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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Bakunin y el marxismo
CRÍTICA AL MARXISMO
Mijail Bakunin (1814-1876)
La engañosa premisa de los revolucionarios doctrinarios. No solamente somos contrarios a la idea de inducir a nuestros hermanos eslavos a unirse a las filas del partido socialdemócrata de los obreros alemanes, encabezados por el diunvirato investido del poder dictatorial -Marx y Engels-, seguidos por Bebel, Liebknecht y unos pocos escritores judíos. Por el contrario, emplearemos todo nuestro esfuerzo en apartar al proletariado eslavo de una unión suicida con ese partido que, por su tendencia, finalidades y medios, no es un partido del pueblo, sino un partido puramente burgués y, además, alemán, o sea antieslavo.
Idealistas de toda clase, metafísicos, positivistas, aquellos que sostienen la prioridad de la ciencia sobre la vida, revolucionarios doctrinarios, todos defienden con igual celo aunque con diferentes argumentos la idea del Estado y del poder del Estado, viendo en él, -bastante lógicamente desde su punto de vista-, la única salvación de la sociedad. Bastante lógicamente:, digo, porque una vez adoptado como base el principio -absolutamente falso, en nuestra opinión- de que el pensamiento precede a la vida y de que la teoría abstracta precede a la práctica social, y que la ciencia sociológica debe convertirse en punto de partida de reorganizaciones y revoluciones sociales, llegaron necesariamente a concluir que, puesto que el pensamiento, la teoría, la ciencia -al menos por ahora- constituyen el patrimonio de unos pocos, esos pocos deben dirigir la vida social y no sólo fomentar y estimular sino gobernar todos los movimientos populares y que, apenas producida la revolución, la nueva organización de la sociedad deberá crearse no a través de la libre integración de las asociaciones de trabajadores, de los pueblos, de las comunas y de las regiones desde abajo hacia arriba, según las necesidades y los instintos del pueblo, sino exclusivamente por medio del poder dictatorial de esa minoría instruida que pretende expresar la voluntad del pueblo.
El fundamento común de la teoría de la dictadura REVOLUCIONARIA Y DE LA TEORÍA DEL ESTADO. Es sobre esa ficción de la representación del pueblo y sobre el hecho real que las masas son gobernadas por un puñado insignificante de privilegiados, elegidos o no por ellas; sobre esta expresión ficticia y abstracta que imagina ser el pensamiento y la voluntad de las masas y de la cual el pueblo real no tiene la mínima idea, donde se basan tanto la teoría del Estado como la teoría de la dictadura revolucionaria.
Entre la dictadura revolucionaria y el estatismo no existe más diferencia que la forma exterior. Sustancialmente ambas son una y la misma cosa: el gobierno de la minoría sobre la mayoría en nombre de la pretendida estupidez de ésta y de la pretendida inteligencia superior de la primera. De ahí que ambos sean igualmente reaccionarios, pues su resultado es la consolidación de los privilegios económicos y políticos de la minoría gobernante y la esclavitud política y económica de las masas.
LOS SOCIALISTAS DOCTRINARIOS SON AMIGOS DEL Estado. Está claro ahora por qué los socialistas doctrinarios, que tienen por propósito derribar las autoridades y los regímenes existentes para crear sobre sus ruinas su propia dictadura, nunca fueron ni serán enemigos del Estado, sino, por el contrario, sus más ardientes defensores. Sólo son enemigos de los poderes actuales porque no pueden tomar su lugar, son enemigos de las instituciones políticas existentes porque éstas excluyen la posibilidad de llevar a cabo su propia dictadura, pero son al mismo tiempo los amigos ardientes del poder del Estado, sin el cual la revolución, al liberar a las masas trabajadoras, privaría a esa minoría pseudorrevolucionaria de toda esperanza de uncir al pueblo a un nuevo arnés y de colmarlo de beneficios mediante sus medidas gubernamentales.
