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Mario R. Cancel, historiador | Portada
André Pierre Ledrú y Puerto Rico
André Pierre Ledrú. Viaje a la isla de Puerto Rico (Fragmento) (Río Piedras: Instituto de Literatura Puertorriqueña, 1957, pp. 117-120.). Se publicó por primera vez en 1810.
[Deterioro del progreso en Puerto Rico]
Hay aún otras causas que han detenido hasta hoy el progreso de la Colonia a pesar de los esfuerzos del gobierno.
1. El trabajo personal, merced a una absurda preocupación, está envilecido a los ojos de la generalidad: la agricultura, la primera y más honrosa de las artes, está entregada a manos de los esclavos como una ocupación envilecida y deshonrosa (I), de modo que 17,500 hombres son los únicos encargados de satisfacer las necesidades de 136,000 habitantes.
2. La falta de caminos, puentes y esclusas. Si tuvieran salida las aguas estancadas, si se atravesase la Isla de grandes carreteras que al par que facilitasen el transporte de sus frutos permitieran la libre circulación del aire, Puerto Rico sería indudablemente una de las Colonias más fértiles del Nuevo Mundo, y no tardaría mucho tiempo en ser una de las más ricas y saludables.
3. La prohibición que existe de vender al extranjero los frutos del país.
4. El ningún uso que se hace del arado que pudiera emplearse con grandes ventajas en el cultivo del arroz, maíz y patatas.
Comercio
Hasta el año 1778 el comercio de Puerto Rico con España y las otras posesiones de esta nación fue de poca importancia. Los correos o paquebotes exportaban de la isla una pequeña cantidad de café, malagueta y algunos cueros que hacían en total un valor anual de 100,000 francos. Estas exportaciones han aumentado mucho.
Además de los objetos mencionados, España exportaba de la Isla azúcar, jengibre, algodón en bruto e hilado, guayacán, naranjas y otras frutas, e introduce en cambio algún vino, aceite y granos, que llegan exclusivamente á la Capital, mientras que los extranjeros comercian con los demás puertos de la Isla.
La mayoría de los habitantes, y en particular los del interior de la Isla, no consumen otros artículos que los que produce el país, pero los que viven en las costas compran a los extranjeros harina, vino, aceite, aguardiente y salazones, así como telas de hilo y algodón, armas, quincallería, alhajas y los vestidos que usan. La preferencia que se da a las mercancías extranjeras sobre las españolas nace de que estas, siendo inferiores en su clase, son al mismo tiempo más caras que las francesas e inglesas que vienen á ofrecérseles en sus mismas costas, tomando en pago productos coloniales. Este tráfico ofrece a los colonos un beneficio de 25 a 30 % que tendrían que perder si fuesen a proveerse a la Capital, que es el único puerto habilitado para hacer el comercio.
En efecto, la distancia que media entre la Capital y las principales poblaciones de la Isla, el mal estado de los caminos, la falta de puentes y barcas para atravesar los ríos, dificultan el transporte de los frutos, y los costos duplican su valor. Un simple ejemplo bastaría para probar esta verdad. El trabajo de un hombre vale en la Isla cuatro reales diarios, y el de un caballo ocho. Estos animales no pueden cargar regularmente sino dos fanegas de café o sean ocho arrobas, que a doce reales cada una hacen un total de noventiséis reales o sea doce pesos. Supongamos que un colono que reside a veinte leguas de la Capital quisiese enviar allí un saco de café. El viaje duraría por lo menos dos días para la ida y dos para la vuelta, y teniendo doce reales de gastos cada día, tendría de costo el saco de café seis pesos, de modo que el colono perdería en solo la conducción la mitad del valor el café, teniendo además en cuenta que en la Capital pagaría los derechos establecidos. Por eso, pues, prefiere venderles a los extranjeros que llegan constantemente a todos los puntos accesibles de la costa y los que en cambio le ofrecen mercancías mejores y más baratas que las españolas.
Santo Domingo, Jamaica, Santa Cruz, Santomás son las islas que más ventajas sacan del comercio clandestino, y las dos últimas exportan por este medio la mayor parte de su ganado, caballos y cueros. El extranjero que conoce la situación del colono impone a éste la ley, y él mismo es el que fija el precio de lo que vende y lo que compra, quedando aquel, sin embargo, muy contento del negocio y dispuesto siempre a tratar con el primer navegante que quiera acercarse a sus costas.
El contrabando se hace más frecuentemente con los puertos de Fajardo, Humacao, Guayama, Coamo, Ponce, Yauco, Cabo Rojo, Mayagüez, Añasco, Aguadilla, Isabela y Arecibo.
Una considerable parte de los víveres que se consumen en el país se importan del extranjero. Los Estados Unidos lo abastecen de harinas. La Habana da cera y azúcar blanca; la Margarita sal y pescado salado; Santo Domingo tabaco y cerdos y Costa Firme arroz. El numerario del país se emplea casi todo en proporcionarse esas subsistencias, que sin embargo, le cuestan menos que si se las procurase en la misma Isla.
Esos abusos tan nocivos á los intereses de la Isla como á los del fisco, subsistirán tanto tiempo cuanto existan esas leyes represivas que prohiben al colono las comunicaciones por mar con la Capital, adonde podrían llevar sus frutos, so pretexto que los buques empleados en ese tráfico pueden ocuparse en el negocio de contrabando.
Desde que España está en paz con la Francia, y ambas naciones en guerra con la Inglaterra, nuestros intrépidos corsarios han conducido a los distintos puertos de la Isla más de doscientas presas hechas a su común enemigo. La venta de esos buques ha surtido al país de toda clase de mercancías y puesto en circulación gran cantidad de dinero. Esta riqueza accidental morirá con la paz, a menos que el Gobierno no rompa las trabas que mantienen estacionaria la prosperidad real de la Colonia. Si la Corte de Madrid decretase la liberad de comerciar con los puertos de la Isla, aunque solo fuese por treinta años, Puerto Rico veria triplicar bien pronto sus productos, los navegantes que imponen hoy sus leyes al colono se convertirían en tributarios suyos, y los ganados, las maderas y todos los frutos del país contarían con un mercado seguro.
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