo. La mayoría de quienes pescan viven en un tiempo (o tiempos) medido por temporadas, por los ciclos de los peces ("este es el tiempo de la cabrilla", o "de la sama"), por el clima (al cual le llamamos "el tiempo"), las mareas y la luna, los vientos y las corrientes, por la naturaleza, el paisaje y los ritmos que se imponen sobre la acción de producir. Cuando le preguntábamos sobre el significado de la pesca muy pocos dijeron que solo era  un trabajo como otro cualquiera, y nada más. Para ellos la pesca era una terapia, una manera de pensar, de desconectarse, de recrearse en un espacio de gran significado para ellos.  

Su ciclo circadiano posiblemente es otra cosa: madrugadas para salir a pescar carnadas, noches enteras cuando llegan las sierras, mañanas y tardes cuando se meten los carruchos, día y noche en la pesca del chillo.  Y que me dicen de su tiempo de ocio, ese que observamos desde afuera, hablando y bebiendo en los muelles. Aun allí intercambian información, y se dan la mano mutuamente con las yolas y las redes.  En el espacio-tiempo de la unidad doméstica, de la casa, rodeada de nasas y motores, hijos, conyuges, yernos y hermanos, allí también reparan la nasas, preparan el engoe, ajustan los motores, y tejen las redes. ¿Dónde están las ocho horas del mundo industrial?  ¿Cómo medir el tiempo de trabajo?  ¿Cómo separarlo del tiempo para el ocio, para la familia, para las amistades?  ¿Cómo separar el espacio de ocio del espacio de producción?

La tercera: Para Max Weber la burocracia, como la rutinización de la racionalidad, era uno de los rasgos más importantes del capitalismo y la sociedad moderna.  Esta cadena de mando racional permitía que el tiempo y el esfuerzo se dedicara científicamente a producir y dirigir.  El capitalismo necesita de un mecanismo para regular los esfuerzos, coordinarlos, optimizarlos, medirlos y pagarlos, de manera tal que los trabajadores rindan la tarea justa, en el tiempo acordado, con los resultados esperados.  

Quienes estamos insertados en las burocracias (industriales, militares o gubernamentales) vivimos regidos por el tiempo del reloj de fichar (como le llaman los españoles) como el instrumento para estructurar el trabajo, en función de los objetivos de nuestra empresa.  Como administrador de una oficina no soy diferente al gerente de un supermercado. Pero como científico social y humanista entro en las más profundas contradicciones del mundo laboral y sus sombras. Yo se que la gente arrastra el pie, que rinden culto a San Lunes (como relata Thompson), que se resisten al reloj de fichar (actualmente la gente solo firma una hoja de asistencia), que evaden los horarios, que restan minutos y segundos al reloj, y que les repugna la posibilidad del biofichador que usa sus huellas digitales.  A mi también me repugna el bioponchador, pero burócrata al fin tengo que rendir servicio, tarea y cumplir con los objetivos.

Max WeberTodos los días veo ante mis ojos a Weber reclamando una ética de trabajo anclada en la racionalización de los sistemas, como también veo a Marx explicándome el proceso de extracción de plusvalía (o las ganacias derivadas de los salarios en la explotación de los trabajadores) y a Gramsci con sus argumentos sobre la contrahegemonía de la gente levantada ante las burocracias y sus relojes, mientras yo quedo atrapado en mi condición de clase, de "intelectual" con una conciencia fragmentada entre lo que debo hacer como burócrata o lo que debo hacer en aras de los derechos de los trabajadores, o por lo menos entender sus herramientas y mecanismos de resistencia.

Tiempo y disciplina de trabajo

"Time, oh give time.."
Boy George

E.P. Thompson analiza el surgimiento del capitalismo industrial desde dos perspectivas que hasta hace poco solían chocar: la visión Weberiana de que el capitalismo es el producto del surgimiento de una ética de trabajo producto del protestantismo, y la visión Marxista de que el capitalismo es producto de un proceso material, caracterizado por el desarrollo de las fuerzas productivas y los medios de producción en la historia.  Thompson demuestra que es posible atar ambas perspectivas en una visión amplia del surgimiento del capitalismo, como un proceso de producción y como una cultura que tiene como fin regular el tiempo y el espacio de trabajo, regulación que queda en las manos de las clases propietarias de los medios para producir.
 
Las culturas no-capitalistas no miden el tiempo por el uso del reloj, ni estructuran la producción en términos de jornadas mensurables en segundos, minutos y horas redimibles por salarios.  En esas culturas tampoco se mide el tiempo en un espacio ajeno, si no en las casas, en sus talleres, en la naturaleza, en el campo, y en sus tierras.  El capitalismo requiere de una enorme transformación social que requiere, entre otras cosas, de un efectivo control del tiempo y del espacio de producción por medio de las clases propietarias. Para ello requiere de una cultura o visión de mundo vincule el uso del tiempo a un regimen de trabajo constante.  

