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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Hebreos
Daniel: Los cuatro imperios
El libro de Daniel supone uno de los puntos culminantes del pensamiento histórico bíblico, que habrá de influir luego fuertemente en los autores medievales. En uno de sus pasajes se habla alegóricamente de la sucesión de cuatro imperios, cada uno de ellos con unos caracteres de universalidad mayores que los del anterior. El último habrá de gobernar toda la tierra, pero será también perecedero. El fin de la humanidad estará entonces marcado por el establecimiento del reino de Dios.
Biblia, Daniel. Cap. 7.
En el año primero de Baltasar, rey de Babilonia, tuvo Daniel una visión en sueños; y la visión la tuvo su mente estando en su cama; y escribió el sueño, y púsole en pocas palabras, refiriéndolo en compendio de esta maneta. Comienza el relato. Dijo Daniel:
Tuve yo una noche esta visión: los cuatro vientos del cielo combatían en el mar grande. Y cuatro bestias grandes diversas entre sí, salían del mar. La primera era semejante a un león y tenía alas de águila; mientras yo la miraba, he aquí que le fueron arrancadas las alas, y se alzó de la tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio un corazón de nombre. Y vi otra bestia semejante a un oso, puesta de lado, la cual tenía tres costillas entre sus dientes, y le decían así: Levántate, come carne en abundancia. Después de esto estaba yo observando, y he aquí otra bestia como un leopardo, y tenía en la parte superior cuatro alas como de ave; y tenía esta bestia cuatro cabezas, y le fue dado el poder.
Después de esto estuve contemplando la visión nocturna; cuando he aquí que apareció una cuarta bestia terrible y prodigiosa, y extraordinariamente fuerte, la cual tenía grandes dientes de hierro, comía y despedazaba, y lo que le sobraba lo hollaba con los pies; mas no se parecía a las otras bestias que antes yo he visto, y tenía diez astas. Estaba yo contemplando las astas, cuando he aquí que despuntó por en medio de ellas otra asta más pequeña, y así que ésta apareció fueron arrancadas tres de las primeras astas: había en esta asta ojos como de hombre, y una boca que profería cosas grandes.
Estaba yo observando, hasta tanto que se pusieron unos tronos; y el anciano de días se sentó: eran sus vestiduras blancas como la nieve, y como lana limpia los cabellos de su cabeza; de llamas de fuego era su trono, y fuego encendido las ruedas de éste. Salía de delante de él un impetuoso río de fuego: eran millares de millares los que le servían y mil millones los que asistían ante su presencia. Sentóse para juzgar y fueron abiertos los libros. Estaba yo en expectación, a causa del ruido de las palabras grandiosas que salían de aquella asta; pero reparé que la bestia había sido muerta, y que su cuerpo muerto había sido echado a arder en el fuego.
En cuanto a las otras bestias se les había también quitado el poder, y fijado el espacio de su vida, hasta otro tiempo. Yo estaba pues observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo uno que parecía el Hijo del hombre; quien se adelantó hacia el anciano de días y le presentaron ante él. Y diole éste la potestad, el honor y el reino; y todos los pueblos, tribus y lenguas le servían a él: la potestad suya es potestad eterna que no le será quitada, y su reino es indestructible.
Apoderóse de mí el terror: yo Daniel quedé atónito con tales cosas; y las visiones que había tenido llenaron de turbación mi mente. Llegúeme a uno de los asistentes, y pedíle el verdadero significado de aquellas visiones, y me dio la interpretación de ellas, y me instruyó.
Estas cuatro bestias grandes son cuatro reinos que se levantarán en la tierra. Después recibirán el reino los santos del Dios altísimo, y reinarán hasta el fin del siglo, y por los siglos de los siglos. Quise en seguida informarme por menor de la cuarta bestia, que era tan diferente de todas las otras, y sobremanera horrorosa, cuyos dientes y uñas eran de hierro, y que comía y desmenuzaba, hollando con sus pies aquello que quedaba. E informarme acerca de las diez astas que tenía en la cabeza, y de la otra asta que le había comenzado a salir, al aparecer la cual habían caído las tres astas; y de cómo aquella asta tenía ojos y boca que profería cosas grandiosas, y era mayor que todas las otras. Estaba yo observando y he aquí que aquella asta hacía guerra contra los santos, y prevalecía sobre ellos. Hasta tanto que llego el anciano de días y sentenció en favor de los santos del Altísimo, y vino el tiempo, y los santos obtuvieron el reino. Y aquél me habló así: la cuarta bestia ser el cuarto reino que habrá en la tierra, diferente de todos los reinos y devorará toda la tierra, y la hollara y desmenuzará. Y las diez astas del dicho reino serán diez reyes, después de los cuales se levantará otro, que será diferente de los primeros, y derribará tres reyes. Y él hablará mal contra el Excelso, y atropellará los santos del Altísimo, y se creerá con facultad de mudar las festividades y las leyes, y los santos serán dejados en sus manos por un tiempo, dos tiempos, y la mitad de un tiempo. Pero se celebrará juicio, a fin de que se le quite el poder, y sea destruido, y perezca para siempre. Y el reino y la potestad, y la magnificencia de los reinos que hay debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino sempiterno, y a él le servirán y obedecerán los reyes todos.
Aquí acabó el relato. Yo, Daniel, quedé muy conturbado con estos mis pensamientos, y mudóse el color de mi rostro; conservé, empero, en mi corazón esta visión.
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