Los Ministros
-Nosotros formábamos un grupo que era el de los ministros que nos reuníamos todas las noches para orar y estudiar la palabra y que todo el mundo nos identificaba como el grupo de los ministros. Era una cosa muy bonita. (Juan Diego)
Juan Diego formaba parte del grupo de los ministros porque aunque no era candidato al ministerio era hijo de un pastor protestante. A pesar de que la familia no tenía grandes recursos económicos su madre hacía milagros para que no sólo los hijos sino todo el que llegara a su mesa tuviera de comer. De alguna manera se las ingeniaba para mantener y asegurar la educación de sus hijos ya que se había propuesto que si uno de ellos iba a la Escuela Superior todos los demás lo harían. Y su esfuerzo alcanzaba también a los numerosos primos que llegaron a vivir con ellos.
Su padre les había inculcado el amor a Dios y a la música, el arte por excelencia para Juan Diego. Como él quería ser médico misionero, como se lo decía su mamá, obtuvo una beca de la Misión para ir al Poly donde mientras estudiaba su Bachillerato en Ciencias pudo cantar en el Coro. Violeta recuerda que él era un excelente tenor. Y ahí, con Bover, aprendió mucho de dirección.
Juan Diego, Mauro, Severiano y los otros ministros andaban siempre juntos ya fuera para estudiar, participar en las actividades religiosas o para dar serenatas a las muchachas. Mauro era especialmente ingenioso e inventaba juegos jocosos a pesar de que “era un estofón” ( se graduó de bachillerato con honores, Suma Cum Laude), y de que llevaba cuentas de todo lo que gastaba y escribía un meticuloso diario en que anotaba al detalle y en una clave inventada por él todo lo que hacían y las veces que Violeta lo miraba o no.
Hacía un mes que habían empezado las clases cuando Severiano, cuyo sueño de entrar al Politécnico ese año se estaba postergando porque el Presbiterio había determinado no tomar acción sobre su candidatura al ministerio, ve aparecer la luz en su camino.
-Y esa luz viene a través del nuevo presidente del Instituto Politécnico, el Dr. Jarvis S. Morris. Enterado de la situación del aspirante, viene a mi encuentro, dialoga conmigo, ahonda en mi situación y en mis circunstancias, pregunta sobre mi quehacer en la escuela superior, le proveo mis tarjetas, va al Presbiterio, presenta moción de reconsideración del asunto de mi candidatura. Se aprueba la misma, propone se me acepte como candidato, promete apoyo de parte de la institución que preside, solicita la ayuda necesaria del cuerpo presbiterial y en un abrir y cerrar de ojos, lo que antes eran sombras tenebrosas, se tornan claridades meridianas.
El jovencito de Isabela, cuya abuela-madre había decidido, contra la opinión de muchos, mandarlo a la Escuela Superior, empezaba la ruta para alcanzar la meta que la abuela había soñado para su niño. Cuatro años más tarde se graduaría Cum Laude, con especialidad en historia y sub especialidad en psicología y podría ingresar al Seminario.
-Luego del 1941, graduado con bachillerato, pasé al Seminario Teológico y pude, por fin, traer a Ina, mi abuela, el grado de Maestría en Teología. Ella acaso no entendía lo que significaba eso, pero sí sabía que su sueño se cumplía. En la misericordia divina, un hijo-nieto sería ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana, sueño perenne de sus esperanzas que jamás flaquearon.
-Desde los tiempos de Calvino, un ministro presbiteriano debe ser una persona bien instruida y educada. Es por esto que un requisito fundamental para entrar al Seminario es que el candidato hubiese aprobado el bachillerato.
Por la composición del grupo de los ministros al que el candidato se integra recién llegado al Poly, es posible pensar que la Iglesia Metodista también se interesa en ayudar a que sus candidatos también obtengan este primer grado académico. Dos estudiantes del grupo comparten el dinero de la beca que los metodistas proveen para este propósito. Cuando llega un tercero, éstos deben estirar su presupuesto para que él también pueda obtener el beneficio. Desgraciadamente, cuando se gradúa, este joven renuncia a su interés por el servicio religioso.
