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El ensayo que sigue es un panorama de la historia de las ideas en Puerto Rico desde 1930 hasta 1990.
Ramón E. Betances, en su juventud.
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Lecturas
VISIÓN HISTÓRICA: DE LA DÉCADA DEL '30 AL PRESENTE
Prof. Mario R. Cancel
Recinto Universitario de Mayagüez
Introducción
El historiador se plantea los problemas humanos desde una perspectiva peculiar que, en ocasiones, le impide pensar que la historia como fenómeno es mucho más compleja que el relato que se urde o que se crea con el afán, no siempre alcanzado, de explicarla con diafanidad. El seminario Manuel Méndez Ballester: Afirmación de las Humanidades en el Horizonte del Sistema Educativo Puertorriqueño, pensado, añorado y materializado por nuestra compañera la Prof. Carmen Cazurro, nos presenta un particular reto en la medida en que nos impone la revisión de las estructuras de pensamiento con las que nos armamos para acercarnos a los sesenta y cinco años próximo-pasados de la historia nacional puertorriqueña.
Decimos esto porque de lo que se trata en este caso no es tan sólo de reconstruir el proceso histórico reciente de un modo coherente, sino de pensar ese proceso a través del crisol de la obra literaria de uno de los protagonistas de las letras puertorriqueñas de los últimos tiempos: Manuel Méndez Ballester (J.Rivera 975-82). Nuestro deber será interpretar cómo toda una gama de fenómenos histórico-sociales inciden en el proceso de creación de un ser humano sensitivo a los radicales cambios vividos por el país desde 1930 hasta nuestros días, y determinar en qué medida la obra creativa, el texto, es un espejo plano, cóncavo o convexo a través del cual leemos las versiones de la realidad que el escritor inventa como respuesta a las preguntas de la vida misma.
Nuestro acercamiento a ese pasado nos llevará, por lo tanto, por el derrotero de un juego de imágenes a través del cual intentaremos determinar por qué un autor escribe lo que escribe y calla lo que calla. Trataremos de definir el sistema de relaciones con la realidad de la obra ballesteriana, reconociendo de antemano que este es un juego peligroso y un camino inseguro en el cual las respuestas no pueden ni pretenden ser definitivas.
Querámoslo o no, el año 1898 siempre tendrá un particular significado para la historia de Puerto Rico. Su naturaleza polémica se hace más evidente precisamente ahora (1995) cuando nos hallamos apenas a tres años plazo del centenario de aquella intervención militar y aún dentro de la comunidad de historiadores no hemos podido definir cómo vamos a conmemorar dicho evento. El 1898 tiene, sin embargo, un sentido mucho más universal que el que, a veces inconscientemente, le damos muchos puertorriqueños (M.R.Cancel, "Aproximación..." 17). Preocupados incesantemente por el destino político del país con el que nos sentimos comprometidos, no nos damos cuenta de que el 1898 fue mucho más que la mera invasión de Puerto Rico por fuerzas estadounidenses y que, a la larga, ese hecho fue más una consecuencia que una causa de otros fenómenos mayores.
El 1898 vio un realineamiento político a nivel mundial en el cual Puerto Rico, sin saberlo, iba a ser una de las piezas claves dentro de un proceso del cual no era responsable. El 1898 vio, por decirlo así, la caída de una serie de potencias que tradicionalmente habían controlado el forcejeo político internacional; y facilitó el ascenso de otras que, a la larga, dominarían el mundo. Puerto Rico pasaba de manos de una nación decadente a manos de un poder que, ya para esa época, se anunciaba como la superpotencia que es hoy.
En ese contexto, la definición del "espíritu nacional" puertorriqueño, para usar una forma del lenguaje hegeliano, cambiaría de sentido. Bajo el dominio de España los diferendos de lo nacional y lo hispánico se reducían, por un lado, a una cuestión jurídica alimentada por la idea de la opresión. Y, por otro lado, a unas aspiraciones de libertad acordes con el marco histórico en que se habían desarrollado las mismas desde principios del siglo XIX. Bajo el control de los Estados Unidos, lo nacional adquiriría contenidos desconocidos dadas las obvias diferencias culturales entre la nación interventora y la intervenida. La cultura, entendida como esa forma peculiar de hacer, interpretar e imaginar el todo vital (R. Agramonte 143) se convertiría en el eje de una lucha por afirmar lo nuestro como elemento diferenciador de los otros.
A pesar de que durante los primeros años del siglo XX la comunidad puertorriqueña se vio imbuída en una euforia pro-estadounidense patente, la ruptura con esa euforia comenzó pronto a hacerse notable en el marco político ideológico local. A la altura de 1904, el Partido Unión de Puerto Rico, consignaba la aspiración a la independencia como una de sus alternativas políticas. Hacia el 1912, al amparo de Rosendo Matienzo Cintrón, se fundaba la primera oraganización abiertamente independentista en todo el siglo, el Partido de la Independencia. Y ya en el 1922 el Partido Nacionalista, dentro de una visión que posteriormente Pedro Albizu Campos calificó de ateneísta y caduca, se convertía en el líder indiscutible de un independentismo que, desde 1930, integraría los elementos más comprometidos dentro de una organización combativa, radical y militante. El problema del "espíritu nacional" y de la "libertad" tenía, sin embargo, otros rostros. La colonización política de Puerto Rico no hubiese sido posible sin la colonización económica del territorio. La agresión cultural tampoco hubiese sido posible sin las otras formas de intervención que la historia nos deparaba. Sólo dentro de ese complejo contexto podía madurar un conjunto de pensadores como aquél que ha dado en llamarse la Generación del Treinta. A aclarar ese proceso de maduración nos dedicaremos de inmediato.
La crisis económica y los programas de rehabilitación
Durante los primeros años de la década del veinte la economía estadounidense había alcanzado unos niveles de desarrollo verdaderamente sorprendentes. Vencedora circunstancial en la Primera Guerra Mundial, beneficiaria directa de los arreglos posteriores de paz, Estados Unidos se estaba garantizando una posición de dominio en el mundo cuando las naciones europeas se enfrentaban al fin de su historia de poderes hegemónicos. Su desarrollo, sin embargo, mostraba cierta desorganización que, a la larga, podía ser peligroso para la estabilidad de la nación. La expansión del poder manufacturero no se estaba ofreciendo con un crecimiento paralelo en la capacidad de consumo del estadounidensemedio. La producción agrícola, por otro lado, se estancaba. La anarquía del capitalismo, fórmula teórica soñada por los marxistas de todos los tiempos, parecía patentizarse en ese proceso histórico.
Hacia el año 1925, el balance entre la oferta y la demanda estaba totalmente roto. El mercado estaba inestabilizado dadas las circunstancias de que los manufactureros, para garantizar sus márgenes de ganancia, mantenían los precios al consumidor artificialmente altos, pero los salarios no estaban ascendiendo con la misma celeridad. En 1929 la situación llegó a su cenit con la quiebra y paralización del mercado de valores. Los precios cayeron drásticamente y el dinero conmenzó a escasear. Estados Unidos y el capitalismo internacional entraban en su mayor crisis económicade los tiempos modernos. Los cimientos de la economía occidental a saber, el progreso y el crecimiento perpetuo, estaban ciertamente en entredicho.
