Paquita la del Barrio*

 

 Julia Cristina Ortiz Lugo 

                   

A Daniel Cassany, en agradecimiento por esta experiencia inolvidable.  

 

        A Paquita la antecedía su fama de cantante feminista. Estando en el ballet de Amalia Hernández, en México, un compañero de congreso nos la recomendó. Con acento de Barcelona, y como buen maestro de la palabra, nos cantó algunos versitos, para picarnos la curiosidad.  Nos fuimos a lo que habíamos venido: a trabajar, no sin dejar una cadena de mando (desde recepcionistas hasta bedeles y taxistas) encargada de conseguirnos boletos y transportación para el siguiente sábado, que era nuestro día libre.

        Néstor, un taxista de tierras altas, es decir, con trato templado pero dulce y engabanado,  nos esperaba puntualmente con el gesto resignado (“¿cómo el destino me castiga así?”). Y pronto supimos que el casi imperceptible asomo de fastidio, no era por nosotras, sino porque vivía con el enemigo en casa: una admiradora de Paquita.  A la pregunta de si conocía a nuestro vellocino, contestó con voz chiquita: “No, a mí no me gusta, pero a mi mujer sí.”

        Antes de convertirse en estatua (nos acompañaría en viaje de librerías) nos pidió permiso para darle una checada al barrio “caliente” de Paquita.  Después de todo eran las 4 de la tarde y el show era a las 7:00. Tampoco teníamos reservaciones porque no se lo permitieron.  Las calles atestadas de movimiento, eran como la parte fea de la Ponce de León, cuando estaba la New York Department Store.  El local sólo me hizo pensar en lo triste que sería venir a morir quemada en México.  Ninguna marquesina digna de tan alto personaje, pero sí un extracto de macho que de ninguna manera nos dejaba comprar boletos por adelantado: PORQUE AQUÍ SOLO ENTRA EL QUE ESTÁ.  Ni modo, al menos nos llevaríamos sus discos por si acaso. Así es que mientras una de nosotras subió a comprar los discos, las otras dos nos quedamos haciéndole el cuento triste al cancerbero: “Dios mío, y que venir desde Puerto Rico para verla, porque nos han hablado tanto de ella, y lo malo es que ya nos vamos mañana por la mañana...”  Se desapareció el de voz insobornable y regresó, al segundo, con carita de puertorriqueño aybendito (vamos, que, después de todo, resulta que nuestro acento, “que no suena”-sabido es que los puertorriqueños somos los únicos que “no tenemos acento”, Ja!- se pega.)  “Vengan acá un momento.” Y nos muestra la mesa perfecta: al costado de la pequeñísima tarima y al lado de la única puerta que alcanzamos a ver en el club. “¿Les gustaría ésa, estaría bien para ustedes?”  Y regresamos al carro con los discos y los tres boletos a colores con la cara sonreída de Paquita en nuestras manos.

        Entre el tapón y los habitantes nocturnos acaparando cada esquina de la calle del club, de noche el barrio impresionaba más. Sin embargo, con orden disneyano, entramos en un santiamén.  Néstor me puso en las manos un walkietalkie que sería el contacto entre el local prohibido y él.  A pesar de nuestra desconfianza, la mesa estaba reservada; y el club, ya lleno de mujeres. En medio del humentín de las fumadoras, las únicas dos cabezas de hombres trataban de ambientarse (“¿Y cómo se ‘ambienta’ uno en un club de mujeres?”). Tanto las setentonas (y eran muchas) como las más jóvenes tenían vasos en las manos y botellones de tequila a medio vaciar en sus mesas.

        Un charro chaparrito con bigote de la Revolución se subió a la tarima y ése sí que “ambientó” a las mujeres con comentarios machistas. Nos anunció y condujo un show de variedades.  Una charra de buena voz y dos otrora galanes latinos eran la atracción. Luego de la muchacha, se trepó un Sandro mexicano, un charro mofolongo de cara ajada con la misma mirada calenturienta del argentino de “Trigal”. Otras mujeres no pensaban lo mismo porque se sentía la excitación creciente. Paquita nos tenía otra sorpresa: un cuarentón, el “papisongo de la noche”, vestido con ropa de mariachi, pero más moderna y erótica.  Se contorsionaba por oficio y aquello se iba a caer. Frente a mí había una mujer de edad media que ahogaba sus lágrimas desenfrenadas en un vaso de tequila.   Las mujeres seguían bajando botellas de tequila al son de las canciones de despecho.  El tipo se bajó de la tarima, se trepó en la mesa larga de 15 mujeres y siguió con su patético contoneo.  El griterío llegó a niveles electrificantes y nosotras también gritábamos, pero de divertida alucinación.

        Al minuto siguiente, uno de los gendarmes de Paquita (un miembro del “staff”, como dirían aquí) casi movió a una de mis amigas en peso porque “Paquita va a pasar por aquí” y claro, es que no cabía la Doña. Apareció ante nosotros aquella bola de añil brillante enlentejuelada, de pelo rubio y rostro de marfil sudando la gota gorda.

El staff se preocupaba porque la Jefa sudaba y miraba insistentemente los conductos del aire acondicionado.  No les cabía un alfiler y se les notaba. Pero… con rostro inexpresivo que a la vez proyectaba una gran calidez, subió a la tarima y comenzó su repertorio de baladas y boleros con aire mexicano.  Las canciones, todas de amor y despecho, iban subiendo el tono y la atmósfera iba provocando multiplicadoras escenas hembristas de mujeres dando puñetazos que subían y bajaban.  Pronto me sentí como en la primera cantina a la que María Félix, en desafío implacable, entró a pedir aquel histórico tequila.

        Paquita sabía bien lo que hacía: las “líricas” (les pido la palabra prestada a mis estudiantes) porque en efecto, son más que letras, no podían menos que cumplir su función. Con la ira de sus compañeras sin voz les gritaba a los hombres: “Rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho aun siendo rastrero se queda chiquito ante ti.”  A sus amigas y fieles parroquianas les enseñaba las nuevas reglas de urbanidad para tratar a sus hombres: “¿Me estás oyendo?, ¡¡Inútil y bueno para nada!!” Y el discurso literario para mujeres como la del llanto irrefrenable: “Maldita sabandija, alimaña, maldita sanguijuela, cascabel, culebra, culebra ponzoñosa.”  Y claro, al mundo que ha acatado la representación del legendario macho mexicano, le explicaba: “Si a dormir me llevaste a tu cama, me lo hubieras dicho para no ilusionarme con un pobre bicho.” Luego, lo corroboraba con el siguiente fundamento: “Toda la noche me la pasé esperando, pobre pistolita no dispara nada.”  Con el mundo de testigo, les prevenía a los hombres: “Si no lo resuelven de ahora en adelante les buscamos un ayudante.” Y en benévola gradación: “O se componen o los capamos.”

         Paquita, con su tea en la mano, bajó digna y con zapatos (a pesar de que sus sacerdotisos le trajeron chanclas para que estuviera más cómoda) a complacer a todas sus admiradoras que querían una foto con esta profeta legendaria, con esta libertadora de mujeres.

        No en balde Néstor el taxista no nos quiso acompañar.

 

 

* 2005 Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción sin consentimiento expreso de la autora.

 

 

| Próxima crónicaPágina principal |