Las leyes de protección ambiental de Puerto Rico se remontan a la primera mitad del siglo diecinueve, como respuesta a los estragos causados por casi dos siglos de explotación intensa y de deforestación, características de la colonización española. El corte y la extracción de maderas de los montes y bosques se reglamentó en 1816; esta legislación incluía a los manglares considerados como parte de los montes. “Quince años más tarde (1839) mediante orden real se dispuso la formación de una junta para la protección de la cría de maderas de construcción, el comercio de cabotaje y la pesca. La junta que se estableció mencionó específicamente el mangle colorado y el de botoncillo... como especies cuyo corte de madera para la construcción naval quedaba prohibida.” (DRN 1978 :6) Sin embargo la necesidad de combustible para lumbre y uso en los ingenios, continuó favoreciendo el uso desmedido de este recurso.
Hasta bien entrado el siglo veinte prevalece una percepción negativa del manglar, como un espacio baldío, pantanoso y pestilente, útil solamente para la cría de mosquitos y por ende, perjudiciales a la salud. Por lo tanto la desecación y tala de los manglares, que habían sido considerado útiles y productivos por los primeros habitantes de la isla, es vista con buenos ojos por propietarios y autoridades.
Los manglares se desarrollan exclusivamente en las costas tropicales y subtropicales, distribuidos principalmente entre las latitudes 25o N y 25o S y constituyen uno de los sistemas costeros de mayor importancia debido a su alto valor ecológico y económico. Este ecosistema está sujeto a las mareas, y en conjunto con otros sistemas litorales componen los terrenos mareales, reconocidos como humedales (López Rivera et al., 1999 :48).
La destrucción de especies de mangle y la interrupción del intercambio de agua dulce con agua salada impacta adversamente el hábitat, la fuente de nutrientes, y el ciclo de reproducción del ostión. La eliminación del mangle colorado significa el exterminio del ostión de mangle. El bosque de manglar es un recurso natural de suma importancia para los ostioneros y ostioneras. Sin manglar no hay ostiones. Sin ostiones no hay oficio.
A pesar de lo establecido en la Constitución, leyes, reglamentos y planes protectores del medio ambiente, y en contra de la protesta de residentes y ambientalistas, al final de los años noventa aparece en el paisaje de Boquerón la presencia invasiva de un complejo turístico y de una marina que fragmenta el ecosistema y destruye el hábitat natural que ha servido, hasta ahora, como punto de origen a todo un modo de vida: el de los ostioneros y ostioneras.
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