-Habíamos otros, que no teníamos intención de entrar al Seminario pero que éramos hijos de ministros. Por eso siempre estábamos juntos. Eramos el motor de una sociedad de jóvenes que nos reuníamos para cosas religiosas. (Juan Diego)
-Por la naturaleza de mi vida estudiantil, que por la mañana estudiaba, por la tarde trabajaba y por la noche era esclavo de los libros y por mi condición de salud, yo era amigo de todos pero no tenía la intimidad. Quizás tenía más amistad íntima con este grupo de los ministros. (Severiano)
Pero aparte de las cosas religiosas los ministros encontraban tiempo para compartir con las estudiantes y hacer maldades propias de todo estudiante..Mauro lo recuerda
-Nos tirábamos con guineos. Entonces entró de momento la matrona y yo me escabullí; pero por la noche tocaron a la puerta y era el esposo de ella, el Dr. Caldwell. Me dio un regaño. Yo lo sentí tanto, porque yo no quería, yo nunca estaba envuelto en esas cosas de peleas de muchachos. Le prometí que me iba a portar siempre bien. Se portó bien conmigo.
El día 20 de diciembre de 1939 encontramos a los ministros dando serenata en Borinquen, el dormitorio de mujeres. Dicen que los requiebros estaban dirigidos en especial a Julia. A pesar de no ser una estudiante extremadamente estudiosa, ella era muy responsable y respetuosa y se había convertido en una estudiante muy popular en el grupo. Era la hija menor de un empleado federal de Mayagüez y de una modista, los que se habían propuesto que todos sus hijos fuesen profesionales. Uno de los varones había estudiado Ingeniería Mecánica y el otro había escogido Ingeniería Eléctrica y música. La tercera hija estudiaba Economía Doméstica en la Universidad de Puerto Rico. Así que ella se veía en la obligación de estudiar.
-Ingresé al Poly porque tuve que hacerlo. Era la menor de cuatro hermanos. Ya uno se había graduado de ingeniería, los otros dos comenzaban el cuarto año hacia el bachillerato, por lo tanto yo por obligación tenía que estudiar. Fui una estudiante promedio ya que honestamente no me atraía mucho el estudio. A pesar de gustarme cantar no pertenecí al coro en el Poly, simplemente porque era vaga y no aceptaba responsabilidades extra. Mi vida en el Poly transcurrió sin incidentes como una estudiante común y corriente. No fui una estudiante brillante pero obtuve mi grado por la responsabilidad que tenía con mis padres y hermanos. Durante mi cuarto año de estudios el estudiantado me eligió la más popular del campus.
Otra estudiante que vivía en el mismo barrio de Mayagüez fue reclutada por el Dr. Vélez. Era ésta la heredera de una tradición de mujeres esforzadas cuya abuela, que no sabía ni leer ni escribir, había determinado educar a sus hijas a como diera lugar. Por ahí por 1917 o 1918 se ofreció en el Colegio de Mayagüez un programa de preparación rápida de maestros y maestras, conocido como maestros de emergencia, para solucionar el problema de escasez de maestros. Se admitía a ese programa estudiantes graduados de escuela superior que hubieran demostrado buen aprovechamiento académico y se sospechaba que iban a cumplir con el compromiso de ir a enseñar a las escuelas. La abuela se enteró de esta oportunidad cuando la antepenúltima y la penúltima de sus hijas ya habían completado la escuela superior en Hormigueros.
-Entonces mi abuela, según el relato, tomó una carreta de bueyes, echó las dos o tres poquitas pertenencias que tenían todas y cargó con siete de sus nueve hijas hacia Mayagüez. Vivían detrás de la entrada de Hormigueros, en un camino que se llamaba Las Plumas; caminaron por todo lo que ahora es el Mall, toda la Número Dos, hasta llegar al barrio en que le habían dicho que había una casita que podían alquilar.
