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Giambattista Vico (1668-1744)
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Vico
Vico: Del método de la «ciencia nueva»
En Principios de una ciencia nueva sobre la naturaleza común de las naciones, Giambattista Vico(1668-1744) dio unos definidos perfiles a la teoría de los ciclos históricos. La obra, sin embargó, es susceptible de analizarse desde otros puntos dé vista también: la particular interpretación que el autor da de la providencia o las características metodológicas que la ciencia histórica ha de tener.
Por esta razón, esta ciencia, en uno de sus principales aspectos, debe ser una teología civil razonada de la providencia divina, que hasta ahora parece haber fallado. Pues los filósofos hasta aquí o de hecho la han desconocido, como los estoicos y epicúreos que defienden, éstos, un ciego concurso de átomos, y aquéllos, una sorda cadena de causas y efectos que determinan las acciones de los hombres; o la han considerado sólo en el orden de las cosas naturales, por lo cual llamaban «teología natural» a la metafísica, en la que estudiaban este atributo divino y lo confirmaban por el orden físico observado en los movimientos de los cuerpos como esferas, o elementos, y en la causa final deducida de otras cosas naturales de menor importancia. Es, sin embargo, en la economía dé las cosas civiles donde hubieron debido pensarla en donde la propiedad de la palabra, por lo que la providencia fue llamada «divinidad», de divinari, «adivinar», es decir, entenderla como lo oculto al hombre, el porvenir, o lo oculto del hombre, la conciencia; lo primero es lo que ocupa propiamente la parte principal del objeto de la jurisprudencia, que versa sobre las cosas divinas, y de la que depende lo segundo, que lo completa con lo relativo a las cosas humanas. Esta ciencia, por todo esto, debe ser una demostración, por así decirlo, del hecho histórico de la providencia, pues debe ser una historia de las órdenes que ella ha dado a la gran ciudad del género humano, sin previsión ni decisión humana alguna y muy frecuentemente contra los mismos propósitos de los hombres. Por tanto, aunque este mundo haya sido creado en un tiempo particular, sin embargo, las leyes que la providencia ha puesto en él, son universales y eternas.
En la contemplación, pues, de esta divina providencia infinita y eterna, esta ciencia halla ciertas pruebas divinas por las que se confirma y demuestra. Porque la divina providencia, teniendo por ministro a la Omnipotencia, debe explicar sus órdenes por vías tan fáciles como las costumbres humanas; teniendo como consejera a la Sabiduría infinita, cuanto dispone debe ser ley; teniendo como fin su propia inmensa bondad, cuanto ordena debe estar siempre dirigido a un bien superior al que se proponen los hombres.
Por todo esto, en la deplorada oscuridad de los principios y en la innumerable variedad de las costumbres de las naciones, sobre un argumento divino que comprende todas las cosas humanas no se pueden desear pruebas más sublimes que aquellas mismas que nos dan la naturaleza, el orden y el fin, que es la conservación del genero humano, pruebas que nos parecen luminosas y distintas cuando reflexionamos en la facilidad con que nacen las cosas y en qué circunstancias; con frecuencia en lugares muy distantes y a veces contrarios a los propósitos, de los hombres, y sin embargo, se adaptan a ellos por sí mismos. La omnipotencia nos suministra pruebas de esto. Démonos cuenta y veamos el orden con que unas cosas nacen en sus tiempos y lugares propios en el momento en que deben nacer, mientras que otras difieren el tiempo y lugar de su nacimiento; en esto consiste, según la opinión de Horacio, la belleza del orden. Y tales pruebas nos las manifiesta la sublime sabiduría. Consideremos, por último, si somos capaces de entenderlo, en qué ocasiones, lugares y tiempos hubieran podido tener lugar otros beneficios divinos y si se hubiera conseguido en ciertas necesidades o malos momentos de los hombres alcanzar mejor el bien y conservar la sociedad humana; y la eterna bondad de Dios nos dará estas pruebas.
