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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Latinos
Polibio: Roma y el imperio universal
Enlace entre el mundo político-historiográfico griego y el romano, Polibio de Megalópolis (c. 202-C.120 a. C.) hace en el «Exordio» a sus Historias un elogio del imperialismo romano. A través de él, dice, se han conseguido conjugar los más variados intereses de las distintas partes del mundo hasta ese momento desconectadas.
Polibio, Historia universal durante la República Romana
Si aquellos que me han precedido en poner luz en hechos y acciones históricos hubieran omitido hacer elogio de la historia, tal vez me vería en la precisión de inclinar a todos a la elección y estudio de estos comentarios, si suponemos que no hay profesión más útil para la instrucción del hombre que el conocimiento de las cosas pretéritas. Pero como no algunos, ni de un mismo modo, sino casi todos los historiadores se han valido de este mismo exordio, sentado que el estudio y ejercicio más seguro en materias de gobierno es el que se aprende en la escuela de la historia, y que la única y más eficaz maestra para , poder soportar con igualdad de ánimo las vicisitudes de la fortuna es la memoria de las infelicidades ajenas, no tiene duda que así como a ningún otro sentaría bien el repetir una materia de que tantos y tan bien han tratado, mucho menos a mí. Sobre todo cuando la misma novedad de los hechos que voy a referir es suficiente por cierto para atraer y excitar a todos, jóvenes y ancianos, a la lectura de esta obra. Pues, a decir verdad, ¿habrá hombre tan estúpido y negligente que no apetezca saber cómo y por que género de gobierno los romanos llegaron en cincuenta y tres años no cumplidos a sojuzgar casi toda la tierra, acción hasta entonces sin ejemplo? ¿O habrá alguno tan entregado a los espectáculos, o a cualquier otro género de estudios, que no prefiera instruirse en materias tan interesantes como éstas?
Pero el modo de manifestar que el tema de mi discurso es singular y magnifico será principalmente si comparamos y cotejamos los más célebres imperios que nos han precedido, y de que los historiadores han dejado copiosos monumentos con aquel soberbio poder de los romanos. Estados, a la verdad, dignos de semejantes parangón y cotejo. Los persas obtuvieron por algún tiempo un vasto imperio y dominio, pero cuantas veces osaron exceder los límites de Asia, aventuraron no sólo su imperio sino también sus personas. Los lacedemonios disputaron por mucho tiempo el mando sobre Grecia; pero apenas conseguido, sólo fueron pacíficos poseedores de él durante doce años. Los macedonios dominaron en Europa desde los lugares vecinos al mar Adriático hasta el Danubio, parte a decir verdad bien corta de la susodicha región; añadieron después el imperio del Asia, arruinando el poder de los persas; pero en medio de estar reputados por señores de la región más vasta y rica, dejaron no obstante una gran parte de la tierra en manos ajenas. Díganlo Sicilia, Cerdeña, África, que ni aun en el pensamiento se les pasó jamás su conquista. Díganlo aquellas belicosísimas naciones situadas al occidente de Europa, de quienes apenas tuvieron noticia. Mas los romanos, al contrario, sujetaron no algunas partes del mundo, sino casi toda la redondez de la tierra, y elevaron su poder a tal altura que los presentes envidiamos ahora y los venideros jamás podrán superarlo. Todas estas cosas se manifestarán más claramente por la relación que se va a hacer, y al mismo tiempo sé evidenciará cuántas y cuan grandes utilidades es capaz de acarrear a un amante de la instrucción una fiel y exacta historia.
Por lo que hace al tiempo, comenzaremos esta obra en la olimpiada ciento cuarenta; por lo perteneciente a los hechos, daremos principio entre los griegos por la guerra que Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, junto con los aqueos, declaró a los etolios; la llamada guerra social; entre los asiáticos, por la guerra en que Antíoco y Ptolomeo Filopator disputaron entre sí la posesión de la Celesiria; en Italia y África por la guerra que se suscitó entre romanos y cartagineses, llamada comúnmente guerra de Aníbal. Todos estos hechos son una consecuencia de los últimos de la historia de Arato el Sicioniano. En los tiempos anteriores a éste, los acontecimientos del mundo casi no tenían entre sí conexión alguna. Se nota en cada uno de ellos una gran diferencia, procedida, ya de sus causas y fines, ya de los lugares donde se ejecutaron. Pero desde éste en adelante, parece como si la historia se hubiera reunido en un solo cuerpo. Los intereses de Italia y África han venido a mezclarse con los de Asia y Grecia, y el conjunto de todos no mira sino a un solo fin y objeto, causa porque he dado principio a su descripción en esta época. Pues vencedores los romanos de los cartagineses en la guerra mencionada, y persuadidos de que tenían andada la mayor y más principal parte del camino para la conquista del universo, osaron desde entonces por primera vez extender sus manos a lo restante y transportar sus ejércitos a Grecia y países del Asia.
