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Mario R. Cancel, historiador | Portada
Bakunin y el Estado
EL ANARQUISMO COMO SOCIALISMO SIN ESTADO
Mijail Bakunin (1814-1876)
El socialismo es justicia. Cuando hablamos de justicia no nos referimos a la justicia contenida en los códigos y en el derecho romano basado en gran medida en actos de violencia, violencia consagrada por el tiempo y por las bendiciones de alguna iglesia -cristiana o pagana- y como tal aceptada en carácter de principio absoluto del cual se deducía toda ley por un proceso de razonamiento lógico. Hablamos de la justicia que se basa solamente en la conciencia humana, la justicia fundada en lá conciencia de cada hombre, incluso en la de cada niño, y que puede expresarse sólo mediante una palabra: igualdad.
Esta justicia universal que, debido a las conquistas por la fuerza y a las influencias de la religión, no ha prevalecido nunca en el mundo político, jurídico o económico, debe ser la base del mundo nuevo. Sin esta justicia no existirán ni la libertad, ni la república, ni la prosperidad, ni la paz. Ella debe regir todas nuestras decisiones, de manera que podamos trabajar juntos y efectivamente por el establecimiento de la paz. Y esa justicia nos exige que asumamos la defensa de los intereses del pueblo y reclamemos su emancipación económica y social al mismo tiempo que la libertad política.
El principio básico del socialismo. No proponemos aquí ningún sistema socialista particular. Lo que nosotros pedimos es que se proclame nuevamente el gran principio de la Revolución Francesa: que cada hombre disponga de los medios materiales y morales para desarrollar su humanidad total, principio que debe convertirse en el problema de organizar una sociedad de tal manera que cada individuo, hombre o mujer, encuentre al nacer aproximadamente iguales medios para lograr el desarrollo de sus diversas facultades y el aprovechamiento pleno de su trabajo. La explotación del trabajo de los demás sería imposible y cada individuo deberá ser capaz de gozar de la riqueza social -que en realidad es producida sólo por el trabajo colectivo- en la medida en que contribuye directamente a la creación de esa riqueza.
Rechazo del socialismo de Estado. Por cierto que la realización de esta tarea llevará siglos de desarrollo. Pero la historia ya la ha planteado y desde ahora en adelante no podemos ignorarla sin condenarnos a la más completa impotencia. Nos apresuramos a agregar aquí que rechazamos vigorosamente cualquier intento de organización social que no admita la más plena libertad de los individuos y de las organizaciones o que requiera un poder regimentador cualquiera. En nombre de la libertad, a la cual reconocemos como único fundamento y único principio creador de cualquier organización, sea económica o política, protestaremos contra todo lo que se asemeje aun remotamente a un comunismo de Estado o a un socialismo de Estado.
Abolición de la ley de herencia. Lo único que, en nuestra opinión puede y debe hacer el Estado es primero modificar gradualmente la ley de herencia para llegar a aboliría por completo tan pronto como sea posible. Por ser esa ley meramente una creación del Estado y una de las condiciones esenciales de la misma existencia del Estado autoritario y divino, puede y debe ser abolida. En otras palabras, el Estado debería disolverse en una sociedad organizada libremente según el principio de la justicia. El derecho de herencia, en nuestra opinión, debería ser abolido, pues mientras perdure existirá la desigualdad económica hereditaria, no la desigualdad natural de los individuos, sino la desigualdad de clases artificialmente creada por el hombre; y esta última acarreará siempre la desigualdad hereditaria en el desarrollo y la formación intelectual que sigue siendo el origen y la consagración de todas las desigualdades políticas y sociales.
La exigencia de la justicia es establecer la igualdad para todos, en la medida en que de esa igualdad dependerá la organización económica y política de la sociedad; una igualdad que acompañará a todos desde el comienzo de la vida, de manera que cada uno, guiado por su propia naturaleza, será el producto de sus propios esfuerzos. En nuestra opinión, la propiedad de los fallecidos debe acrecentar un fondo social para instrucción y educación de niños de ambos sexos, incluido su mantenimiento desde el momento de nacer hasta la mayoría de edad. Como eslavos y como rusos agregaremos que entre nosotros la idea social básica, fundada en el instinto general y tradicional de nuestros pueblos, es que la tierra, propiedad de todo el pueblo, debería ser poseída sólo por quienes la cultivan con sus propias manos.