Los efectos de la crisis de 1929 sobre Puerto Rico fueron verdaderamente devastadores. Los primeros treinta años de presencia estadounidense en Puerto Rico no habían sido precisamente esplendorosos. En cierto modo se vivía un momento de mayor pobreza que en tiempos de España. Por lo menos, dentro de los esquemas ideológicos que idealizaban la pequeña propiedad como panacea de todos los males sociales, aquella percepción se aceptaba como una verdad incuestionable. La situación, por lo tanto, sólo podía empeorar dado el hecho de que los lazos de dependencia de Puerto Rico con los Estados Unidos, que habían ido desarrollándose progresivamente desde fines del siglo XVIII (A. Santana 4), en aquel momento eran más fuertes que nunca.
En Puerto Rico, el precio y el volumen de las exportaciones se redujeron de inmediato. La reducción de la ganancia por parte de los dueños de capitales y la ausencia de dinero se tradujo, igual que en los Estados Unidos, en despidos en masa y un desempleo galopante que sólo hacía más grave la ya difícil situación de los trabajadores urbanos y rurales. Si a ello añadimos las consecuencias desastrosas de los huracanes de San Felipe en 1928 y de San Ciprián en 1932, podemos crearnos una imagen de la situación del hombre común en aquel momento de la historia. A pesar de que la industria de la aguja y la producción de azúcares demostraron una gran capacidad de recuperación en aquel momento (B. Silvestrini 250), la producción de tabaco, café y frutos menores se vio más permanentemente afectaba por aquel fenómeno económico.
Hacia el año 1940, las cifras oficiales de desempleo ascendían al 15% y muy pocos obreros puertorriqueños podían cubrir sus necesidades inmediatas con los salarios bajos que recibían (F. Scarano 674). El trabajo estacional, el mito del "tiempo muerto", tan bien recogido por Manuel Méndez Ballester en su obra homónima, y por Luis Muñoz Marín en su discurso histórico (A.Díaz Quiñones 7 ss.), y la multiplicación de las jornadas parciales, no permitían al productor directo salir de su estado de miseria fácilmente.
En general la crisis económica se tradujo en una profunda inestabilidad socio-política propia para la elaboración de cuestionamientos al régimen existente en Puerto Rico. La década del treinta vio la huelga de la caña del año 1934 en la que Pedro Albizu Campos tuvo un papel protagónico, a pesar de que posteriormente perdió la oportunidad histórica de hacerse de un verdadero apoyo popular; la de los muelles en 1935; y las ideológicamente importantes protestas de consumidores (1933) y la de los desempleados de Ponce (1934), quienes exigían públicamente trabajo en lugar de limosnas. La desconfianza del obrero corriente para con el sistema, que tan bien retrata Méndez Ballester en algunos de los parlamentos de Tiempo muerto (1940), era patente cuando se le mira desde esta perspectiva.
La crisis condujo, por otro lado, a una reevaluación de la función misma del estado en el contexto de las economías de mercado libre. En cierto modo, los modelos intervencionistas del socialismo llamado "real" años más tarde, demostraron su eficiencia en el amortiguamiento de la crisis general del capitalismo en 1929. La necesidad de que el estado interviniera en la economía y supervisara las condiciones laborales de los trabajadores mediante la reglamentación de horas, salarios y otros detalles que habían sido estrictamente de la incumbencia de las compañías en el capitalismo clásico del "dejar hacer, dejar pasar", se convirtieron en los elementos básicos del diseño de lo que se llamaría el "Nuevo Trato". Correspondió al presidente Franklin D. Roosevelt darle forma a aquella nueva política económica a partir de 1932. El impacto de ello para Puerto Rico tendría unas consecuencias nada despreciables que marcarían la historia nacional de una manera definitiva.
La política de alianzas, el realineamiento político y el independentismo radical
Puerto Rico, dada su particular relación con los Estados Unidos, dependía directamente de las decisiones del Congreso. Cualquier decisión que allí se tomara, afectaría la realidad insular inmediatamente. Aunque la reacción política de los puertorriqueños fue contundente, la misma fue ideológicamente contradictoria. Por una parte observaremos la radicalización de un sector del independentismo que, como ya hemos señalado, se militarizaría hasta plantear un reto al sistema colonial. Junto a ello veremos la consolidación de unas ideas socialistas de corte pro-soviético en la formulación teórica de un Partido Comunista distanciado de las masas puertorriqueñas. Las fronteras del activismo entre estas dos organizaciones serán muy laxas, como lo demuestra el comportamiento político de figuras como la de Juan Gallardo Santiago y Juan Antonio Corretjer, entre otros (M.R. Cancel 13 ss.). Ambas organizaciones optarán por el activismo no electoral desde 1932, elemento que los aislará de los procesos reales del Puerto Rico de la época.
Por otro lado, en el ámbito propiamente electoral, las esferas de poder mirarían hacia la derecha, elemento especialmente importante cuando pensamos que el gobierno federal daba un giro obvio hacia la izquierda a fin de detener la crisis. Entre 1933 y 1938 el ruedo político local sería controlado por una coalición de republicanos y socialistas que aspiraría a la estadidad federada dentro de los esquemas del republicanismo tradicional estadounidense. En ese contexto confuso, las ideas de la Generación del Treinta tendrían que dar su batalla para formular una definición confiable de lo que era el espíritu nacional. Y en ese mismo ámbito comenzaría la producción literaria de Manuel Méndez Ballester a ofrecer una serie de respuestas a las preguntas clásicas del treinta, a través de piezas tales como Isla cerrera (1937) y El clamor de los surcos (1938).
La isla entraría en un proceso por medio del cual se haría más y más patente el afianzamiento de sus lazos de dependencia con los Estados Unidos. Desde 1933 la Puerto Rico Emergency Relief Administration (P.R.E.R.A.), financiaría proyectos comunales y ofrecería subsidios alimenticios a la población hasta el punto de que, un año después, 35% de la población dependía de ello (B. Silvestrini 352). Los tiempos del "mantengo", como se le conoció popularmente, se iniciaban. Por medio de la Puerto Rico Reconstruction Administration (P.R.R.A.), creada en 1934, dio inicio todo un proceso de inversiones infraestructurales que dirigirían al país hacia un proceso de modernización material necesario pero que, a la larga desembocaría en el planteamiento de nuevas contradicciones a los pensadores del treinta que, como Méndez Ballester, se resistieron a los cambios que esa modernización produciría en el espíritu puertorriqueño. Las inversiones en plantas hidroeléctricas y en la electrificación y comunicaciones en el mundo rural, cambiarían la imagen del campo puertorriqueño definitivamente, aspecto que resaltaría Méndez Ballester en algunos de los pasajes de la obra Encrucijada (1958).
En aquel crucial 1934, la Puerto Rico Policy Commission (P.R.P.C.), formuló lo que se conocería como el Plan Chardón en el cual se señalaba al latifundio, el monocultivo y el ausentismo de las compañías azucareras como los tres grandes problemas de la economía puertorriqueña. El reclamo en favor de los pequeños terratenientes criollos era patente en el discurso de Carlos E. Chardón, discurso que traduce Méndez Ballester al mundo dramático en El clamor de los surcos (1938), verdadero alegato en favor del pequeño colono azucarero.En control de los fondos federales se convirtió en un nuevo motivo de lucha entre los políticos del patio, terreno en el que la Coalición, por su vinculación con los intereses azucareros, no se veía favorecida.