Si nos fuese familiar y notorio el gobierno de los estados que entre sí disputaron el sumo imperio, no nos veríamos acaso en la precisión de prevenir qué designios o fuerzas les estimularon a emprender tales y tan grandes obras. Pero supuesto que los más de los griegos ignoran la política de los romanos y de los cartagineses y no tienen noticia de su antiguo poder y acciones, tuvimos por indispensable que éste y el siguiente libro precediesen a los demás de la historia, para que ninguno, cuando llegue a la narración de los hechos, dude ni tenga que preguntar de qué recursos o de qué fuerzas y auxilios se valieron los romanos para emprender unos proyectos que los hicieron señores de toda la tierra y mar que conocemos. Antes bien, por estos dos libros y la preparación que en ellos se haga, vendrán en conocimiento los lectores de cuan justas medidas tomaron para concebir el designio y conseguir hacer universal su imperio y dominio.
Julio César, La guerra de las Galias
Libro I- La Galia y sus habitantes
I. Toda la Galia se encuentra dividida en tres partes: de ésas, una la habitan los belgas; otra, los aquitanos; la tercera, los que en su lengua se llaman celtas, y en la nuestra, galos. Todos estos pueblos se diferencian entre sí por su lenguaje, por sus costumbres, por sus leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos; el Marne y él Sena, de los belgas. De todos éstos, los más bravos son los belgas, por aquello de que son los más alejados de la civilización y refinamiento de la provincia romana y en muy raras ocasiones llegan hasta ellos los comerciantes y les llevan aquellas cosas que enervan sus espíritus, y porque se hallan lindando con los germanos, que habitan al otro lado del Rin y con los cuales están en guerra continuamente. Y por esta razón, los helvecios también aventajan en valor a los demás galos, porque casi en continuos combates luchan con los germanos, ya cuando les impiden a éstos la entrada en sus territorios, ya cuando ellos mismos hacen la guerra dentro de sus territorios en una acción ofensiva. Una parte de esos territorios, que se ha dicho que ocupan los galos, comienza desde el río Ródano, as limitada por el río Garona, por el océano y la frontera de los belgas; toca también el río Rin por el lado de los secuanos y de los helvecios y está orientada hacia el Norte. La Bélgica da comienzo allí donde acaba la Galia , se extiende hasta el curso inferior del río Rin y está orientada hacia el Norte y hacia el Este. La Aquitania se extiende desde el río Garona a los montes Pirineos y a aquella parte del océano que está bañando España; está orientada al Nordeste.
II. Orgetórige era entre los helvecios el más ilustre por su linaje y él de mayor fortuna. Éste, siendo cónsules M. Mesala y M. Pisón, seducido por el desorbitado deseo de ser rey, formó la conspiración de la nobleza y persuadió a los ciudadanos para que salieran del territorio con toda la población en masa; que era muy fácil el apoderarse del gobierno de toda la Galia, ya que aventajaban a todos por su valor. De esto les convenció con más facilidad, porque los helvecios se veían encerrados por todas partes por la naturaleza del lugar o condiciones geográficas; en efecto: por un lado, por el río Rin, anchísimo y muy profundo, que separa la tierra de los helvecios de la de los germanos; por otro lado, por el monte Jura, muy alto, que está entre los secuanos y los helvecios; por el tercer punto, por el lago Lemán y el río Ródano, que separa nuestra provincia de los helvecios. Por esto resultaba que no podían extenderse y no podían llevar la guerra a los territorios vecinos; y por esa razón, unos hombres ansiosos de batallar se hallaban sumamente irritados y doloridos. Por la densidad de población, por su gloria militar y por su espíritu de bravura, consideraban asfixiante su territorio, que se extendía en una longitud de doscientas cuarenta millas y una anchura de ciento ochenta.
III. Llevados por estas razones y arrastrados por la autoridad de Orgetórige, decidieron preparar aquellas cosas que concernían para marchar: el comprar él mayor número posible de bestias de carga y de carros; hacer acopio de simientes en gran número, para durante la ruta disponer de abundancia de trigo; el asegurar sólidamente con los estados vecinos relaciones de paz y de amistad. Pensaron que, para llevar a cabo estas cosas, ellos tenían suficiente con dos años; con una ley se establece la salida para el tercer año. Para la ejecución de este plan es elegido Orgetórige. Éste se encarga personalmente de las embajadas a los otros estados. En el ejercicio de esta misión persuade al secuano Castico, hijo de Catamantaledis, que durante muchos años había reinado en los secuanos y había sido llamado amigo por el Senado del pueblo romano, a ocupar en su pueblo el poder que antes había tenido su padre; y, asimismo persuade a que intente lo mismo al heduo Dumnórige, hermano de Diviciaco, que a la sazón ocupaba el primer rango en la ciudad y era muy querido de la plebe, y le entrega a su hija en matrimonio. Les demuestra que es muy fácil llevar a cabo esta empresa, porque él mismo conseguirá el poder de su pueblo: que no hay duda de que los helvecios son los más poderosos de toda la Galia; les asegura que él, con sus recursos y su ejército, les proporcionará el poder. Inducidos por este lenguaje, se dan entre sí palabra y juramento, y, una vez ocupado el poder, esperan que por medio de los tres pueblos, los más grandes y poderosos, ellos se apoderen de toda la Galia.
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