La hija de la antepenúltima hija de la abuela quería estudiar Economía Doméstica. También iría a la Escuela Normal. Así cumpliría con la obligación que la tradición familiar le imponía, estudiar para luego ayudar a estudiar a su hermano y hermana menores que ella. Pero ese sueño estaba lejos de su realidad económica. Además, Economía Doméstica era una carrera cara porque había que pagar los materiales para la costura y los bordados en materiales finos y adquirir los ingredientes para los platos exquisitos, los que se vendían en la Bombonera o en La Plaza Provision de San Juan. Por último, había que pagar hospedaje en Río Piedras para ella y alguna de sus tías porque sola, “ni pensarlo que iría a ir”.
La visita del Dr. Vélez les abrió un mundo de esperanzas.
-Lo que él propuso, a ellas les pareció bueno. Como ya en esta misma sala tuve que aprender que no había posibilidad de ir a Río Piedras porque no había dinero eso vino como anillo al dedo. Se habló de que tendríamos oportunidad de trabajar para ayudarnos a pagar los estudios y de que había un programa de trabajo obligatorio, el Plan Industrial. El plan pareció atractivo, como yo sabía trabajar, eso encajó perfectamente , no iba a ser ajena a la experiencia. Otro atractivo que él dio era vivir interna y lo cerca que estaba de Mayagüez.
Así, casa por casa, los reclutadores iban configurando los grupos de estudiantes. La clase del 41 quedaría formada por doce mujeres y trece hombres, 25 estudiantes, si contamos al joven de Ensenada que formó parte del grupo pero al final no pudo graduarse con ellos porque lo reclutó el ejército, hecho que sus compañeros y compañeras todavía recuerdan como una injusticia.
Este estudiante había recibido la beca que la Guánica Central ofrecía para que un hijo de uno de sus empleados pudiera estudiar. Había sucedido que cuando la hija de un empleado de la Central leyó en el periódico que la compañía ofrecía esta beca se dijo -¿por qué no?. Ella había sido el honor de su clase, y la idea de ir a estudiar en San Germán no le disgustaba ya que estaría cerca de sus abuelos en Cabo Rojo. Llenó la solicitud confiada en su capacidad para ganarla pero cuando vinieron los resultados ocurrió que se la daban a un sobrino de un empleado. Ella se entristeció pero, según las creencias que le habían inculcado, lo aceptó porque un hombre necesitaba más la oportunidad de estudiar que una mujer.
-Entonces vino el Dr. Morris a casa. Que la beca se la habían dado al joven de Guánica pero que les gustaría que yo fuera. Yo era el honor de la clase de High School. Nosotros fuimos francos, papá le dijo que con una beca yo hubiera podido ir pero -“sin beca se hace difícil porque hay una temporada, el tiempo muerto de la zafra, no tengo entradas, no puedo hacer pagos y es precisamente cuando empieza el curso escolar, agosto, septiembre.” Entonces Dr. Morris dijo, -“nosotros vamos a hacer una cosa, Ud. puede pagar la cuota, eran $250.00 por año o algo así, Ud. puede pagar durante el tiempo que Ud. trabaja,” papá dijo -“sí, entonces lo puedo pagar.” -“Entonces vamos a hacer unos pagarés y Ud. puede pagar a su comodidad.” -Eso determinó que yo podía ir a San Germán.
Cuando llegó al Poly, Melania se hizo amiga de una estudiante de Ponce, ambas pertenecían a la Sororidad y formaban parte del grupo que iba a los bailes del Casino de San Germán cuando conseguían una matrona que las llevara.
-Nos llevaba una matrona, al Casino. Le teníamos que pagar un peso por llevarnos al baile o al cine. Si íbamos a bailar sábado nos teníamos que quedar a dormir fuera porque después de las doce era Sabbath Day.
Así era; aunque venían de familias católicas, ellas tenían que respetar las reglas y asistir a los servicios religiosos lo que, como hemos visto, no les incomodaba.