El debate cultural y la definición de un imaginario nacional
La redefinición de la política económica estadounidense mejoraría la imagen de los Estados Unidos en la isla en la medida en que suplía una necesidad inmediata, reduciendo la resistencia política a un núcleo radical: el del "nacionalismo suicida" que pintaría Méndez Ballester en el personaje Mario de Encrucijada (1958). Aunque la crisis de 1929 demostró que el capitalismo no era un régimen perfecto, también dejó clara su gran capacidad de recuperación en momentos en que llegó a temerse la caída definitiva del mundo de la libre empresa. Nuestra dependencia de los Estados Unidos estaba, por lo tanto, garantizada.
La generación de creadores del treinta tenía una peculiar forma de conciencia en torno a todo este conjunto de fenómenos que se estaban dando alrededor suyo. Eran, fundamentalmente intelectuales nacidos al filo de la invasión del 1898, educados dentro de los contextos de lo que ha dado en llamarse Civilización Occidental, precisamente cuando aquélla se cuestionaba su dominio y estabilidad, tal y como lo demuestran el pensamiento de la Generación del '98 española, y el de Oswald Spengler y los alemanes. Habían sido educados en Europa, Hispanoamérica y los Estados Unidos, que ahora eran interpretados desde una perspectiva muy distinta a aquélla desde la que se les miró a fines del siglo XIX (G. Delgado 50).
Recogían una amplia tradición de pensamiento y eran "modernos" en el sentido específico que el siglo XVIII le dio a ese concepto. Modernidad, universalismo y occidentalismo fueron interpretados como sinónimos que se anteponían al mundo creativo de los "antiguos" que poseía unos marcos de referencia radicalmente distintos a los de principios de siglo. El objetivo básico de este grupo de pensadores fue formular una definición que recogiera las inquietudes de todos los puertorriqueños en un momento histórico en que ello se consideraba de cardinal importancia para la supervivencia del alma nacional. La aspiración a "una" definición ha sido interpretada, en cierto modo, como la aspiración a "la" definición, pero nada nos indica en los textos del treinta que ellos presumieran que los contenidos de la nacionalidad fuesen tan permanentes como la crítica posterior ha pretendido. Lo valioso de su esfuerzo era que aspiraban, pensemos en Antonio S. Pedreira, despertar el espíritu crítico alrededor de la misma en un momento en que ello era necesario.
Indice (1929) cuestiona ¿qué somos? y la pregunta es excelente por las circunstancias en que se plantea. Pero, en la misma medida, Indice impone unos límites a las respuestas porque lo que le interesa en una definición total y globalizadora que se convierte en un prejuicio y modela las respuestas hacia una sola dirección (J. Gelpí 7). Las preguntas, desde esta perspectiva, modelan las respuestas en una relación de dependencia que les coarta el camino de la verdadera libertad expositiva. En ese contexto el ensayo se convirtió en el vehículo idóneo para la interpretación de los problemas presentados. Insularismo (1934) de Antonio S. Pedreira, Prontuario histórico de Puerto Rico (1935) de Tomás Blanco y El despertar de un pueblo (1942) de Vicente Géigel Polanco sirvieron, como ha senalado Juan Gelpí, para producir un canon respetable que ha sobrevivido como modelo el paso del tiempo y las transformaciones histórico-sociales de los años recientes en el proceso de creación de un imaginario nacional, de un esquema de las fronteras de lo puertorriqueño ante los otros. Méndez Ballester colaborará con esa causa desde las trincheras de la novela primero, y desde el teatro después, campos en los que tenía verdaderamente pocos antecedentes en Puerto Rico, hecho que engrandece su esfuerzo literario.
Los escritores del treinta parten de la premisa de que lo que somos debe describirse desde la perspectiva de los orígenes. El pasado colonial español se constituirá en un elemento importante en la construcción de la definición del alma nacional. Ese pasado moldeará los textos de una manera notable. La imagen de España será reconstruída de un modo peculiar, ofreciendo una síntesis distinta de la que tenían los intelectuales liberales del siglo XIX. La benevolencia y la tolerancia hacia un pasado que se conocía a medias, y por medio de una técnicas que ya eran tradicionales en la historiografía occidental, sería la nota dominante de ese discurso. El pasado se aceptaría, hegelianamente, como un asunto ineludible, forzoso y, pensamos en el mundo del positivismo comptiano, pensando que las cosas ocurrieron tal y como ocurrieron y nada se podía hacer con ellas sino aceptarlas. Por medio de ese mecanismo legitimarían una versión del pasado que, en cierto modo, habían inventado responsablemente. El peso del pasado dará fuerza a sus versiones del presente.
El historiador del presente se pregunta de inmediato de cuál pasado estaban hablando los pensadores aludidos. El pasado es también un fenómeno altamente complejo que tolera las más diversas interpretaciones desde los más diversos puntos de vista. El perspectivismo orteguiano, la historia eternamente contemporánea de Benedetto Croce, y la idea de R.G. Collingwood de que la función del historiador es volver a la vida los pensamientos de los hombres del pasado, ha dejado claramente establecido que el pasado singularmente expuesto es un mito del historicismo europeo.
Los pensadores del treinta andan a la búsqueda de un pasado formativo que explique las peculiaridades del ser puertorriqueño de su tiempo. La preocupación por todo ese largo período de tiempo, que va desde el 1493 hasta el 1700, se patentiza en el discurso literario de Méndez Ballester en sus dos esfuerzos narrativos mayores: la novela Isla cerrera (1938) y el tardío e inacabado texto San José de la montaña (1961), textos en los que el autor pretende explicar la naturaleza de lo nacional por medio del conocimiento de sus remotas causas. Correspondió al joven educador Antonio S. Pedreira recomendarle a Méndez Ballester la revisión de las crónicas y textos de Indias como fuente para la reconstrucción de una realidad que no se había vivido directamente. Si la fuente modela el discurso, entonces podemos entender por qué el producto adopta el tono que adopta. Después de todo, las crónicas no eran otra cosa que la versión del conquistador, y ello iba a imprimirse, de un modo u otro, en el discurso del narrador y en su actitud ante el fenómeno o el proceso histórico.
Del momento formativo pasarían mecánicamente a lo que podemos llamar el de la maduración de lo nacional, circunscrito al período que va desde el 1700 al 1898. Util por demás a la definición de lo nacional, la visión del siglo XIX se centrará, como era de esperarse, en el culto a los líderes y a las gestas que aquéllos parecen propiciar. El procerato liberal, abolicionista y separatista, alcanzará un interesante protagonismo en los textos del treinta. Pensemos en el Hostos: Ciudadano de América (1932) de Pedreira, o en el tardío homenaje de Carlos N. Carreras en su Hostos, apóstol de la libertad (1951), redactado con el mismo aliento cuando ya las posiciones la la Generación del Treinta se habían convertido en las ideas de la oficialidad intelectual puertorriqueña. Encrucijada (1958) y La invasión (1970) son una muestra de que aquellas preocupaciones por interpretar el momento de la madurez nacional estuvieron, y están, siempre presentes en el teatro ballesteriano a pesar del paso del tiempo y del giro que toma la historia nacional entre 1940 y 1960.
