|
Mario R. Cancel, historiador | Portada
Berdiaev y el misticismo
NICOLÁS BERDIAEV (1874 - 1948)
LA RELIGIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
La religión del Espíritu Santo será la del hombre que ha alcanzado la edad adulta. Algunos rasgos de esta religión, que será la religión de Cristo y de la Trinidad liberada de una adjetivación servil, se dejan ya presentir. Estará fundada sobre un desarrollo creador, un proceso de transfiguración, de asimilación de Dios. Suscitará una nueva antropología, el reconocimiento del carácter religioso de la creatividad del hombre. La libertad constituirá su dimensión esencial. La noción de Dios será depurada de toda servidumbre de origen sociológico... Sólo la religión de un Dios que sufre, atormentado por el amor nostálgico del otro, sólo la religión de un Dios crucificado puede superar la rebeldía contra Dios. La religión del Espíritu está ligada a la espera de relaciones humanas, renovadas por la irradiación del amor y de la comprensión. Está ligada también a la espera de una relación entre el hombre y el universo, la espera de una transfiguración cósmica. Las relaciones exclusivamente científicas y técnicas con la naturaleza provocan la disgregación del cosmos. Este estado de cosas toca a su fin. La disociación del átomo será su última fase. Todo esto conduce al tema escatológico, a una escatología activa, pero no significa en modo alguno una concepción optimista de la historia... La revelación de la luz no equivale de ninguna manera a la negación de las tinieblas. Por el contrario, asistimos a descubrimientos trágicos; los descubrimientos de la física nos muestran una naturaleza vacía, sin alma; ellos han destruido todo el cosmos; Marx es el materialista histórico que vacía la historia de su contenido vivo; Freud y el psicoanálisis han hecho estragos en el alma y la han sustraído a la vida... Podría decirse que el Creador se retira de la creación y sólo se encuentra en ella de incógnito (es la expresión favorita de Kierkegaard). Pero todo esto puede ser interpretado como un momento dialéctico de la revelación del Espíritu y de la nueva espiritualidad. Hay que morir para vivir. Asistimos a la crucifixión del hombre y del mundo, pero la última palabra se dirá en la resurrección... El movimiento hacia la nueva espiritualidad debe preservar su unión con la Iglesia, a fin de no degenerar en sectarismo. Y esta unión es particularmente fácil de conservar en la confesión ortodoxa, que tiene en su mano inmensas potencialidades. La experiencia trágica y la actividad creadora del hombre son las que preparan el nuevo terreno espiritual. No se puede decir de los precursores de la religión del Espíritu Santo que sean hombres piadosos en el sentido tradicional de la palabra. La venida de un Nietzsche fue un acontecimiento grandioso en la dialéctica de lo divino y de lo humano... No menos importante es el despertar de la conciencia mesiánica en el socialismo, aunque todavía se encuentre ligada al ateísmo... Lo que se produjo en el Dios-hombre debe realizarse en el Dios-humanidad... El neumatocentrismo se encuentra ya en el Evangelio: todo llega en el Espíritu y por el Espíritu. A partir de un cierto momento, este neumatocentrismo se acentuará. El Espíritu se ha encontrado ahogado en el cristianismo histórico y la historia ha seguido una dirección contraria al cristianismo. Fue el paso de una fase de ruptura entre lo divino y lo humano. Al final de esta fase estará la muerte que precede a la resurrección... Una angustia terrible se apoderará de la humanidad. Pero el tiempo se acortará, el fin de los tiempos vendrá. La Iglesia, que empieza a aparecer como un cuerpo inanimado de donde el Espíritu se ha retirado, se revelará tal como es en su esencia eterna: animada de Espíritu profético. Será la Iglesia tal como la describe San Juan, siendo la Ortodoxia la más cercana a ella. Cuando estemos próximos al reino eterno del Espíritu, las contradicciones dolorosas serán superadas y los sufrimientos, que se habrán agravado hacia el final de los tiempos, se transformarán en alegría, y esto será verdad también para todo el pasado, pues el tiempo se invertirá y todos, vivos, participarán en el final.