Esto es cierto en tal medida que en la actualidad, cuando la reacción triunfa en toda Europa, cuando todos los Estados, movidos por el espíritu de auto-conservación y de opresión, cubiertos por la triple armadura, militar, policial y financiera se aprestan, bajo la conducción suprema del príncipe de Bismarck, a librar una lucha desesperada contra la revolución social; cuando todos los revolucionarios sinceros deberían unirse para rechazar los ataques desesperados de la reacción internacional, vemos, por el contrario, que los revolucionarios doctrinarios, bajo la conducción de Marx, se ponen del lado de los partidarios del Estado contra la revolución del pueblo.
El programa de Lassalle. Nadie, aparte de Lassalle, pudo explicar y probar de modo tan convincente a los obreros alemanes que en las condiciones económicas actuales la situación del proletariado no solamente no pueden cambiar radicalmente, sino que, en virtud de una inevitable ley económica, deberá empeorar año tras año, pese a los esfuerzos de las cooperativas, las cuales sólo pueden beneficiar a un pequeño número de trabajadores por un breve lapso.
Hasta aquí estamos de acuerdo con Lassalle. Pero a partir de este punto comenzamos a diferir con él. En oposición a Shulze-Delitzsch, que recomendaba a los trabajadores no buscar su salvación más que en sus propias fuerzas y no esperar nada del Estado, Lassalle, habiendo probado, primero, que en las condiciones económicas actuales los trabajadores no podían esperar siquiera la mitigación de su suerte, y segundo, que mientras existiese el Estado burgués, y los privilegios burgueses seguirían siendo inexpugnables, llegó a la siguiente conclusión: a fin de lograr la libertad, la verdadera libertad, basada en la igualdad económica, el proletariado debía tomar el Estado y dirigir la fuerza contra la burguesía en beneficio de la masa obrera, de la misma manera que este poder es dirigido actualmente contra los trabajadores en beneficio de la clase explotadora.
El socialismo por vía de la reforma pacífica. ¿Cómo hará el proletariado para tomar el Estado? No existen más que dos medios para eso: o bien una revolución política o bien una agitación legal en procura de una reforma pacífica. Lassalle escogió el segundo camino.
En este sentido y con ese fin formó un partido político de obreros alemanes, considerablemente fuerte, lo organizó jerárquicamente y lo sometió a una disciplina severa y a una especie de dictadura personal; en una palabra, hizo lo que Marx quiso hacer, durante los últimos tres años, en la Internacional. La tentativa de Marx fracasó pero la de Lassalle tuvo completo éxito. Como objetivo directo Lassalle se impuso la tarea de impulsar un movimiento popular de agitación en pro del sufragio universal, del derecho del pueblo para elegir representantes y las autoridades del Estado.
Una vez conquistado ese derecho por medio de reformas legales, el pueblo enviaría sus propios representantes al Parlamento, quienes, a su vez, mediante una serie de decretos y de leyes, transformarían el Estado burgués en un Estado popular (Volks-Staat). Y la primera tarea de ese Estado popular sería abrir un crédito ilimitado a las asociaciones obreras de productores y de consumidores que entonces estarían en situación de luchar contra el capital burgués, para llegar por último a conquistarlo y absorberlo. Cuando este proceso de absorción hubiese terminado, daría comienzo el período de transformación radical de la sociedad.
La ficción de un estado popular. Tal es el programa de Lassalle, tal es el programa del partido socialdemócrata. Hablando con propiedad, no pertenece a Lassalle sino a Marx, quien lo desarrolló ampliamente en el bien conocido Manifiesto del Partido Comunista, publicado por Marx y Engels en 1848.
Una alusión evidente a ese programa se encuentra en el primer Manifiesto de la Asociación Internacional, escrito por Marx en 1864: “El primer deber de la clase trabajadora deberá ser la conquista del poder político” o, como dice el Manifiesto Comunista al respecto: “El primer paso de la revolución de la clase trabajadora es elevar al proletariado a la posición de una clase gobernante. El proletariado concentrará los instrumentos de producción en manos del Estado, o sea, del proletariado elevado a la posición de clase gobernante”.