El 1898 aparece como una saeta en la evolución de Puerto Rico en el período decimonónico. Dentro de la visión organicista que veía a las naciones atravezando por etapas parecidas a aquéllas por las que atravieza un ser humano, la invasión representaba una ruptura en la evolución natural de un pueblo hacia su adultez. Por eso el 1898 aparece como un momento de crisis. A partir de ese limen se edifica en Puerto Rico un nuevo coloniaje que impacta decisivamente el hacer cultural y la visión de mundo del país. Francisco Manrique Cabrera interpretó en su Historia de la literatura puertorriqueña (1956) aquel momento como un trauma. El nuevo coloniaje comenzó a ser visto como una enfermedad, según ha apuntado Juan Gelpí recientemente, y la docilidad puertorriqueña como un síntoma de nuestra impotencia.
En ese contexto, el presente se explicaba por sí solo a la luz del pasado. La creación de un modelo nacional cimentado en la idea de que Puerto Rico era un conjunto global y funcional, de que la nación era algo así como una gran familia sin contradicciones internas, se impuso en el pensar puertorriqueño. Recuperar al Puerto Rico soñado significaba también rehacer el Puerto Rico anterior al trauma y a la crisis; era volver a una imaginada sociedad armónica que se había perdido en un momento dado y re-evolucionar hacia un futuro del que los intelectuales se sentían particularmente responsables. Una ojeada a La llamarada (1935) de Enrique Laguerre, demuestra cuan responsables del mundo se sentían, moralmente hablando, estos escritores. Lo mismo podemos decir de Tiempo muerto (1938) de Méndez Ballester, obra en que el discurso protestario, moral e histórico-social se confunden.
Aquel modelo se cimentada en la noción de la heterogeneidad étnica del pueblo puertorriqueño: el mestizaje variopinto se convirtió en la bandera de combate de aquellos nacionalistas en ciernes. Si Pedreira define, con precisión o sin ella, las rutas de los elementos caucásico y negro; Isla cerrera (1937) y los hermanos Juan Augusto y Salvador Perea, ofrecerán en su Diccionario etimológico taíno-español (1941) las bases para un juicio sobre la naturaleza de lo indígena. En 1937, Luis Palés Matos revolucionaría la imagen de lo negro con su Tun tun de pasa y grifería a pesar, insistimos, de la equívoca idea que deja de la cultura negra en sus poemas. Aunque el asunto nos parezca hoy una simplificación excesiva de un proceso mucho más complejo, como lo han demostrado la antropología, la arqueología y las investigaciones históricas contemporáneas, aquella síntesis valorativa se convertiría en parte del canon que todavía sostienen muchos escritores puertorriqueños.
La idea de la nacionalidad se estaba forjando dentro de unos parámetros en los cuales la jibaridad, la montaña y toda una versión mítica del siglo XIX era traducida para que diese la impresión de inconclusa y propiciara una cierta continuidad ideológica entre los fenómenos previos al trauma y la realidad que se pretendía construir. Los relatos de Miguel Meléndez Muñoz, con sus múltiples alusiones al siglo ido, pensamos en los Cuentos de la carretera central (1941), son una muestra de en qué medida se idealizaba una porción de nuestra historia que había sido tan dura como la que se vivía cuando se construye la nueva imagen. Esa visión benévola del pasado siglo contradecía la que habían tenido los próceres que servían de modelo ideológico, pero parecía ser la única tabla de salvación posible en las condiciones históricas en que fue ideada.
Este proceso es el que Juan Gelpí ha llamado el "modelo patológico" y que puede trazarse desde el Tratado de sociología (1870) de Hostos, a través de La charca (1893) de Manuel Zeno Gandía, hasta el Insularismo de Antonio S. Pedreira. La preocupación por la elaboración de un imaginario nacional y las posibilidades de que el mismo se viese afectado por la relación con los Estados Unidos, son evidentes en esta literatura y seguirán siendo pieza clave del discurso literario insular hasta el presente. Aquella respuesta literaria no se daba en el vacío. En cierto modo, los activistas políticos estaban con el oído pegado en tierra, dispuestos a hacer suyas muchas de las ideas de los pensadores nuevos que alzaban su voz de protesta ante una realidad agobiante.
La década del treinta tenía, por lo tanto muchos significados. Un realineamiento del pensamiento puertorriqueño, con la mirada puesta en el siglo XIX, evidente en el modernismo, se oficializaba. Un realineamiento político electoral se hacía patente con la desaparición de viejas fuerzas políticas y el surgimiento de otras nuevas. El estado comenzaba a alterar sus relaciones con el mundo de la producción material apoyado por las circunstancias críticas que lo hacían necesario. Solamente había que estar al tanto de estos procesos, comprenderlos, participar de ellos y comenzar a sacar ventaja de los mismos para ponerlos al servicio de una fuerza política y hacerlos efectivos. Curiosamente, el sector político que más ventaja sacó de aquel proceso fue un fragmento del independentista Partido Liberal que presidía Antonio R. Barceló que, encabezado por Luis Muñoz Marín, se hizo público con el nombre de Acción Social Independentista (C. Rosario Natal 63 ss.).
Acción Social Independentista (1936) intentaba sintetizar las aspiraciones de libertad y las de justicia social que se debatían en Puerto Rico. Reconocía una diferencia entre ambos proyectos porque, de otro modo, no se lo hubiese planteado como problema. Méndez Ballester parece recoger ese debate interno en su Tiempo muerto (1940) en un afán por justificar una política que entraba ese año en control de la realidad puertorriqueña. A la altura de 1937, Muñoz vertía sus esfuerzos en el llamado Partido Liberal Neto Auténtico y Completo que, un año más tarde se transformaría en el Partido Popular Democrático. Nacía el P.P.D. como una organización radical en la cual el cooperativismo, el igualitarismo y el compromiso con los trabajadores agrarios y los campesinos, centraban una ideología atractiva por el momento en que se hacía pública. El balance entre la reforma social y el cambio político era frágil pero, en el papel, la independencia estaba "a la vuelta de la esquina". Ese fue el sector que mejor aprovechó las transferencias federales de la década del treinta y ello, seguramente, afirmó la fe del pueblo en el mismo. A la larga el P.P.D. se hallaría a sí mismo batallando con compromisos que eran contradictorios. Estar al lado de los trabajadores y los campesinos, respaldar a los Estados Unidos y promover la industrialización, no conducían por el mismo camino político y pronto Muñoz Marín se daría cuenta de ello.