Estamos convencidos qué este principio es justo, que es la condición esencial e inevitable de toda reforma social seria, y que en consecuencia Europa Occidental a su vez no dejará de reconocer y aceptar ese principio, pese a las dificultades de su realización en algunos países, como en Francia, donde la mayoría de los campesinos son propietarios de la tierra que cultivan, pero donde la mayoría de esos mismos campesinos pronto terminarán por no poseer casi nada, debido al parcelamiento que se da como consecuencia inevitable del sistema político y económico que prevalece actualmente en Francia. Nos abstendremos, sin embargo, de hacer ninguna propuesta sobre el problema de la tierra. Nos limitaremos ahora a proponer la siguiente declaración:
La declaración del socialismo. “Convencidos de que la verdadera realización de la libertad, la justicia y la paz será imposible mientras la inmensa mayoría siga, siendo desposeída con respecto a la satisfacción de necesidades elementales, mientras se halle privada de educación y condenada a la insignificancia política y social y a la esclavitud -de hecho si no de derecho- por su pobreza así como por la necesidad de trabajar sin ocio, produciendo toda la riqueza de la cual actualmente se enorgullece el mundo y recibiendo en cambio sólo una pequeña parte que apenas basta para asegurar el pan del día siguiente;
“Convencidos que, para toda esa masa de población, terriblemente maltratada durante siglos, el problema del pan es el problema de la emancipación intelectual, de la libertad y de la humanidad; “Convencidos que la libertad sin socialismo es privilegio e injusticia y que el socialismo sin libertad es esclavitud y salvajismo;
“La Liga [por la Paz y la Libertad] proclama vigorosamente la necesidad de una radical reconstrucción social y económica, que tenga por propósito la emancipación del trabajo del yugo de los poseedores del capital y de la propiedad, una reconstrucción basada en la estricta justicia -no jurídica, ni teológica, ni metafísica, sino una justicia simplemente humana-, en la ciencia positiva y en la más amplia libertad.”
Organización de las fuerzas productivas en lugar del poder político. Es necesario abolir completamente, tanto-en el plano de los principios como en el de los hechos, el llamado poder político, pues en tanto exista éste, existirán gobernantes y gobernados, amos y esclavos, explotadores y explotados. Una vez abolido, el poder político deberá ser reemplazado por una organización de las fuerzas productivas y de las funciones económicas.
Pese al enorme desarrollo de los Estados modernos -un desarrollo que en su fase última está reduciendo el Estado a un absurdo- se vuelve evidente que los días del Estado y del principio de Estado están contados. Ya podemos ver aproximarse la emancipación total de las masas trabajadoras y su libre organización social, sin intervención gubernamental, formada por asociaciones económicas del pueblo con prescindencia de las antiguas fronteras entre Estados y de las diferencias nacionales, apoyadas, como única base, sólo en el trabajo productivo, en el trabajo humanizado, fundado en un interés común pese a su diversidad.
El ideal del pueblo. Por cierto, ese ideal aparece para el pueblo, ante todo como el fin de la pobreza y la satisfacción plena de todas las necesidades materiales mediante el trabajo colectivo, igual y obligatorio para todos; y luego, como el fin de la dominación y la libre organización de la vida según sus necesidades -no desde arriba hacia abajo, como sucede en el Estado, sino desde abajo hacia arriba -una organización formada por el pueblo mismo, aparte de todos los gobiernos y parlamentos, una unión libre de asociaciones de obreros agrícolas y fabriles, de comunas, de regiones, de naciones, y por último, en un futuro más remoto, de la fraternidad ,humana universal, triunfante sobre las ruinas de todos los Estados.
El programa de una sociedad libre. Fuera del sistema de Mazzini, que es la república bajo la forma estatal, no existe otro sistema sino el de la república como comuna, la república como federación, la república socialista y verdaderamente popular, es decir, el sistema del anarquismo. Es la política de la revolución social la que pretende la abolición del Estado y la organización económica completamente libre del pueblo, una organización desde abajo hacia arriba por medio de una federación.
No habrá posibilidades de que exista un gobierno político porque ese gobierno será transformado en una mera administración de los asuntos comunes.
Nuestro programa puede resumirse en pocas palabras:
Paz, emancipación y la felicidad de los oprimidos.
Guerra a todos los opresores y expoliadores.
Restitución total a los obreros: todo el capital, las fábricas y la totalidad de los instrumentos de trabajo. Las materias primas irán a las asociaciones, y la tierra a quienes la cultivan con sus propias manos.