Ya hemos expresado nuestro rechazo de las teorías de Lassalle y de Marx, teorías que aconsejaban a los trabajadores -sino corno ideal último, al menos como objetivo principal inmediato- fundar un Estado popular que, según su interpretación, será solamente “el proletariado elevado a la posición de clase gobernante”.
Pero el Estado implica dominación y la dominación implica explotación, lo cual prueba que el término Estado popular (Volks-Staat), que sigue siendo el lema del partido socialdemócrata alemán, es una contradicción ridícula, una ficción, una falsedad, y para el proletariado una trampa muy peligrosa. El Estado, por muy popular que sea en su forma, será siempre una institución de dominación y de explotación y por lo tanto seguirá siendo siempre una fuente permanente de esclavitud y miseria. Por consiguiente no existe otro medio de emancipar al pueblo económica y políticamente, de proporcionarle al mismo tiempo bienestar y libertad, que abolir el Estado, todos los Estados, y de una vez por todas suprimir eso que hasta ahora ha sido llamado política.
Las implicaciones de la dictadura del proletariado. ¿Si el proletariado está destinado a ser la clase gobernante, sobre quién gobernará? La respuesta es que seguirá existiendo otro proletariado que será sometido a esa nueva dominación, a ese nuevo Estado. Puede ser, por ejemplo, la “chusma” campesina que, como sabemos, no goza de la benevolencia de los marxistas, y que, encontrándose en un grado cultural inferior, probablemente será gobernada por el proletariado urbano y fabril; o, considerado desde el punto de vista nacional, suponemos que los esclavos, por ejemplo, debido a la misma razón, soportarán un yugo servil en relación con el proletariado alemán victorioso, semejante al que sufre este último en relación a su propia burguesía.
Si existe el Estado, existirá, inevitablemente, dominación, y por consiguiente esclavitud; un Estado sin esclavitud -manifiesta o encubierta- es inconcebible, y por ello somos enemigos del estado.
Por otra parte, ¿Qué significa “el proletariado elevado a la posición de clase gobernante?” ¿Estaría el proletariado entero a la cabeza del gobierno? Hay aproximadamente cuarenta millones de alemanes. ¿Serán los cuarenta millones integrantes del gobierno? En este caso el pueblo entero gobernará y no habrá gobernados, lo cual significa que no habrá gobierno, que no habrá Estado; pero si existe un Estado, habrá gobernados, que serán el pueblo, y habrá, por tanto, esclavos.
Este dilema se resuelve, fácilmente, en la teoría marxista. Por gobierno del pueblo entienden el gobierno del pueblo en manos de un pequeño número de representantes elegidos por el pueblo. El sufragio universal -el derecho de todo el pueblo a elegir sus así llamados representantes y conductores del Estado-, esa es la última palabra de los marxistas así como de la escuela democrática. Y esa es una falsedad detrás de la cual acecha el despotismo de una minoría gobernante, una falsedad que es tanto más peligrosa cuanto que aparece como aparente expresión de la voluntad del pueblo.
Así, desde cualquier ángulo que se examine el problema, llegamos siempre al mismo penoso resultado: el gobierno de la inmensa mayoría de las masas del pueblo por una pequeña minoría privilegiada. Pero esa minoría, nos dicen los marxistas, se compondrá de trabajadores. Sí, de ex trabajadores que, una vez convertidos en gobernantes o en representantes del pueblo, dejarán de ser trabajadores y comenzarán a mirar desde arriba al mundo obrero. Desde ese momento ya no representarán más al pueblo sino a sí mismos y a sus propias pretensiones de gobernarlo. Quienes duden de esta verdad saben muy poco de la naturaleza humana.
La dictadura no puede engendrar libertad. Pero esos representantes elegidos serán socialistas convencidos y además socialistas instruidos. Las palabras “socialistas instruidos” y “socialismo científico” que se encuentran constantemente en las obras y en los discursos de lassallianos y marxistas, prueban solamente que este pretendido Estado del pueblo no serán nada más que un gobierno despótico sobre las masas trabajadoras, a manos de una nueva aristocracia, numéricamente pequeña, de científicos y pseudocientíficos. El pueblo carece de instrucción y por lo tanto será completamente eximido de la preocupación de gobernar, será incluido por entero en el rebaño común de gobernados. ¡Hermosa liberación!