La piedra de toque: El Proyecto Tyding y la Masacre de Ponce
El P.P.D. desembocaría en un programa de industrialización y respaldo abierto a las empresas estadounidenses que mutilaría las aspiraciones igualitarias de la organización. Su visión benévola de los Estados Unidos, el "imperialismo bobo", le llevaría a obviar sus ideales independentistas. Personalidades de la Generación del Treinta como Vicente Géigel Polanco, Samuel R. Quiñones, Ernesto Ramos Antonini y el propio Muñoz, tendrían que poner sus fines en la balanza de la realidad y decidir qué camino tomar. En cierto modo, el giro que tomaron los acontecimientos políticos de aquel momento histórico, y la pequeña guerra civil entre nacionalistas y fuerzas policíacas que se inició en 1932 con la toma de la legislatura de Puerto Rico, los forzarían a redefinir sus metas para Puerto Rico de una manera radicalmente distinta. La situación se tornó verdaderamente difícil cuando, en 1935 dos nacionalistas, Hiram Rosado y Elías Beauchamp, en respuesta a la llamada Masacre de Río Piedras de ese mismo año, ajusticiaron al jefe de la policía Elisha Francis Riggs cuando salía de misa días antes de navidad (J.Rodríguez Cruz, "Los primeros... 41). Pedro Albizu campos y la plana mayor del Partido Nacionalista de Puerto Rico terminaron presos, acusados de conspirar para derrocar el gobierno de los Estados Unidos en Puerto Rico (J. Benjamín Torres, El proceso... 14,16). En 1937 la Masacre de Ponce colmó la copa de la violencia en la isla cuando, en una actividad pacífica y legal, los asistentes eran baleados por la policía dejando un saldo de mas de veinte muertos y alrededor de doscientos heridos (J.Pérez Marchand 61).
Ese año 1936 el senador estadounidense Myllard Tyding presentaba un proyecto de independencia que ha sido interpretado como un castigo a las aspiraciones de los radicales de la isla. A pesar de ello, y de las pocas garantías que ofrecía para una transición eficaz hacia la futura República de Puerto Rico, tanto los liberales como los nacionalistas lo respaldaron abiertamente. Muñoz Marín miró con cautela el planteamiento porque la "independencia en pelo", como le llamaba Barceló, no le ofrecía seguridades al pueblo de Puerto Rico de una libertad honrosa o económicamente viable. El balance entre la justicia social y la independencia estaba en entredicho.
Todo esto demostraba que en Puerto Rico había voluntad independentista pero que la misma era interpretada por algunos sectores dentro de los contextos del honor como un valor; mientras otros la miraban como un fenómeno económico que debía negociarse con sumo cuidado. Quedaba claro que los Estados Unidos eran capaces de ser violentos cuando se trataba de la protección de sus intereses. Salvando las distancias, la Masacre de Ponce debió haber cumplido una función parecida a la que cumplió el Año Terrible del '87 bajo el coloniaje español. La imagen del "amo benévolo" debió quebrarse. A la larga veremos que no fue así.
Los nuevos tiempos: El Partido Popular y la Segunda Guerra Mundial
Lo cierto es que entre 1940 y 1948 el P.P.D. se va convirtiendo en una fuerza política sorprendente, afianzando su influencia en todas las esferas de la vida puertorriqueña y Méndez Ballester aparecerá ideológicamente vinculado a un movimiento histórico que resultaba atractivo para intelectuales de su sensibilidad. Después de todo el P.P.D. se mostraba como una organización rural y pro-campesina (L.Muñoz Marín 93). Su poder se centraba precisamente en las áreas de mayor subdesarrollo de Puerto Rico, las regiones sureste, suroeste y el centro del país. El mundo rural se había volcado en la prédica muñocista, como era de esperarse. La urbes y la zona metropolitana, seguían tradicionalmente vinculadas al partido de la Coalición, más acorde con las ideas conservadoras de esa organización. Esa ideología de reivindicación campesina controlaría totalmente el panorama electoral por lo menos desde 1940 hasta 1964, alterando totalmente la realidad puertorriqueña y, en cierto modo, cavando la tumba de sus propias aspiraciones en la medida en que destruía, con el desarrollo de la colonia, su propia base social.
En ese proceso histórico Méndez Ballester giraría sus esfuerzos literarios hacia un mundo en el que apenas había experimentado en su primera etapa de creación. Por decirlo de algún modo, se evade del discurso protestario típico que había producido en los últimos años de la década del treinta y comienza a elaborar una temática extraña al conjunto de su obra. En Hilarión (1943) produce un texto en el que recrea el Edipo rey de Sófocles y en el cual se percibe una velada pero patente crítica a las revoluciones populistas latinoamericanas, y una preocupación filósofica por el sentido de la libertad ante las fuerzas de lo que podemos llamar "destino". Un tema universal dentro del contexto de la realidad del Puerto Rico del cuarenta, nos presenta un escritor que, al parecer, está pasando juicio sobre sus propios principios políticos, dispuesto a revisarse en un momento en que las aspiraciones sociales y humanas que alberga para su pueblo parecen estar en camino de resolverse.
Ese proceso que hemos llamado tentativamente evasivo, tiene su climax en El misterio del castillo (1946), zarzuela cómica y ligera, gozosa, por decirlo de algún modo, la cual, musicalizada por Arturo Somohano, nos muestra el otro espíritu del escritor ante la realidad cambiante. El discurso social, las letras de resistencia, han dado paso a una literatura distinta y universal, divorciada de la realidad inmediata. Era el momento de la Segunda Guerra Mundial, de las aspiraciones totalitarias de la Alemania nazi, la Italia facista y el Japón de la dinastia Ito. Puerto Rico, distante geográficamente del escenario de la guerra, amparado por los Estados Unidos, crecía bajo el auspicio de los programas de desarrollo y del populismo y el caudillismo muñocista con sus ofertas de "revolución pacífica" y bienestar social incruento (T. Mathews 122 ss. y H. Wells 199 ss.).
La "reforma" fue el núcleo ideológico del populismo de la época. En 1941 una Autoridad de Tierras establecía las bases de una Ley de Tierras largo tiempo esperada. Se constituía una Junta de Salario Mínimo para establecer cierta justicia para los productores directos. Se redactaba una Reforma Contributiva dirigida, teóricamente, a cobrar más impuestos a aquéllos que generaran más ganancias. Se alteraba la administración pública en un proceso que fortalecía sumariamente los atributos del poder ejecutivo. La afirmación del respeto al poder ejecutivo, la personalidad de Muñoz, la admiración que había generado en las masas populares, permitieron el desarrollo de un gobierno de "mano dura" en el cual el caudillo disfrutaba del respaldo total de las otras esferas de poder y del común de la gente. La democratización del gobierno era más una fachada que una realidad tangible. Las fronteras entre el respeto y el miedo siempre han sido laxas, en particular cuando se trata de líderes fuertes como lo era Muñoz, machistas, autocráticos y carismáticos, como le define cierto parsoniano estadounidense. (H. Wells 34, 289, 293, 301-2, 310 ss.).
En 1942 Teodoro Moscoso orientaba la Compañía de Fomento Industrial hacia la producción de bienes útiles a una economía en desarrollo. La producción de cemento, botellas de cristal y papel por parte del estado, fue vigorosamente respaldada. El Banco Gubernamental de Fomento, comenzó a dirigir sus esfuerzos hacia una ruta que no estaba claramente contemplada en el programa original del P.P.D.: la industrialización. El conflicto entre esta forma de desarrollo y las aspiraciones agraristas de personalidades como la de Méndez Ballester, se haría patente posteriormente, como tendremos la oportunidad de ver en su momento.