Libertad, justicia y fraternidad para todos.
Igualdad para todos.
La totalidad de los medios de desarrollo, de formación y de educación para todos, sin ninguna distinción, e iguales posibilidades de ganarse la vida mientras trabajen.
Organización de la sociedad mediante la libre federación desde abajo hacia arriba, de las asociaciones de trabajadores, industriales y agrícolas, de las asociaciones científicas y literarias, primero en comunas, luego en federaciones de comunas en las regiones, de regiones en naciones y de naciones en una fraternal asociación internacional.
TÁCTICAS CORRECTAS DURANTE UNA REVOLUCIÓN. En una revolución social, diametralmente opuesta en todo a una revolución política, apenas cuenta la acción individual, todo lo es la acción espontánea de las masas. Lo más que los individuos pueden hacer es aclarar, difundir y elaborar ideas que correspondan al instinto popular y, lo que es más importante, aportar sus esfuerzos constantes a la organización revolucionaria del poder natural de las masas, pero nada que vaya más allá de eso; el resto el pueblo puede y debe hacerlo por sí mismo. Cualquier otro método conduciría a la dictadura política, al resurgimiento del Estado, de los privilegios, de las desigualdades, de todas las opresiones del Estado; o sea, conduciría a través de un camino, indirecto pero lógico al restablecimiento de la esclavitud política, social y económica de las masas populares.
Varlin y todos sus amigos, al igual que todos los socialistas convencidos y en general que todos los obreros nacidos y educados entre el pueblo, comparten en alto grado esta predisposición perfectamente legítima contra las iniciativas que provienen de individuos aislados, contra la dominación ejercida por individuos superiores, y coherentemente, extienden la misma prevención y él mismo recelo a sus propias personas.
LA REVOLUCIÓN POR DECRETO ESTA CONDENADA AL fracaso. Contrarios a las ideas de los comunistas autoritarios -completamente falsas en mi opinión-, según las cuales la revolución social puede ser decretada y organizada por medio de una dictadura o de una asamblea constituyente, nuestros amigos, los socialistas parisinos, sostienen que la revolución sólo puede ser emprendida y alcanzar pleno desarrollo a través de la acción masiva espontánea y continuada de grupos y de asociaciones populares.
Nuestros amigos parisinos tenían mil veces razón. No existe ningún espíritu, por más dotado de genio, o, si hablamos de una dictadura colectiva que se componga de varios cientos de individuos sumamente dotados, ninguna combinación de intelectos tan vasta, como para abarcar toda la multiplicidad y diversidad infinitas de los intereses, de las aspiraciones, de los deseos y de las necesidades que constituyen en conjunto la voluntad colectiva del pueblo; no existe ningún intelecto que pueda proyectar una organización social capaz de satisfacer a todos y a cada uno.
Tal organización sería siempre un lecho de Procusto al que se debería forzar a la infortunada sociedad por medio de la violencia más o menos sancionada por el Estado. Pero es precisamente a ese antiguo sistema de organización basado en la violencia, al que la revolución debe poner fin para dar plena libertad a las masas, a los grupos, a las comunas, a las asociaciones e inclusive a los individuos, destruyendo así de una vez por todas la causa histórica de toda violencia, es decir, la misma existencia del Estado, cuya caída implicará la destrucción de todas las iniquidades del derecho jurídico y de toda la falsedad de los distintos cultos, que fueron siempre -esos cultos y ese derecho- la consagración complaciente, teórica y práctica, de toda violencia representada, garantizada y autorizada por el Estado. Resulta evidente que sólo cuando el Estado haya dejado de existir, la humanidad logrará la libertad y encontrarán real satisfacción los verdaderos intereses de la sociedad, de todos los grupos, de todas las asociaciones locales y asimismo de todos los individuos que forman tales organizaciones.
La libre organización seguirá a la abolición del estado. La abolición del Estado y de la Iglesia debe ser la condición primera e indispensable de la verdadera emancipación de la sociedad. Sólo después de esto la sociedad puede y debe comenzar su propia reorganización, que, sin embargo, no debe darse desde arriba hacia abajo, de acuerdo con un plan ideal trazado por unos pocos filósofos o sabios, ni tampoco a través de decretos emanados de un poder dictatorial o inclusive de una asamblea nacional elegida por sufragio universal. Tal sistema, como ya he dicho, conduciría inevitablemente a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, una clase integrada por personas que no tienen nada en común con las masas del pueblo; sin duda, esa clase volvería a explotar y a sojuzgar a las masas bajo el pretexto del bien común o de la salvación del Estado.