DESTINO DE RUSIA
El alma rusa es compleja y contradictoria; se mezclan en ella dos corrientes, una oriental y otra occidental. Estas dos corrientes no se han fusionado todavía en un carácter estable, en una voluntad coordinada. Ni los «eslavófilos» ni los «occidentalistas» han sido capaces de apreciar enteramente el alma rusa. Para comprenderla hay que superar la oposición de estas dos corrientes, la oriental y la occidental. Es preciso conocerlas mejor tanto a la una como a la otra y querer su convergencia... El misterio del alma rusa se encuentra en la desproporción que en ella existe del elemento masculino y del elemento femenino. En el alma rusa no se ha producido la unión nupcial entre estos dos elementos como se ha realizado en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en todos los pueblos occidentales. En todos estos países, en su momento preciso, la dimensión masculina se desprendió y fecundó, estructuró la femineidad popular. Rusia, por el contrario, permaneció femenina, esperando a un novio que viniese de otros lugares. Se prestó a muchos novios, pero nunca se produjo un auténtico enlace. Da la impresión de que el pueblo ruso no podía suscitar una fuerza masculina que le fuese propia, y la buscaba fuera, llamando a los burócratas alemanes. La Iglesia y el Estado rusos se formaron bajo la influencia bizantina, pero, en lo más profundo, la naturaleza rusa permaneció sectaria en el sentido de los «chlysty» -pagana, en una perspectiva dionisíaca- y opuesta a la obra paciente de la cultura. Cuando el edificio tradicional de la vieja Rusia bizantina se derrumbó, se vio aparecer a plena luz una relación anormal entre el pueblo y el Estado. El pueblo sentía la necesidad de un poder, pero lo sentía como extranjero. El pueblo, a la vez que sancionaba un poder absoluto, permanecía interiormente anárquico, pasivo, desprovisto de esta iniciativa y de esta disciplina espontánea de la individualidad capaz de acción. La autocracia rusa se explica esencialmente por esta femineidad del alma rusa. La dimensión viril surgió con Pedro el Grande, pero en el contexto de la sevicia, de una brutalidad violadora, más que de una autoridad conyugal, y el enlace legítimo entre los elementos masculino y femenino no pudo tener lugar. Parte del pueblo consideró a Pedro como el Anticristo. Pedro impuso a Rusia una verdadera doma, le abrió un gran porvenir, pero la sometió a un régimen burocrático a lo alemán, de manera que su obra suscitó un sentimiento que poco a poco se transformó en odio. Durante todo un siglo la intelligentzia rusa preparó la destrucción de la obra de Pedro. El desgarramiento del alma rusa no fue curado nunca y condujo a la catástrofe. No ha habido caballería en la historia de Rusia y por ello no ha conocido el temple de la disciplina y el honor personal.
En la vida espiritual y cultural, los rusos vivieron la misma desproporción enfermiza entre el elemento masculino y el femenino. Ei pueblo ruso aceptó la influencia bizantina, pero el bizantinismo permaneció como un fardo demasiado pesado, como una losa sobre la vida rusa. Bajo esta capa surgían fuerzas caóticas y sectarias. En la ortodoxia rusa hubo una mezcla de bizantinismo y de «chlystismo».
La ortodoxia rusa fue, pues, muy diferente de la griega. No me refiero a la Ortodoxia como Iglesia universal, que guarda la plenitud de la verdad, sino a la religiosidad concreta del pueblo ruso. Este recibió distinta formación religiosa que los pueblos de Occidente. Fue educado en el culto a los santos y a la santidad. La Iglesia ortodoxa iluminó interiormente al pueblo ruso en su duro caminar histórico, pero no dio al hombre ruso el temple personal, la disciplina y el cultivo de la voluntad que la Iglesia Católica dio a Occidente. El catolicismo proporcionó al alma como una armadura, con un claro criterio sobre el bien y el mal. Fortaleció la conciencia individual, pero la hizo poco sensible a las influencias místicas. El alma rusa, por el contrario, permaneció maleable y abierta: abierta por una puerta a lo ilimitado, liberada también sin resistencia de los instintos negativos. Es receptora de realidades invisibles que los occidentales no sienten. Podría decirse que es apocalíptica, pero mal preparada, mal adaptada a la vida histórica. La educación religiosa de Occidente deja huellas civilizadoras, incluso cuando se pierde la fe; por el contrario, el alma rusa, cuando pierde la fe, está amenazada por el nihilismo; el francés es dogmático o escéptico; el alemán, místico o crítico; el ruso, apocalíptico o nihilista. El destino del ruso es el más difícil. Se puede mantener, en efecto, una civilización dogmática o escéptica, mística o crítica, pero nada se puede construir con el apocaliptismo, ni con el nihilismo; ambos se ignoran, rehusan la cultura como término medio. Por eso le resulta tan difícil a un ruso participar en la elaboración de la cultura. Por instinto, querría que todo terminase cuanto antes, todo o nada. Por eso, en Rusia, la extrema derecha y la extrema izquierda se unen tan fácilmente en una exaltación tenebrosa, en una mezcla inconsciente de apocaliptismo y de nihilismo. (...)
Las consecuencias de la revolución rusa serán inmensas, no solamente negativas, sino también positivas. Todas las concepciones tradicionales serán puestas en tela de juicio, todos los valores sociales deberán ser encontrados de nuevo... Ahora llega el tiempo de la responsabilidad, y sólo la luz espiritual podrá disipar las tinieblas que nos rodean... El naufragio de las utopías se anuncia, y viene el tiempo de un pesimismo más noble y más sano, más complejo también que nuestro optimismo fanático. Es necesario tener una visión más duramente realista; la quimera social se ha manifestado como algo perverso. El impulso hacia una perfección abstracta es impío. Las tentativas de realizar el paraíso terrestre han conducido siempre al infierno sobre la tierra, al odio, a la exterminación recíproca, a los orígenes de la violencia... El hombre debe ser responsable, debe ver lúcidamente el mal y el pecado. El pueblo ruso debe aprender el respeto a las leyes, las leyes de la civilización, del derecho, de la vida en común; debe aprender a situar, a relativizar las cosas de este mundo... El pueblo ruso es un gran pueblo, pero lleno de debilidad, abandonado a las seducciones y, sobre todo, a la seducción del milagro. Esta tentación fue superada por Cristo en el desierto. El pueblo ruso debe ordenarse, disciplinarse... Entre todos los falsos caminos en que se ha perdido Rusia, el peor es el del mesianismo revolucionario. El bolchevismo, y ese es su mérito, ha demostrado lo que significa ese mesianismo.
Tomado de «Filosofía de la desigualdad». Berlín, 1923.
|