Los marxistas se dan cuenta de esa contradicción y reconociendo que un gobierno de científicos -el más pesado, el más ultrajante y el más despreciable del mundo- será, pese a su forma democrática, una verdadera dictadura, se consuelan con la idea de que esa dictadura será provisoria y breve. Dicen que la única preocupación y el único objetivo de ese gobierno será educar y elevar al pueblo -económica y políticamente- a un nivel tal que no será necesario ningún gobierno; el Estado al perder su carácter político, es decir el carácter de dominación, se transformará en la libre organización de los intereses económicos y de las comunas.
Se presenta aquí una contradicción flagrante. Si el Estado va a ser un verdadero Estado popular ¿qué necesidad hay de abolirlo? Y si es el gobierno de ellos, el necesario para la real emancipación del pueblo, ¿cómo se atreven a llamarlo popular? Nuestra polémica tuvo por efecto hacerles comprender que la libertad o el anarquismo, es decir, la libre organización de los trabajadores desde abajo hacia arriba, es el objetivo final del desarrollo social y que todo Estado, incluido el Estado popular, es un yugo, lo cual significa que por una parte engendra el despotismo y por otra la esclavitud.
Dicen que ese yugo del Estado -la dictadura-, es un medio transitorio inevitable para lograr la emancipación del pueblo: el anarquismo o la libertad es la meta, el Estado o la dictadura es el medio. Así, pues, para liberar a las masas obreras es preciso antes esclavizarlas.
Hasta aquí ha llegado nuestra polémica. Ellos sostienen que sólo una dictadura -la suya, por supuesto- puede engendrar la voluntad del pueblo. Nuestra respuesta es: ninguna dictadura puede tener otro propósito que no sea su propia perpetuación y sólo puede engendrar la esclavitud del pueblo que la soporta; la libertad sólo puede ser creada por la libertad, es decir, por una rebelión general del pueblo y la libre organización de las masas trabajadoras desde abajo hacia arriba.
El Estado fuertemente centralizado como meta de los marxistas. Mientras que la teoría político social de los socialistas antiestatistas o anarquistas los lleva a una ruptura completa con todos los gobiernos, con todas las variedades de la política burguesa, sin otra salida que la revolución social, la teoría opuesta de los comunistas partidarios del Estado y de la autoridad científica también arrastra inevitablemente a quienes la apoyan, bajo el pretexto de tácticas políticas, a transacciones constantes con los gobiernos y los diferentes partidos políticos burgueses; o sea, los lleva directamente hacia la reacción.
El punto fundamental del programa político social de Lassalle y de la teoría comunista de Marx es la emancipación (imaginaria) del proletariado por medio del Estado. Pero para eso sería preciso que el Estado consienta en tomar sobre sí la tarea de emancipar al proletariado del yugo del capital burgués. ¿Cómo puede ser penetrado el Estado de semejante deseo? Existen solamente dos medios para lograr ese fin.
El proletariado debe realizar una revolución para tomar el Estado; lo cual es una empresa bastante heroica. Y en nuestra opinión, una vez que el proletariado tome el Estado debería proceder inmediatamente a su destrucción considerándolo una prisión eterna de las masas obreras. Pero según la teoría de Marx, el pueblo no sólo no debería destruir el Estado sino fortalecerlo y reforzarlo, para transferirlo en esas condiciones a las manos de los jefes del partido comunista, Marx y sus amigos, quienes comenzarán la liberación a su manera.
Centralizarán todos los poderes del gobierno en manos fuertes, porque el pueblo ignorante exige una tutela muy enérgica. Crearán un único banco del Estado que concentrará en sus manos el comercio, la industria, la agricultura e inclusive la producción científica; dividirán a la población en dos ejércitos: uno industrial y otro agrícola, bajo la conducción directa de los ingenieros del Estado que constituirán la nueva clase científico-política privilegiada.
Esta es la brillante meta que pone ante el pueblo la escuela de los comunistas alemanes.
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