Anita ya había sido aceptada a la Universidad de Puerto Rico cuando el Decano se acercó a su hogar en Ponce. La oportunidad de estudiar en el Poly fue bien acogida por la familia que dependía del trabajo de costura y la venta de flores de la madre desde que el padre se quedara ciego a los cuarenta y dos años. A pesar de que su hermano mayor había empezado a trabajar, ir a Río Piedras hubiera sido muy oneroso. El Poly se presentaba como la gran solución.
Aunque le gustaba mucho ir a los bailes del Casino, Anita era más bien una niña tímida y no participaba de grupos ni de clubes. Solamente la encontramos activa en la sororidad y en el Club de Dibujo y luego en la Junta Editorial del Anuario de su clase. Entre sus compañeras de clase su mejor amiga era Melania, aunque también compartía mucho con Julia, Emiliana y Violeta.
En una verbena en el Colegio San José había conocido y se había hecho novia del que más tarde sería su marido. Pero él estuvo en San Germán sólo mientras ella estaba en primero y segundo año.
-Después él se fue a Estados Unidos. Entonces en tercero y cuarto yo estuve sola.
Emiliana comenta
-Mira la palabra que usa, sola. Cuando él se fue a los Estados Unidos ella se aisló bastante, porque como tenía novio, en las actividades estábamos las muchachas y los muchachos juntos y entonces ella no podía estar, teniendo novio no podía estar cerca de ningún muchacho y que le fueran a escribir a él que ella estaba de fiesta en fiesta porque el noviazgo ese era como un compromiso, por eso es que ella no estaba en muchas cosas.
Por ejemplo, ella no participaba de los paseos con doña Mary. Loida sí formaba parte del grupo escogido por la esposa del hermano del Dr. Harris, que era puertorriqueña.Ella estaba encargada del comedor y los llevaba a pasear en auto, atrayendo sobre sí las críticas de las damas de la facultad.
-Eramos cinco o seis y siempre estábamos con doña Mary, éramos los favoritos de ella para todos estos viajes y ya Loida estaba en ese grupo. Pero eso ya fue algunos dos o tres meses de empezadas las clases. Así que ella se fue incorporando al grupo. Estuvimos formando el grupo durante el principio del curso, pero ya a fines del curso, del semestre, estábamos en el coro.(Mauro)
-Lo que pasa es que a nosotros se unían las muchachas... Loida era una de ellas, recuerda Juan Diego.
-En ese año en que yo estuve de estudiante realmente, hacíamos grupos. Y allí entraban los ministros. Doña Mary , nos llevaba a pasear a las parejitas. Ella era mucho más joven que Clarence , su esposo, y era muy alegre, entonces salíamos y entonces yo hacía pareja con uno de ellos que era hermano de un ministro.
Dice Severiano que este muchacho -era de los muchachos más pobres, pero con anhelos supremos de realizarse. Todo este grupo era un grupo, el de los ministros, muchachos que venían de gente relativamente pobre porque un ministro era una persona pobre, era un profesional, pero los salarios que pagaba la iglesia, fuera cual fuese eran unos salarios bajos, muy bajos. Por consiguiente no se vivía en una abundancia sino en una relativa escasez, pero éste vivía aún por debajo de eso. y él se graduó con honores y después se hizo médico.
María recuerda ese primer año, antes de que su matrimonio con el viejo profesor la alejara del grupo. Cuando María se graduó de la Ponce High, acababa de morir su padre, truncando su sueño de entrar a la universidad. Con ayuda de una beca de los masones entró a una escuela de comercio y luego de graduarse con honores consiguió un trabajito a tiempo parcial preparando la nómina en un taller, con un sueldo de $3.00 semanales. Algunas personas conectadas a su familia y al Poly, intercedieron para que la talentosa joven no quedara sin educarse. Se entendía que en el Poly como era pequeño, se escogían estudiantes que tuvieran capacidad aunque no tuvieran medios. Así, María consiguió una beca de $10.00. Tenía que trabajar para ganarse los otros $10.00 que completaban la cuota.
