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Luis A. Ferré (1904-2003)
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Mario R. Cancel, historiador | home
Luis A. Ferré (1967)
Luis A. Ferré (1967)
"Nace otro partido", Discurso al fundarse el Partido Progresistas Unidos, Río Piedras, Cancha de Country Club, 20 de agosto de 1967.
Nace hoy otro partido en el devenir de la historia política de Puerto Rico, que responde al deseo de este pueblo de renovar los instrumentos que deben servir para realizar sus dos grandes aspiraciones de vida democrática —la estadidad federada y un gobierno servidor del pueblo, respetuoso de los derechos del ciudadano, austero y libre de las lacras del continuismo y el caudillismo. Un gobierno que no dirija sus esfuerzos principales a afianzarse en el poder eternamente. Un gobierno que respete los principios democráticos que garantizan la libertad. Un gobierno que sirva al pueblo y no un gobierno que se sirva del pueblo.
El respaldo público de Estadistas Unidos ha sido un mandato de nuestro pueblo para que se inicie en Puerto Rico este nuevo instrumento de redención. Ustedes todos han palpado en la conciencia pública este deseo, esta aspiración, de romper las cadenas de viejos moldes, para dirigirnos por nuevos caminos hacia estos objetivos. Por eso estamos hoy reunidos aquí, en este momento solemne, para iniciar este esfuerzo que habrá de devolver a nuestro pueblo la esperanza y la seguridad de lograr su bienestar y progreso bajo las banderas de un partido que nunca abandonará su ideal de estadidad, no importa las circunstancias difíciles ni los obstáculos con que tengamos que enfrentarnos, como lo hicimos ahora cuando nos enfrentamos a la maquinaria más poderosa, a la coacción más abusiva, al poder más inescrupuloso, y sin embargo vencimos salvando de la derrota a nuestro ideal.
Porque eso es lo que hubiese significado dejar el ideal de estadidad indefenso en un plebiscito. Si nuestro ideal sólo hubiese obtenido un 20 o un 25 % del voto en el pasado plebiscito, no hubiera habido forma de evitar que el pueblo de Estados Unidos lo considerara como un rechazo nuestro a incorporarnos a la Nación en la igualdad de la ciudadanía. Y nuestras oportunidades de lograr la estadidad hubieran sufrido un grave revés.
Pero, todos ustedes, así como 274,000 puertorriqueños más, vieron claro el camino, fueron inspirados por la Divina Providencia, y se lanzaron a la lucha —abandonando viejas tiendas de partidos que les quisieron negar el derecho a defender sus ideales y que les quisieron prohibir actuar de acuerdo con sus conciencias —y el milagro se produjo. La estadidad está asegurada. El pueblo de Estados Unidos está consciente de que el clamor por la igualdad en el derecho y en el goce de todas las prerrogativas de nuestra ciudadanía en la estadidad, crece y se afirma en Puerto Rico, a pesar de los inmensos obstáculos de un gobierno que hizo del plebiscito una burla, violando su propio compromiso de que el plebiscito habría de trascender las líneas del partido.
Y ahora —gracias a esos 274,000 puertorriqueños que no tuvieron temor a las amenazas, que no se dejaron doblegar, sino que actuaron libremente, de acuerdo con sus conciencias, rechazando imposiciones arbitrarias y abusivas de jefes políticos, rompiendo disciplinas de partido que negaban la propia razón de ser de esos partidos— el ideal está salvado. La estadidad está en marcha. Ya venció en su primera prueba. Ahora hay que continuar la obra sin descanso, sin miedo, y sin jamás volver atrás. Es adelante, siempre adelante.
Para ello estamos hoy reunidos aquí todos los buenos partidarios de la estadidad de todos los partidos. Estadistas Unidos logró un hermoso propósito. Rompió las barreras del ocio y del prejuicio partidista que separaban a muchos de los hermanos en el ideal de la estadidad, y nos unió —con los lazos fuertes del compañerismo de la lucha— para traernos hoy aquí a hacer profesión de fe para seguir unidos en este nuevo partido. Ya aquí no hay populares, ni hay republicanos que se miran con recelo. Todos hemos renacido en un nuevo movimiento patriótico y generoso. Ahora todos somos hermanos en un ideal, unidos generosa y valientemente para defenderlo. Hemos comprendido que en la unión está la fuerza, y que si queremos lograr la estadidad, tenemos que hacerlo uniendo nuestras fuerzas.
Las puertas de este partido estarán abiertas siempre para todos, los puertorriqueños que profesen nuestro ideal y quieran unirse a nuestro esfuerzo. No rechazaremos a nadie que de buena fe venga a unirse a nosotros a luchar por el ideal, sin pretensiones y sin exigencias, sino que venga a servir con dedicación, generosidad y espíritu de sacrificio. Necesitamos de todos los que nos quieran dar su ayuda y prestar su cooperación, y para todos están abiertas las puertas de esta casa.
Ahora si: no queremos ni coaliciones ni alianzas. Nuestra historia dice que sólo perduran los partidos que nacen al calor de un propósito común de redención y sacrificio. Todo el que venga a unirse a nosotros, tendrá que venir libre con su conciencia, a formar parte de nuestra familia, y a laborar junto a nosotros de igual a igual. Así no habrá ni preferencias, ni componendas. Todos vendremos a servir ya ocupar aquellas posiciones que nuestro partido —de su libre y democrática voluntad— quiera asignarle para la defensa de nuestros postulados de la libertad y de nuestro ideal de estadidad.
Con toda humildad, y sin espíritu de recriminación, también queremos afirmar que no tenemos que reconciliarnos con nadie, porque estamos reconciliados con nuestra propia conciencia. Hemos cumplido con nuestro deber defendiendo el ideal de estadidad, que ha sido la razón de ser de nuestra vida política, mientras otros lo abandonaron. El pueblo —que es el más alto tribunal— ha rendido su veredicto con la razón suprema, que es la razón de los votos libres. Ahora, sólo nos toca cumplir con su voluntad, y seguir la lucha hasta lograr la estadidad para Puerto Rico, dentro del mayor espíritu de tolerancia y comprensión hacia los que no estuvieron a nuestro lado en el plebiscito, pero con firmeza y determinación para cumplir con el mandato de nuestro pueblo y hacer de este nuevo partido el instrumento efectivo que convierta a Puerto Rico —con realismo y efectividad— en el estado cincuenta y uno de la nación americana.
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