La Segunda Guerra Mundial hizo posible además la multiplicación de las inversiones federales en Puerto Rico, especialmente para fines militares o de apoyo a esa esfera que tanta importancia estaba tomando en la vida estadounidense en el contexto bélico. El crecimiento de la infraestructura civil, a la larga, facilitaba las maniobras castrenses. Grandes cantidades de dinero efectivo comenzaron a llegar a manos de familias de soldados puertorriqueños que estaban en el frente. En general la dependencia de los Estados Unidos se afianzó. Aquella nación recobró parte de la confianza que había perdido en la isla dado el hecho de que aquella confrontación contra el totalitarismo se interpretó como una causa justa y verdaderamente democrática. De hecho, la lucha contra el fascismo unió a comunistas soviéticos y capitalistas estadounidenses como ninguna otra causa consiguió hacerlo, todo ello a pesar de los juegos de la diplomacia estalinista antes de la invasión alemana del territorio de la Rusia Europea.
El período de la posguerra
El Puerto Rico de la posguerra ya no era el de la década del treinta. Si revisamos las estadísticas del Producto Bruto Nacional del país entre el 1940 y el 1950, nos daremos cuenta de que la aportación de la agricultura durante ese período comienza a reducirse sistemáticamente. El fin de la guerra dejaba planteado el problema de qué hacer cuando el flujo artificial de dinero que había provocado la confrontación cesáse. La respuesta parecía obvia: el estado tendría que revisar sus posiciones en torno al desarrollo de la isla y su relación con las esferas de la economía. El respaldo a la industrialización no estaba en entredicho. Ahora se trataba de determinar si el estado iba a ser un participante activo del mismo; o si se iba a tranformar en un facilitador de aquel proceso. La segunda opción parecía más lógica y fue la que venció en aquel sordo debate.
Un estado facilitador tenía que promover la imagen de Puerto Rico en los Estados Unidos para atraer inversionistas; ofrecer facilidades físicas apropiadas para las industrias que se sembrasen en la isla; vender la idea de que la mano de obra puertorriqueña era hábil y barata. Había que reinventar la imagen de los puertorriqueños y convertir al país en una meta para los capitales estadounidenses. El recurso de la exención contributiva y los subsidios, además de aumentar los márgenes de ganancia de los inversionistas, permitió un rápido desarrollo material que alteraría para siempre la realidad en la que la Generación del Treinta había nacido y crecido. Hacia el 1948 la industrialización era el "programa básico" del populismo insular, todo ello a costa de la agricultura y de la cultura que le había dado vida a la organización. El proceso quebraría los esquemas tradicionales del mundo agrario y prepararía el camino para la derrota del populismo en 1968.
Desde 1949 el turismo fue otra de las metas de aquel gobierno que daba vuelta en su programa hacia una ruta inimaginada que alteraría totalmente los marcos de referencia de los intelectuales que habían colaborado con su ascenso al poder en 1938. Lo que Géigel Polanco llamaba "el despertar de un pueblo", era para Earl Parker Hanson la gran "transformación" de Puerto Rico. La ideología de la vitrina estaba madura.
En 1951 aquel programa tenía nombre: "Manos a la obra". El mito del lenguaje popular llegaba a las altas esferas del gobierno. Los intelectuales del cincuenta, pensemos en Arturo Morales Carrión, sabían que la historia nacional estaba girando hacia una ruta insospechada. En cinco años (1947-1952) se establecieron en la isla más de doscientas empresas nuevas. ¿Qué estaba pasando en el país? La Generación del Treinta había clamado por una voz nacional. Esa voz nacional, ese líder, hombre o caudillo soñado por Pedreira, se materializaba en la figura de Luis Muñoz Marín. Muñoz, que era un producto de aquel momento histórico, estaba traduciendo una parte de las aspiraciones de los intelectuales treintistas, materializaba un cambio, oficializaba una ideología y pronto la convertiría en un instrumento de poder, en un discurso "verdadero", único e incuestionable.
En 1952 nacía el Estado Libre Asociado y Puerto Rico entraba en una etapa de desarrollo sorprendente cantada como el modelo de crecimiento para el Tercer Mundo latinoamericano del cual se alejaba aceleradamente.
La década tranquila (1955-1965)
Entre 1955 y 1965 se dio lo que Fernando Picó llama la "década tranquila" para anteponerla a la "década intranquila" que bautizó Lidio Cruz Monclova para nuestro siglo XIX. Reforma y crecimiento iban de la mano. En el plano político, sin embargo, se daban unos fenómenos cruciales para el desarrollo de las ideologías puertorriqueñas. La revisión de los planteamientos del nacionalismo tradicional se hizo necesaria. La Revolución Cubana de 1959 y su vuelta hacia el socialismo en 1961, marcó el nacimiento de un nuevo independentismo en Puerto Rico (J.A. Silén 75 ss.) comprometido con el cambio social radical. El giro hacia las izquierdas se afianzó. Un nuevo proyecto de liberación nacional, mixtificado con las ideologías treintistas, maduró en el territorio colonial. La literatura con un discurso social propio del nuevo mundo urbano en que crecía, y la explicación histórico-social y materialista de la realidad, hallaron un espacio en el pensamiento puertorriqueño, espacio que no han perdido hasta el presente.
Una nueva generación de escritores, la del Sesenta, reclamó su espacio en el hacer cultural nacional. Sus preocupaciones eran parecidas a las del treinta, pero ahora el lenguaje popular y la poesía rescataban temporeramente el espacio arrebatado por el ensayo. Una lírica y una narrativa urbanas nacían contra viento y marea en un simbólico ajuste de cuentas con un progreso que conducía a caminos inesperados: los del afianzamiento de la dependencia de los Estados Unidos. Cierta nostalgia treintista comenzó a manifestarse dentro del discurso literario pretendidamente revolucionario de aquel selecto grupo de escritores. El cambio no pasó inadvertido para Méndez Ballester quien sabía caminar a la altura de sus tiempos.
La década tranquila transcurre alrededor del mito de la serenidad y la paz social. Luis Muñoz Marín había inventado todo un lenguaje místico para la explicación de su función histórica. El lenguaje legitimó las acciones contradictorias del poeta en la Fortaleza, y crearon toda una tradición en el discurso político puertorriqueño que aún no se ha roto (I. Nieves 54-5). Méndez Ballester produce en ese momento una literatura muy valiosa pero, obviamente, menos conocida que la de su primera época. Su drama Encrucijada (1958), es una respuesta a la situación en que lo ha puesto la historia inmediata que le ha correspondido ayudar a construir. patria y familia son identificados de manera patente en los parlamentos de los personajes. El culto al pasado hispánico, el juicio que hacen los personajes en torno a la invasión del 1898, el discurso de Mario y don Alfonso; todo está construido dentro de los parámetros de la Generación del Treinta, re-pensados en un momento en el que todo parece indicar que sus posiciones ideológicas han triunfado. Se percibe cierta inseguridad en el discurso ballesteriano en Encrucijada, como si el escritor mirase hacia dentro de sí mismo y se cuestionara quién es verdaderamente.
Al año 1961, corresponde el intento de novela San José de la montaña y el drama El milagro, verdadera joya del teatro del absurdo. San José de la montaña es otra mirada a los grandes temas de Isla cerrera. Los orígenes vuelven a preocupar al autor, ahora desde una perspectiva microhistórica, y es lógico porque la respuesta a la cuestión del qué somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos tiene, en 1961, una respuesta concreta. Nosotros suponemos, por la revisión del discurso literario ballesteriano, que él debía estar pensando que se caminaba hacia un lugar que no le complacía. La nostalgia por los tiempos idos en el fragmento que conocemos de San José de la montaña, la huída hacia ese refugio seguro que son los orígenes, es una respuesta inconsciente al disgusto con un presente que se tolera pero no se acepta del todo.