El campesinado europeo, los nuer, los pescadores tienen una visión muy diferente a las del capitalismo. Ellos controlan sus herramientas, tienen sus tierras o tienen acceso a la naturaleza (al mar, por ejemplo), tienen sus propios talleres, poseen sus saberes, y por lo tanto controlan lo que producen, el tiempo en el que lo hacen, y el espacio donde lo hacen posible. Innegablemente, el capitalismo tuvo que crear una ruptura con ese control, fuertemente arraigado en esas culturas, sobre todo en la de los campesinos, agricultores y artesanos europeos.

Según Thompson, fueron dos los mecanismos sociales y culturales que precipitaron esa ruptura: el uso del reloj y la ética protestante, especialmente la cultura y la ética protestante.  


Una breve historia del tiempo

Reloj,
detén tu camino

La historia de la manufactura y uso de los relojes en la vida cotidiana de Europa está intimamente relacionada con la manera en la que la sociedad industrial se apoderaba del control del tiempo, su regulación y la imposición de los horarios en la fuerza trabajadora. El uso del reloj comenzó como una inversión de los más pudientes, y luego se difundió entre las clases trabajadoras, cuando este instrumento también se consideró como una medida de progreso en el standard de vida.  Por ejemplo, el reloj de bolsillo fue una prenda común entre los tejedores de Lancashire y los obreros de Manchester, en Inglaterra.  

Este artefacto sirvió también para medir y regular las normas de trabajo.  En un momento dado a los trabajadores se les pagaba por pieza (por zapatos o por tarea), o por el tiempo que empleaban en hacer una tarea.  Pero se desconocía cual era el tiempo que se necesitaba para hacer una tarea (producir un zapato, desyerbar un predio, sembrar varias hectáreas). Esto se resolvió con las prácticas tayloristas de estudiar los movimientos y cronometrar las tareas. Pero el capitalismo no fue siempre tan preciso.

En ese momento en el que el mundo industrial dependía de una mano de obra que cobraba por pieza, los trabajadores todavía estaban atados a tareas en sus tierras o en sus propios talleres, y combinaban el trabajo (asalariado o a destajo) con el ocio, o su uso propio del tiempo libre. Por ello hacían lo posible para irse en fuga del control de las fábricas.

Los lunes (como le llamaban San Lunes) eran un día sagrado para estos trabajadores, quienes solían ausentarse de las fábricas y talleres, y usar ese día para el asueto, beber cerveza, hacer otras cosas.  Para estos trabajadores la ética estaba clara. Por ejemplo, para los trabajadores franceses "le dimanche est le jour de la famille, le lundi celui de l'amitié" (el domingo es el día de la familia, el lunes, el de la amistad).  Era también una manera de romper con la explotación en los talleres y con el control de los dueños sobre sus vidas.  

Pero para producir mercancías y plusvalía de forma continua y racional el capitalismo necesita de una ética y disciplina de trabajo que engrane con los mecanismos del reloj (que antes no eran digitales si no mecánicos), y con los dientes de las ruedas de la maquinaria fabril.

Para implantar una economía del tiempo y una rigurosidad en el uso del mismo por parte de los trabajadores,  se ordenó al monitor y al vigilante de la fábrica que mantuvieran una hoja de horas para cada jornalero, anotadas al minuto, con "venida" y "escapada", solo por el reloj del monitor, y no por los relojes de bolsillos de los trabajadores. De hecho, aquí se manifiesta una de las primeras contiendas por el tiempo: los patronos les quitaban los relojes a los trabajadores, no mostraban el suyo, adelantaban o atrasaban los relojes a su conveniencia, y hasta alteraban sus mecanismos en su beneficio.  

Vigilantes, chotas, castigos, penalidades y multas para quienes violentaran los horarios formaban parte de este panorama industrial obsecado con el tiempo y la disciplina.  Michel Foucault ha estudiado esto en las instituciones totales, como las carceles, donde la disciplina y el ojo panóptico del estado mantiene una vigilancia sobre los sujetos, a quienes castiga cuando se salen del universo de las reglas.

"El ejercicio de la disciplina supone un dispositivo que coacciona por el juego de la mirada; un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen claramente visibles aquellos sobre quienes se aplican". Michel Foucault. Vigilar y Castigar

Es así como se instauran las relaciones de poder.