-Me pusieron a trabajar en la cocina, a fregar o secar. Yo sé que se me rompieron unos platos el primer día pero el profesor de psicología, se interesó en que yo cambiara de ese trabajo y allí conocí a Loida, en la granja de pollos. Lo que teníamos que hacer era virar los huevos. Todos los días había que cambiarlos de posición. Y ese era el trabajo. Yo sé que íbamos a virar huevos allí y eran miles porque la institución usaba lo que producía; tenían la vaquería, la leche, los huevos, los pollos.
María llegó a San Germán en el mes de agosto de 1937, tenía sólo diecisiete años, era una niña bien ingenua y todavía estaba de medio luto por lo que casi no participaba de las actividades sociales. Compartía la habitación con otra estudiante de Ponce y se admiraba, al igual que las demás, al ver como todos los días un carro público le llevaba la bandeja de comida a un niña de la sociedad ponceña, la misma que Melania recuerda cuando escribe sobre Loida
-Hoy brota en mi memoria el recuerdo de dos compañeras en el Poly del 37 en San Germán. Vuelvo a subir las escaleras al segundo piso del dormitorio Borínquen Hall y enfrento una puerta abierta mostrando una habitación muy concurrida de espectadoras de la acción entre dos de ellas. Una era Eva, mujer de gran personalidad y simpatía, muy agobiada por la pierna enyesada (¿por fractura o torcedura?). La otra persona era Loida Figueroa, era la buena samaritana ayudando a su amiga y compañera. Eva la quería mucho.
Eva era mi nueva amiga, pero Loida y yo nos conocíamos desde la Escuela Superior de Yauco. Aunque no éramos íntimas nos llevábamos bien. Yo la admiraba por su inteligencia, por ser estudiosa, callada y responsable.
Volviendo a María: el profesor tenía 54 años, es decir, más de tres veces su edad.
-Él había tenido tres hijos pero se le habían muerto, los había perdido uno detrás del otro en una epidemia de influenza en 1918 en Wyoming. Él quería tener hijos, sí. Ya él había tenido una estudiante previo a mí, también se ilusionó con ella, pero ella no lo aceptó. Según me dicen, me lo decía la misma Loida, le aconsejaban que no hiciera eso, pero él quería descendencia.
-El señor había estado enamorado de diferentes muchachas que habían llegado al Poly. Pero que María lo hizo bien pensado, porque ella tenía bien pocas posibilidades económicas. Y en ese verano llegó casada. Cuando empezaron las clases el segundo año, llegó casada y él presentándola como su señora. Y María muerta de la risa con ellas. Y entonces María se llevó a su hermana al Poly a estudiar. (Violeta)
Así fue que al año de ingresar al Instituto, en el verano del 38, María se casó con el profesor y eso la aisló de su grupo. Mientras el maestro ponía en práctica sus técnicas pedagógicas, primero en su joven esposa y más tarde en los hijos que vinieron, la joven continuó estudiando y viviendo entre dos mundos.
-Siendo esposa de uno de los de la Facultad yo tenía que ir a las reuniones de las Damas de la Facultad, fue bien difícil, pues si había un problema de uno de los estudiantes ¿con quién yo me iba a abanderizar? ¿Me tenía que ir con el estudiante? No podía. Tenía que quedarme...yo estaba entre dos aguas.
-Cuando me casé yo ya no tuve más relación con los estudiantes como tal. Ibamos a las clases pero de cuestión social, nada. Ya después de divorciada, recién casada con mi segundo marido, fue que me encontré con Loida en un Grito de Lares y allí entonces es que volvemos a tener más relación.
La Rutina Diaria
-Nos reuníamos en el vestíbulo del comedor antes del desayuno, del almuerzo y la comida. Todo era por campanas, no había timbres. Sonaban una campana ya tú tenías que estar en tal etapa de la preparación de haberte levantado, de haberte bañado, campanas para cada cosa, muy militar. Y entonces cuando tocaba la campana tú podías bajar; mientras tanto tú te quedabas en el edificio. (Emiliana)
Anita describe el comienzo del día, desde que sonaba la campana de las seis de la mañana para llamarlos a desayunar, y su primer encuentro con la realidad de estar viviendo independiente y no tener a la mamá atenta a sus gustos.