Bienvenido, don Goyito (1965) reincide sobre esta temática en un intento de resolver el choque de unas generaciones que la evolución insular ha distanciado: los herederos del mundo de la hacienda, las juventudes pasatistas del treinta y los nuevos ricos de la urbe moderna creada al amparo del progreso del populismo en Puerto Rico. Méndez Ballester está comprometido con su don Goyo, ve el mundo a través de sus ojos, intenta ajustarlo a una realidad nueva que él rechaza porque quiere que esa porción de Puerto Rico, que agoniza, sobreviva. La crítica de la modernización anárquica es patente.
La influencia de ciertos giros de los escritores del sesenta es clara: el lenguaje es más popular, se abandona el rígido realismo social de su obra temprana. Lo mágico se va insinuando por todas partes, la crítica social toma otras formas de mucho más contenido, pensemos en el retrato de ese miedo que muestran los modernos hacia un pasado que les resulta vergonzoso. El mundo del campo, que era el objetivo del cambio social impulsado por el populismo, ahora es tratado como un secreto de familia. Méndez Ballester sufre esto porque no esperaba ese giro de la realidad. El autor tiene ahora una calma que sorprende y una angustia existencial que agobia.
El milagro (1961) y La feria (1965) son dos piezas maestras dentro de una militancia anti-moderna que merece juicio aparte. En El milagro se percibe toda la desconfianza que tiene el autor sobre el contenido de las "democracias" y las "revoluciones". El escepticismo hacia las ideologías se ha ido adueñando de Méndez Ballester tempranamente. Sostenido por toda una serie de estructuras cervantinas revertidas, de lo que Rufo y Tomás son claro ejemplo, Méndez Ballester inventa un adelanto del "Quijote en motora" de Fernando Picó. Juega ahora con tipos humanos universales para criticar las nuevas formas de la fe en los tiempos modernos: los relatos legitimadores, como diría Jean Francois Lyotard, son desmentidos, las utopías son sólo eso, sueños inconclusos en noches incómodamente dormidas.
La feria (1965) va mucho más allá en el reto a ese mundo nuevo en que se vive. Aquí la relación entre maquinismo y tecnología como promotores de un proceso de deshumanización es evidente. La parodia de las consecuencias de una modernización desordenada y anárquica, la desvalorización de lo que había sido fundamental en la etapa formativa de Méndez Ballester, la pérdida de significado de conceptos como el de la libertad, problema que se plantea al final de la obra, y las fronteras frágiles entre la locura y la cordura, tan frágiles como pueden serlo en el siglo Laing y la anti-siquiatría, dejan demostrado que estamos ante un escritor que ha vuelto a confrontarse con una realidad con la que no se halla conforme. Méndez Ballester ha bebido de su tiempo, ha visto la literatura presuntamente revolucionaria del sesenta pero responde de un modo distinto a aquélla generación. Tal vez piensa que ese mundo que se va creando día a día ha estimalado la decadencia de lo verdaderamente humano.
Arriba las mujeres (1969) es lo más cercano ideológicamente al momento del sesenta. Un feminismo algo rígido se vierte en la obra, pero el eje de todo el texto es el mismo de Bienvenido ,don Goyito; la crítica a la nueva clase media, a los nuevos intermediarios con los Estados Unidos, que así los llamó Manuel Maldonado Denis, la rabia con la ruptura de un ideal de familia que la modernidad no permite crecer, la asimilación a una cultura distinta. Una solución mágica, salomónica e inconcebible, un Lázaro inexistente, resuelve felizmente un problema insoluble en cierto modo. La obra es toda una burla y toda una queja. Curiosamente, en los momentos de mayor estabilidad del E.L.A., cuando ese sistema se proyectaba como un modelo de desarrollo respetable en toda la América Hispana, Méndez Ballester resiente los efectos del mismo sobre el ser humano puertorriqueño.
De 1965 al presente
Visto de este modo, la década tranquila producía mucha intranquilidad en las mientes de nuestros escritores. Del 1965 al presente la evolución el E.L.A. ha sido completamente distinta. Una etapa de estancamiento económico, ligada a los cambios internos en el programa de desarrollo adoptado en la década del cincuenta, sucedió al gran momento de la década tranquila. El E.L.A. comenzó a perder la confianza de las mayorías en un momento en que la oposición anexionista se hacía más poderosa especialmente en las grandes urbes que el populismo había ayudado a crear. La fe en el progreso perpetuo del E.L.A. se lacera cuando el liderato tradicional ha envejecido. Una segunda generación de populares, radicales de centro que miran hacia la izquierda traducida en mayor autonomía para la isla, conocido a veces como el "grupo de los 22", inician un debate que no ha cesado en la década del noventa cuando ellos representan el liderato envejecido.
Dentro del anexionismo se estaba dando un proceso similar. Entre el 1967 y el 1968, una segunda generación de anexionistas, amparados por el prestigio de la conocida figura de Luis A. Ferré, reunidos bajo el nombre de "Estadistas Unidos", sembraron la semilla del futuro Partido Nuevo Progresista (W. Figueroa 81 ss.). Las nuevas generaciones de jóvenes estaban tomando sus posiciones por la fuerza, porque los viejos líderes nunca han gustado de "pasar el batón" pasivamente.
Entre el 1967 y el 1968, el P.P.D. perdió definitivamente la preponderancia que había tenido sobre el Puerto Rico de los últimos veinticinco años. Un conflicto de Luis Muñoz Marín con la iglesia católica, y una división interna que dio origen al efímero Partido del Pueblo, sellaron el destino de los populares. El caudillo tenía los pies de barro después de todo. Tras aquel año 1968, Puerto Rico no ha vuelto a ser el mismo. El comportamiento político electoral nacional cambió totalmente de uno unipartidista a uno bipartidista. El plebiscito de 1968 forzó la desaparición de viejas fuerzas políticas como el Partido Estadista Republicano que seguía bajo la dirección de Miguel Angel García Méndez; organizaciones que habían surgido como respuestas a los reclamos de una época, tales como el Partido del Pueblo dirigido por Roberto Sánchez Vilella, uno de los mejores representantes de la nueva generación de populares de izquierda; el Partido Acción Cristiana y el Partido Soberanista, fugaces meteoros en la historia política reciente; todos han pasado a formar parte de la mitología política local y participan del reverente olvido del puertorriqueño común.
Después de 1968, Puerto Rico se parece cada vez más a los Estados Unidos. La asimilación ha dejado de ser un fenómeno temido, para convertirse en un asunto cotidiano al cual los puertorriqueños se acostumbran a veces sin saberlo. El alma nacional es cada vez un alma más mixta pero ya no preocupa tanto el asunto como en la década del treinta.
