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Mario R. Cancel, historiador | Portada
Herzen y el Imperio Ruso
ALEXANDRE HERZEN 1812- 1870
ADIÓS (Mensaje dirigido a sus amigos de Moscú en el cual expone sus consideraciones para emigrar del país)
París, 1 de marzo de 1849.
En las peores épocas de la historia europea se encuentra cierto respeto al individuo, a su independencia, a ciertos derechos conferidos al talento, al genio. A pesar de toda la ignorancia de los gobiernos alemanes de aquellos tiempos, Spinoza no fue deportado, Lessing no fue ni azotado ni incorporado al ejército por la fuerza. En este respeto, no sólo a la fuerza material, sino también a la fuerza moral, en este respeto involuntario a la individualidad, hay que ver uno de los grandes principios humanos de la vida europea. (...)
No existe nada análogo entre nosotros. El individuo de nuestro país ha estado siempre oprimido, absorbido, y nunca ha tratado de manifestarse. Un lenguaje libre ha sido considerado siempre entre nosotros como una insolencia; la independencia, como rebeldía. El hombre desaparecía en el Estado, se diluía en la comunidad. La revolución de Pedro I reemplazó en Rusia al poder caduco de los hacendados por un régimen de burocracia europea. Se trasplantó todo lo que se pudo sacar de las legislaciones suecas y alemanas, todo lo que se podía transferir de Holanda, país de municipalidades, a un país autócrata, formado por comunas rurales. Sin embargo, lo que no se escribe, lo que frena moralmente al poder, el reconocimiento instintivo de los derechos individuales, de los derechos del pensamiento, de la verdad, no pudo pasar y no pasó. La esclavitud aumentó en nuestro país a medida que se desarrolló la instrucción; el Estado evolucionaba, mejoraba, pero el individuo en nada se benefició. Por el contrario, cuanto más fuerte se hizo el Estado, más insignificante apareció el individuo. Las formas administrativas y jurídicas de Europa, las de su administración militar y civil, se metamorfosearon en nuestro país en una especie de despotismo monstruoso y sin salida.
Asistimos juntos al desarrollo del régimen imperial más terrible. Crecimos bajo el terror, bajo las alas negras y entre las garras de la policía secreta; fuimos mutilados bajo una opresión sin salida, y, mejor o peor, sobrevivimos. Pero ¿no es ya demasiado? ¿no es tiempo de que soltemos nuestras manos y nuestra lengua para actuar, para dar ejemplo? ¿no es ya hora de despertar la conciencia adormecida del pueblo? Pero ¿puede despertarse a alguien hablando en voz baja, con alusiones vagas, cuando a los gritos y a la palabra directa les es imposible hacerse oír? Hay que actuar abiertamente, francamente; si el 14 de diciembre conmovió tan violentamente a la joven Rusia, es porque transcurrió en la plaza de San Isaac. Ahora, no sólo la plaza pública, sino el libro, la cátedra, todo ha llegado a ser imposible en Rusia. Sólo nos queda el trabajo individual en la sombra o la protesta individual desde lejos.
Me quedo aquí, no sólo porque me repugna pasar la frontera para que me carguen de cadenas, sino porque quiero trabajar. En todos los sitios se puede vivir cruzado de brazos; aquí no tengo otra preocupación que nuestra causa. (...)
Realmente es ya tiempo de dar a conocer Rusia a Europa. Europa no nos conoce; sólo conoce nuestro gobierno, nuestra fachada y nada más; las circunstancias se prestan maravillosamente a esta toma de contacto. No le va actualmente a Europa mostrarse orgullosa y envolverse majestuosamente en su manto de ignorancia desdeñosa; «das vornehme Ignorieren» (2) de Rusia no le va a Europa, desde que conoció el despotismo de la baja burguesía y a los cosacos de Argelia; desde que fue sitiada del Danubio al Atlántico; desde que las prisiones y las galeras están rebosantes de víctimas perseguidas por sus ideas. Es bueno que conozca más de cerca al pueblo del que pudo apreciar el vigor juvenil en la lucha en que resultó vencedor; hablémosle de este pueblo silencioso, y todavía enigmático, que calladamente formó un Estado de 60 millones de habitantes, que se desarrolló vigorosamente y de una forma tan asombrosa, sin perder el principio de la comunidad, que supo conservar este principio a través de las primeras fases del desarrollo del Estado; contémosle cómo este pueblo supo mantenerse, como por milagro, bajo el yugo de las hordas mongólicas y de los burócratas alemanes, bajo la férula de una disciplina de cuartel y bajo el látigo deshonroso de los tártaros; cómo conservó un carácter de grandeza, un espíritu vivo y los vastos impulsos de una naturaleza ricamente dotada bajo la opresión de la esclavitud; digámosle también cómo, a la orden de instruirse dada por el zar, respondió, después de cien años, con la impresionante aparición de Puchkin. Está bien que los europeos aprendan a conocer a su vecino: solamente le temen; que sepan también cuál es el objeto de su temor.
Hasta ahora hemos sido de una modestia imperdonable y, conscientes de nuestra dura situación de hombres esclavizados, olvidábamos todo lo que la vida de nuestro pueblo ofrece de bueno, sus esperanzas, sus promesas de desarrollo. Estuvimos esperando a un alemán para que nos recomendase a Europa. ¿No es vergonzoso?
¿Tendré tiempo para hacer algo? ¡No sé, espero que sí!
Así, pues, adiós, amigos míos, y por mucho tiempo... dadme vuestras manos, vuestro apoyo; de ambas cosas tengo necesidad. Y después de todo, ¿quién sabe? ¿qué no hemos visto en estos últimos tiempos? Quizá no esté tan lejano el día en que nos reunamos en Moscú, como en otros tiempos, y unamos nuestros vasos, sin temor, al grito de: «¡Por Rusia y por la santa libertad!»
Tomado de «Textos filosóficos escogidos». Moscú, 1948.
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