-Todos teníamos que comer lo mismo. No era nada de seleccionar. Mi experiencia fue que yo era prácticamente hija única porque mi hermano me llevaba seis años. Un día nos dieron de almuerzo huevos fritos. Pero, tantos huevos fritos, estaban fríos a la hora de comérnoslos. Yo nunca he sido comedora de huevos, el caso fue que yo no me comí el huevo. Cuando iba subiendo la cuesta yo dije ay “cará”, yo no comí hoy el huevo, no comí y nadie se preocupó porque que yo no me lo comiera...-Nena come, nena come.., nadie se preocupó porque ni se dio cuenta de que yo el huevo no me lo comí.
María también sufrió este ajuste al internado - yo tenía muy malos hábitos de comida, no porque en casa no me enseñaran ni me dieran sino porque siempre fui melindrosa para la comida. Y entonces, allí, como tenía que caminar distancias y estaba fuera de casa, allí comí de todo, de todo. Aprendí a comer.
Mauro recuerda al Dr. Morris en el comedor
-Entraba al comedor y comía con los estudiantes y veía qué es lo que comíamos. Y nos decía - limpien el plato bien. Sírvanse lo que se van a comer pero cómanselo todo. Por eso es que tiene esa fama. Le decían Shylock porque decían que era tacaño. Emiliana no coincide con esta última opinión. -Lo que pasa es que él levantó el nivel económico de la institución, puso orden, pero puso una serie de prácticas que eran extremadamente rígidas.
Para Anita el aprendizaje fue diferente.
-La campana, a las siete y media el desayuno y después nos íbamos para la escuela. No había nada más que el edificio grande que hay ahora, Science Hall. Después fue que añadieron todos esos edificios. Estábamos con un programa donde se daban todas las clases. A la hora de almuerzo, nos ponían en mesas en grupos, siempre en la misma mesa, la oración siempre antes de las comidas. Allí fue que yo aprendí a rezar en las comidas, a darle gracias a Dios.
La campana también preocupaba a Severiano.
-Vivíamos en dormitorios de dos, Sí. Y por la mañana tocaba una campana desde el comedor señalando que ya era la hora de estar de camino. Y uno se levantaba a la carrera para ir al comedor. Yo me recuerdo que yo tenía lo que llamaban en ese tiempo una cebolla. Era un reloj que se compraba que valía como un dólar cincuenta centavos o un dólar, y en la carrera -Allá va. El reloj caía al suelo y yo no sé como ese reloj yo podía siempre arreglarlo y seguía con mi pobre relojito de un dólar. Pero todos los días prácticamente, lo echaba al suelo.
No siempre era fácil la convivencia en el dormitorio de varones.
-Phraner tenía tres pisos, recuerda Mauro. -En el primer piso vivían el Dr. Caldwell con la esposa. Y la esposa era la que estaba encargada de la disciplina y las cosas así. Yo vivía en el segundo piso con un compañero. Una vez fue con C y después con B. Y entonces uno de los encargados del dormitorio fue una vez un pastor, que era bien estricto. Los muchachos le decían “Cemento”. Le hacían maldades tremendas y él siempre estaba buscando a los muchachos. Como era pastor y yo también era candidato al ministerio tenía tremendas relaciones con él. Pero no los otros muchachos... Una vez, pobre hombre, le rompieron el carro. Un carrito que tenía la capota de tela, y con una navaja se la cortaron.
Pero no todos los estudiantes lo ven como un hombre bien estricto sino más bien como un déspota, perseguidor de estudiantes, más que pastor de paz, generador de una atmósfera de guerra y de las venganzas de los estudiantes.