En eso, las fábricas y los talleres no eran diferentes.  Y así son también las escuelas y las universidades con sus relojes, timbres, uniformes, y reglamentación.  La "puntualidad", la "frugalidad", "orden" e "industriosidad" enseñada por algunas escuelas inglesas de caridad era alabada por los religiosos y los dueños de fábricas por ser la manera en la que los niños entraban a "un nuevo universo de tiempo disciplinado".  

De esta manera la sociedad industrial separaba en "trabajo" y "vida" un mundo consolidado en la experiencia del "quehacer", donde el ocio, la vida, la familia y la producción casi no se podían diferenciar.

Esta transformación del proceso de trabajo, su medición y el control del tiempo responde a un proceso material y social del capitalismo que Marx describió en varias obras, como por ejemplo, en La ideología alemana.  

Para Marx, este proceso requirió la separación entre el espacio de trabajo y el de hacer vida social.  Requirió también la separación (Marx usa el concepto de enajenación) de los trabajadores de los medios para producir, del control del tiempo de producción, y del fruto de su trabajo.  Para Karl Marx, el capital era también una relación social, por lo que su análisis es pertinente en la Sociología y en todas las Ciencias Sociales.  


Trabajo y espiritualidad
"Cuida que andes con circunspección, dice el Apóstol... redimiendo el tiempo; dejando todo el tiempo que puedas para los mejores propósitos; rescatando cada fugaz momento de las manos del pecado, y Satán, de las manos de la pereza, la comodidad, el placer, las cosas de este mundo". John Wesley

Cuando marca las cartas el tahur
y rompe el músico su partitura
y vuelve Nosferatu al ataud
y pasa el camión de la basura,
a la hora de crecer,
a la hora de perder,
cuando ladran los perros del amanecer
Joaquín Sabina (1988)

Para hacer posible esta transformación había que internalizar en la mentalidad de estos actores sociales dichos procesos. Es ese el papel que desempeñó "la ética protestante" según Max Weber.  En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo Weber arguye que el capitalismo fue posible en aquellos países donde el protestantismo fue predominante.  Con una ética de amor al trabajo, de frugalidad, de ascetismo y de una vida consagrada al trabajo, era posible ser parte del proceso de salvación. Esta ética requería de una disciplina similar a la disciplina concentrada en el uso fructífero del tiempo en la fábrica.  Los "escogidos" para la salvación debían escuchar ese llamado, y convocar a los demás a trabajar en el nombre de Dios.     

Para Thompson esta ética ya había insertado "un reloj moral al interior de cada hombre" para que la gente usara el tiempo de la manera más provechosa posible, siempre cumpliendo con su deber.  Ese discurso religioso de la época desataba toda su furia contra la pereza, la vagancia y el ocio improductivo. Había que rescatar "cada fugaz momento de las manos del pecado y Satán, de las manos de la pereza, la comodidad, el placer, las cosas de este mundo" (John Wesley).
 
La iglesia, el púlpito y la fábrica se convertían en mecanismo para interiorizar una ética de trabajo que asegurara la vida eterna y la salvación. Una ética basada en el rechazo a la holgazanería, y un tributo al trabajo constante. Eran los dueños de las fábricas quienes promulgaban entre ellos y entre los trabajadores una moral donde el tiempo era una mercancía, era dinero, era un bien, y perderlo, uno de los pecados capitales. Dormir más de lo necesario, chismear, socializar por ahí son cosas aborrecibles.  El uso sabio del tiempo, su inversión en los mercados, y el trabajo constante son pilares de la salvación y del buen provecho.  Los hombres (y las mujeres) deben adscribirse a una práctica ascética: la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual, de la cual el trabajo, la frugalidad y el temor a Dios son elementos esenciales. A este discurso y sus prácticas se resistieron los trabajadores, y aun lo hacen muy a pesar del taylorismo y el fordismo.  

Según Thompson, es la unión entre el capitalismo y la ética protestante, la que hace posible una nueva valoración del tiempo que permea nuestras luchas, nuestras resistencias, y constantes re-valorizaciones del tiempo y el espacio de trabajo, y las formas cotidianas en las que diferenciamos los tiempos (hora americana vs. hora boricua).  Debemos tener esto claro cuando nos asomemos al fenómeno de la modernización, y ver las formas y los contenidos en los que se manifiesta.

Para adelantar ese paso debemos asomarnos primero al fordismo y al taylorismo, conceptos fundamentales de la sociología contemporánea que nos permiten entender los cambios sociales y las trasformaciones económicas hacia la globalización.  El tiempo, el trabajo y la disciplina forman parte esencial de las luchas entre el trabajo y el capital, que son, cruciales en los procesos de cambio social.