De ahí que la prueba constante que se puede hacer es reflexionar si nuestra mente, dentro de la serie de posibles que le es permitido concebir, y en cuanto le es permitido, puede pensar mayor o menor número de causas u otras cosas distintas de aquellas de donde han salido los efectos de este mundo civil. Haciéndolo, el lector experimentará un divino placer en su cuerpo mortal al contemplar en las ideas divinas este mundo de naciones en toda la amplitud de sus lugares, tiempos y variedades; y convencerá de hecho a los epicúreos de que su azar no puede divagar locamente y alcanzar la salida por cualquier parte, y a los estoicos de que su eterna cadena de causas, con la que piensan ceñir el mundo, depende de la omnipotente, sabia y benigna voluntad del Óptimo Máximo Dios.
Estas sublimes pruebas teológicas naturales nos serán confirmadas mediante las siguientes pruebas lógicas: al razonar sobre los orígenes de las cosas divinas y humanas de los gentiles, se llega a sus principios, resultando necia la curiosidad que impulsa a buscar otros anteriores, pues ésta es la característica de los principios; por ellos se explican los modos particulares del nacimiento de estas cosas o de su naturaleza, que es la característica propia de la ciencia; y por último se confirman con las eternas propiedades que conservan, las cuales no pueden haber nacido sino mediante nacimientos en unos tiempos, lugares y modos determinados, y no en otros, o sea, según su propia naturaleza, como se ha propuesto antes en dos axiomas.
Para hallar estas naturalezas de las cosas humanas, esta ciencia procede mediante el severo análisis de los pensamientos humanos sobre las necesidades o utilidades de la vida social, las cuales son las dos fuentes perennes del derecho natural de las gentes, según se ha indicado ya en los axiomas. Por ello, en uno de sus principales aspectos, esta ciencia es una historia dé las ideas humanas, sobre la que debe proceder la metafísica de la mente humana: esta reina de las ciencias, por el axioma que dice: «las ciencias deben comenzar donde comienza su materia», empezó cuando los hombres empezaron a pensar humanamente y no cuando los filósofos empezaron a reflexionar sobre las ideas humanas (como indica un librillo erudito y docto salido últimamente a la luz con el título de Historia de Ideas, que lleva hasta las últimas controversias que han tenido los dos más grandes ingenios de esta época, Leibniz y Newton).
Y para determinar los tiempos y lugares de esta historia, es decir, cuándo y cómo nacieron estos pensamientos humanos, y dar la certeza mediante su propia cronología y geografía metafísicas, por así decirlo, esta ciencia usa un arte crítico, también metafísica, aplicada a los creadores de estas mismas naciones, entre los cuales y los escritores sobre lo que ha versado hasta ahora la filología debieron transcurrir más de mil años. Y el criterio de que se sirve, según un axioma expuesto, es el enseñado por la providencia divina a todas las naciones; es el sentido común del género humano, determinado por la conformidad necesaria de las propias cosas humanas, en la que radica toda la belleza de este mundo civil. Por tanto, en esta ciencia reina esta clase de pruebas: en cuanto que las leyes han sido establecidas por la providencia divina, las cosas relativas a las naciones debieron, deben y deberán ser tal como han sido razonadas por esta ciencia, aun cuando por toda la eternidad nacieran de tiempo en tiempo mundos infinitos; lo que de hecho es falso.
Al mismo tiempo, esta ciencia describe una historia ideal eterna, sobre la cual transcurren en el tiempo las historias de todas las naciones en sus orígenes, progresos, equilibrios, decadencias y finales. Afirmamos también que aquel que medita esta ciencia se relata a sí mismo esta historia ideal eterna, pues habiendo sido este mundo de naciones hecho por los hombres (éste es el primer principio que se ha establecido antes) y debiéndose hallar, por tanto, el modo de esto en la propia mente humana, ellos mismos son los sujetos de la prueba del «debió, debe, deberá»; pues ocurre que cuando quien hace las cosas se las cuenta a sí mismo, la historia es la más cierta. Así, esta ciencia procede igual que la geometría, la cual, mientras construye o medita sobre sus elementos, se construye el mundo de las dimensiones; pero con tanta más realidad cuanto es mayor la que tienen las acciones humanas en relación con los puntos, líneas, superficies y volúmenes. En esto mismo está la razón que muestra que tales pruebas son de especie divina y que deben ocasionarte, lector, un placer divino, pues conocer y hacer es una misma cosa en Dios.
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