Apéndice 2
LA LOIDA DE MIS SUEÑOS
Dr. Carmelo Rodríguez Torres
Para la Patria a quien ella tanto quiso
Loida llegó a mi vida como caen las hojas del primer suspiro de la primavera. Llegó como tenía que llegar; como el respiro más hermoso que necesitaba nuestra generación.
Yo había venido con mi humilde maleta de Vieques, repleto de recuerdos, de pequeños poemas, borradores de novelas y ansias de transformar todo lo que estuviera en deshonor a la patria.
De Loida Figueroa sabía poco, muy poco. Las distancias geográficas y literarias, los espacios de comunidades históricas - que era en realidad en donde se movía, me habían apartado de ella.
Pero en el 1969 -el excelente escritor e historiador- Don Germán Delgado Pasapera, en una esquina, exactamente en la Facultad de Estudios Generales -El Chardón de Ahora- me presentó a la Doctora Loida Figueroa.
Acaba recientemente de terminar su doctorado en la Universidad de Madrid y, además, de publicar su primer volumen en la Editorial Edil. Entonces eran los años sesenta, llenos de lucha, al justo pie apretado a la Revolución cubana, al reclamo de la negritud norteamericana que gritaba desde los trenes subterráneos y las calles más destartaladas: “Black is Beauty”. Entonces repito, yo me dije: Ese corazón que tiene Loida, va más allá de nuestras fronteras nacionales. Y era una mujer, llena de ansias libertadoras, llena de revolución y poesía, de novela y de historia, de Loida entera.
Caminaban los años de Vietnam y un día a la quietud de una luna mañanera, en la quietud del mar del norte de mi Isla de Vieques, con esa mirada de enamorada yaucana, como si perfilara el Villancico de Amauri Veray me dijo: Y tú ¿no tienes un hermano en el ejército? Primero le dije: “Yo me negué” pero hay uno que no sabemos dónde se encuentra. Escribía yo en aquellos días- y sostenido en mi memoria- “Contrario a este dolor crece la vida.”
Así continuaron nuestros años de luchas por la patria y de amistad para el corazón. Los movimientos políticos de a de veras abrían zanjas patrióticas y sembraban las semillas que dejaron irónicamente en muy pocos - las rodillas de bandera y escudo, de pulso y sentencia, de Puerto Rico en alto.
No obstante siempre estaba ahí. Mujer de calibre y de proyecciones, nunca dio un paso atrás.
Recuerdo que una vez, subía yo, en mi Volkswagen verde, animado de poemas, repleto de la flora del Recinto Universitario de Mayagüez. Era frente al edificio De Diego, la actual rectoría, cuya dirección ocupa el amigo Doctor Stuart Ramos, con quien comparte simpatías y puesto de dirección el Doctor Wilfredo Ruiz Oliveras.
Allí estaba Loida, frente a rectoría, sola no, porque allí estaba la escritora Maggie Sola, con un piquete, muy de mañana, cuando aún los coquíes no habían cerrado su voz y las estrellas no acababan de darle el curso al universo.
Después la lucha se hizo dura y complicada, de eso pueden dar fe nuestras carpetas. Ella hizo viajes a Cuba, visitó Casa de las Américas. Allí, con esa generosidad que siempre tuvo en sus labios y su corazón, hizo las gestiones y me regaló un año de atenciones literarias de esa revista.
Investigó todo lo que pudo sobre Betances junto a un entrañable amigo cubano que murió muy prematuramente, y publicó su libro Betances y Cuba.
Caminamos juntos, juntos fuimos a Lares, hicimos proyectos como La trulecta, que consistía en asaltos navideños para poner en las manos del Partido Socialista lo que pudiese alcanzar la voz de amor patriótico del pueblo de Mayagüez.
Nunca acompañé a Loida a Cuba, en sus consecuentes viajes de investigación histórica y literaria. Pero Loida tenía un imán angelical, una delicia de duende, de duende patriótico. Un buen día recibo una llamada de Cuba. Era Fernando Retamar. Me dijo: “Ya está todo listo para que vengas a Cuba como jurado del Certamen de Casa de las Américas”. “No tengo mi pasaporte al día”, le contesté. “Yo me encargo de la visa”, respondió. Mis compromisos con una Universidad privada me impidieron esa oportunidad. Creo y siempre lo he creído que detrás de todo este manto protector estaban María Solá y Loida Figueroa.
Ramonita Gómez y yo trabajábamos en un proyecto para rendirle un homenaje. Fuimos con ella al Recinto Universitario de Mayagüez. Allí Ramonita le tomó las fotos más hermosas que he visto de Loida; junto al restaurado portal, una mañana de sol brillante y la sonrisa eterna y coqueta de la historiadora.
La última vez que la vi, de viva vista fue en el Recinto Universitario de Mayagüez, bien compuesta de traje y de ánimo. Hablamos poco, me explicó sus proyectos de investigación y me recordó mi ensayo “Loida, poeta”. Le dije que teníamos que reunirnos. Entonces me dijo: “Yo te llamo”. Pero la muerte la llamó primero.