-Pero es que el individuo de que hablamos, ha perdido la sensibilidad y la prudencia. Su mística religiosa le ha hecho perder la conciencia del proceder cauteloso y sensato, hasta el grado de no poder diferenciar entre los seres humanos. Y en su fastidio se convierte aún en agente provocador de personas a quienes él debía conocer mejor.
En una ocasión, cercanos a los días de Navidad, son invitados a una actividad religiosa, con comida, el grupo de estudiantes que se preparaban para el ministerio religioso. Al salir para el sitio hacia donde vamos, somos sujetados a un interrogatorio inverosímil. Y al regreso se intentó hacer lo mismo. Recuerdo que yo daba respuesta al interrogatorio, y no pudiendo más le digo, “si usted fuera sensato e inteligente pudo haber hecho de nosotros, unos agentes de paz en la guerra que sobrelleva con los demás estudiantes.”
Severiano, quién es el que se ha enfrentado al decano, calificándolo de dictador en su propia cara no tardaría en recibir el consabido mensaje en el tablón de edictos
No fue “flagelado” como temía. Por el contrario, el Decano fue relevado del cargo y se estableció un gobierno estudiantil en el edificio.
Anita recuerda estos anuncios -cada vez que había un Please See Me en el Bulletin Board del Dr. Morris era que algo andaba mal. Pues cualquier cosa, si los pagos estaban atrasados, cualquier cosa, un Please See Me, allí.
No se fumaba. Allí los muchachos no podían fumar. Pues, pero fuimos felices, lo disfrutamos. Que ahora yo creo que se tiene tanto que no se valúa lo que se tiene.
Sobre el cigarrillo y los métodos poco ortodoxos del pastor en cuestión nos ilustra la anécdota que hace Mauro:
-Una vez estaba con el compañero mío. Estábamos sentados en la mesa estudiando. Era de noche. Mi compañero encendió un cigarrillo. Empezó a fumar. Y me decía, pero pruébalo. Yo odiaba el cigarrillo porque el papá mío me lo prohibía. Y creía entonces que fumar era un pecado. Ahora entiendo que no es un pecado en sí sino que es un vicio. El insistió. Yo estuve en la tentación enorme de probarlo, pero me aguanté porque los escrúpulos míos eran más fuertes. Y no me atreví ni a tocarlo. Y no sabía hasta el otro día que el Reverendo estaba por la ventana de afuera, escuchando. Porque él me lo dijo -qué bien te portaste anoche. Si yo llego a cogerlo, no más a probarlo, hubiera caído en la página de Cheo.
En el dormitorio de las mujeres también había problemas. Violeta nos habla del discrimen con la luz eléctrica:
-Eran injustos con nosotras, nos daban la una, las dos de la mañana y Loida y nosotras y las muchachas tiradas en el baño con una luz, malísima luz, estudiando, porque teníamos que hacer “term papers” y buscar información y a los varones les dejaban la luz toda la noche y a las mujeres a las once de la noche nos quitaban la luz. En ese tiempo no nos atrevíamos a protestar pero protestábamos de otra manera, yo era una que pasaba por una santita, pero que muchas veces, bajaba y subía la luz, después que la doña se acostaba. Cuando veíamos que ella apagaba la luz para ella acostarse, íbamos se la subíamos y antes de acostarnos bajamos y la apagábamos. Y yo venía del tercer piso, bajando y subiendo escaleras. Pero no importa, estudiábamos así. Porque de día no nos daba tiempo si todas las horas las estábamos trabajando.
Con el tiempo Mauro y Violeta se han hecho muy amigos de la hija de la matrona que había venido a reemplazar a Miss Huffman en el dormitorio de niñas y quien se había convertido en el blanco de las maldades de las estudiantes. Celeste venía de una familia de tradición presbiteriana; su madre había estudiado en la primera escuela para señoritas que se había fundado en los altos del Seminario de Mayagüez. A pesar de que su deseo era entrar al Poly no pudo hacerlo hasta el segundo semestre, luego de cursar el primero en el CAAM, en Mayagüez, cursos de matemáticas. Pero había llegado a tiempo para asistir a las festividades de celebración de ese año.
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