La libertad debe ir de la mano con la igualdad. Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, pues sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos así como la prosperidad de las naciones no son más que otras tantas falsedades. Pero al mismo tiempo soy partidario de la libertad -primera condición de la humanidad- y creo que la igualdad debe ser establecida en el mundo mediante una organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva, mediante la libre organización de las asociaciones de productores en comunas y la libre federación de las mismas; pero de ningún modo mediante la acción suprema y tutelar del Estado.
La diferencia entre revolucionarios autoritarios y libertarios. Es este punto el que divide a los socialistas o colectivistas revolucionarios de los comunistas autoritarios, partidarios de la iniciativa absoluta del Estado. La meta de ambos es la misma: ambos partidos quieren la creación de un nuevo orden social basado exclusivamente en el trabajo colectivo, en condiciones económicas iguales para todos, o sea, la posesión colectiva de los medios de producción.
Pero los comunistas creen poder lograrlo mediante el desarrollo y la organización del poder político de las clases obreras y principalmente del proletariado urbano, ayudado por el radicalismo burgués; mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de todas las alianzas ambiguas creen, en cambio, que esa meta común no puede ser alcanzada a través de la organización política sino mediante la organización social -y por lo tanto antipolítica- y el poder de las masas obreras de las ciudades y de los pueblos, incluidos todos aquellos que, pese a pertenecer por nacimiento a clases más altas, hayan roto con su pasado por propia voluntad y se hayan unido abiertamente al proletariado y aceptado su programa.
Los métodos de los comunistas y de los anarquistas. De ahí los dos métodos diferentes. Los comunistas creen que es necesario organizar la fuerza de los trabajadores para apoderarse del poder político del Estado. Los socialistas revolucionarios se organizan con el propósito de destruir, o, si se prefiere una expresión refinada, de disolver el Estado. Los comunistas son partidarios del principio y la práctica de la autoridad, en tanto que los socialistas revolucionarios ponen su fe sólo en la libertad. Ambos son igualmente partidarios de la ciencia, destinada a destruir la superstición y a tomar el lugar de la fe; pero los primeros quieren imponer la ciencia al pueblo, mientras que los colectivistas revolucionarios tratan de difundir su conocimiento en el pueblo. De esta manera las distintas agrupaciones humanas, una vez convencidas por la propaganda, pueden organizarse y unirse espontáneamente en federaciones, de acuerdo con sus tendencias naturales y sus genuinos intereses, pero sin adecuarse jamás a un plan previamente proyectado e impuesto sobre las masas ignorantes por unas pocas mentes “superiores”.
Los socialistas revolucionarios creen que existe mucha más inteligencia y razón práctica en las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas del pueblo que en las mentes profundas de todos esos cultos doctores que se autodesignan tutores de la humanidad, y que, teniendo ante sí los penosos ejemplos de tantos intentos malogrados de hacer feliz a la humanidad, insisten aún en esa tarea. Los socialistas revolucionarios creen, por el contrario, que la humanidad ha permitido que se la gobernase durante mucho tiempo, durante demasiado tiempo, y que el origen de sus desgracias no reside en eso ni en ninguna otra forma de gobierno sino en el principio de gobierno y en la existencia misma de este último, cualquiera sea su naturaleza.
Es esta diferencia de opinión, ya hecha histórica, la que existe actualmente entre el comunismo científico, desarrollado por la escuela alemana y aceptado parcialmente por los socialistas ingleses y norteamericanos, y el proudhonismo, desarrollado ampliamente y llevado a sus últimas consecuencias por el proletariado de los países latinos. El socialismo revolucionario ha hecho su primera y brillante aparición práctica en la Comuna de París.
En la bandera pangermánica está escrito: conservación y fortalecimiento del Estado a cualquier precio. En nuestra bandera, la bandera socialista revolucionaria, en cambio, se hallan inscriptas con letras relumbrantes y sangrientas estas palabras: destrucción de todos los Estados, aniquilación de la civilización burguesa, libre organización desde abajo hacia arriba por medio de las asociaciones libres, organización del lumpenproletariado, organización de toda la humanidad liberada, y creación de un nuevo mundo humano.
Antes de crear, o más bien de ayudar al pueblo a crear esa nueva organización, es necesario alcanzar una victoria. Es necesario destruir lo que es, a fin de ser capaces de fundar lo que debe ser...
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