El año 1973 marcó un hito en la historia del P.P.D. de la segunda generación de líderes. En medio del estancamiento económico del programa del populismo, una crisis petrolera disparó los precios de los energéticos a unos niveles nunca vistos. El efecto de ello sobre los precios de los artículos de consumo fue notorio. La crisis derrotó a Rafael Hernández Colón (1972-1976) y abrió un proceso que, popularmente y sin aspiraciones científicas, se ha llamado el momento del "romerismo". Carlos Romero Barceló inauguraba una prédica política que, como en el caso de Luis A. Ferré, pretendía autoproclamar al P.N.P. representante de "las clases olvidadas de las urbes" como en cierto modo eran. Romero reinterpretó el problema del discurso anexionista y lo modernizó radicalizándolo (A. G. Ramos 6, 8 ss.).
Para Romero Puerto Rico era una colonia de los Estados Unidos y la anexión era un proceso descolonizador castizo. Los puertorriqueños eran una minoría étnica dentro de los Estados Unidos y la anexión era un camino para equipararse a los estadounidenses continentales. El romerismo y los cambios en la política insular, influirían en el discurso ballesteriano y se convertirían en su gran preocupación moral.
El nuevo liderato político tenía una visión completamente distinta del fenómeno de la política. El discurso político se ha alterado por completo. Ahora se enfatiza en el mejoramiento material bajo el régimen del E.L.A.. Ferré nacionaliza la estadidad y la jibariza para acercar a la gente común a la utopía con un argumento del treinta. Romero define la aspiración organizativa con las palabras "seguridad" y "progreso" porque sabe que ya no se confía en que el E.L.A. garantice eso. Hernández Colón tiene que vivir del pasado glorioso del P.P.D. y cada cierre de campaña es un culto al vate, o una euforia en torno a los grandes apellidos. La administración pública se profesionaliza y se corrompe. Las nociones de honor y respeto, ya no importan al cargo. Las posiciones ya no competen a los intelectuales sino a los profesionales de la administración, a los leguleyos, a los técnicos. "Vergüenza contra dinero" es el mito reverdecido de un pasado que nunca existió.
Méndez Ballester repudia ese mundo y lo retrata en Los cocorocos (1975), La polilla (1980) y las columnas periodísticas que publica en "Perspectiva" en El nuevo día (1970-1990). Ahora nos enfrentamos a un discurso pesimista en el cual la deshumanización es el leit motiv del autor. Méndez Ballester observa que el poder desquicia, como hizo con el alcalde y la primera dama en La polilla. El poder corrompe y degrada porque su ejercicio, y el honor que ello representaba, se han divorciado. El ayuntamiento, el cabildo, el municipio, que había sido el orgulloso refugio de la libertad bajo el totalitarismo hispánico, ahora es un antro de corrupción. El alcalde es caricaturizado hasta el infinito. El absurdo es el mejor recurso para imaginar una política en la que no se cree. ¿Hacia dónde mira un pensador cuando todas las esperanzas parecen perdidas? A los modelos del pasado, a los maestros, o escribe una obra más inmediatista, más de todos los días.
Méndez Ballester hace ambas cosas. Carmen Cazurro ha demostrado ampliamente en su libro Medio siglo de periodismo humorístico-satírico (1993), que dentro de humor ballesteriano anida una angustia vital verdaderamente poderosa que le invita a ubicarse en las fronteras de la risa y el llanto. El humor de "Perspectiva" camina por esos límites. Hay desgano en esa risa que provoca la caricatura de Romero, o la culonización del problema insular en las evasiones hacia la vedette de América. Sexualizado el problema, Méndez Ballester evade lo que no puede resolver.
Carmen Cazurro ha hecho una exposición detallada de todo este discurso, comparándolo con el humor de La condición humana (1944-1960), abstrayendo fuentes literarias y teóricas, fijando relaciones y distancias. Sería interesante ver ahora este humor en su conexión con el de L. Bonafoux, M. Brau Zuzuárregui, N.R. Canales, S. Tió, F. Clemente, entre otros, o en su relación con las estructuras del humor político de la prédica revolucionaria del siglo XIX. La propaganda política liberal, revolucionaria o conservadora, el periodismo satírico y el compromiso con una causa, han ido siempre de la mano en el país y nadie las ha investigado sistemáticamente. El libro de la Prof. Cazurro es, pues, una invitación a la relectura literaria de docenas de textos no-literarios del siglo XIX y XX. En este caso el diálogo generacional es importante y puede conducirnos a una total reevaluación de los parámetros analíticos dentro de los cuales juzgamos a quienes nos antecedieron.
Tras la crisis de 1973 la obra ballesteriana adopta un tono distinto y Puerto Rico ve estrechados a un máximo sus lazos con los Estados Unidos. En 1976, el Programa de Cupones para Alimentos, luego Programa de Asistencia Nutricional, suplementaba la dieta y los consumos del 60 % de los puertorriqueños. Ese mismo año, Puerto Rico era puesto al amparo de la sección 936 del Código de Rentas Internas Federal que facilitaba las inversiones estadounidenses en la isla y la exportación privilegiada de capitales fuera del país. El fin era fortalecer al E.L.A. en momentos en que la anexión avanzaba y el independentismo iba en picada. Sin embargo la mayor parte de las inversiones se han realizado en el campo de las industrias con una alta concentración de capital fijo, especialmente en el territorio de las farmacéuticas y la producción de alta tecnología. Los grandes problemas, como el desempleo, permanecieron sin resolver. Los efectos sobre el ambiente de todo este desarrollo que se da desde 1940 al presente son patentes. Paralelamente hemos visto un gigantesco desarrollo de la banca que ha dado acceso al hombre común a ciertos privilegios de la tecnificación y ha reproducido cierto conformismo con los tiempos que se viven.
La década del '80 se inicia con el trabajo silencioso de un grupo de jóvenes que quieren romper con los lazos o las cadenas de las generaciones y promociones de escritores que les antecedieron. Han perdido la confianza en los relatos y las versiones. Concientes de que los procesos observables tienen sus límites, de que el modelo de desarrollo del E.L.A. está en crisis, lo miran todo desencantadamente, con una ironía que duele. Ese desencanto y esa ironía perceptible en los más jóvenes y en la obra ballesteriana, tiene orígenes distintos. Los jóvenes intelectuales del ochenta eran la generación "carnation", no tenían cosas que evocar y vieron la quiebra de las utopías.
Méndez Ballester conserva sus utopías y re-escribe sus signos en Las turbias aguas del pasado (1994). El título nos interesa porque contiene toda una tesis sobre la historia cimentada en el escepticismo en torno a la objetividad del mismo. Cuando el autor se re-escribe, también se cuestiona las respuestas que ha dado a los problemas de la realidad, pensemos en El circo (1979). La tragedia invade los títulos porque el pesimismo es mayor y la nostalgia es el peor enemigo del creador. Por último, Tambores en el Caribe (1986) parece un poco exitoso intento de síntesis de todas las preocupaciones del dramaturgo; las que carga del treinta y las que le producen los inauditos ochenta. El juego de las ideas había dado la vuelta completa hasta hallarse otra vez en ese mundo originario.
Méndez Ballester acababa de contarnos su propia historia. El desencanto que la preside en sus últimos testimonios, es el desencanto del lenguaje que traduce: el de unos tiempos en los que no parece haber salida hacia ninguna parte pero, contradictoriamente, se nos ofrecen todas.
En Hormigueros-Aguadilla
entre julio y agosto de 1995
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