|
Mario R. Cancel, historiador | Portada
Indios: la yuca o mandioca
Padre Jean Baptiste Labat, Nuevo viaje a las Islas de la América. Volumen I. (Paris, 1772). Capítulo XVI (Fragmento)
De la mandioca
He dicho en algunos lugares más atrás que el casabe y la harina de mandioca sirven de pan a la mayor parte de los habitantes blancos, negros y rojos de las Islas, es decir, a los europeos, los negros y los salvajes. Y creo que es a propósito explicar aquí lo que es el casabe y la harina de mandioca después que haya descrito el árbol o arbolillo que la produce y la manera en que se le cultiva.
La mandioca es un arbolillo cuya corteza es gris, roja o violeta según las diferentes especies de albura que ella cubre. La corteza de todas las especies es muy delgada. Crece hasta una altura de siete u ocho pies. A esta altura el tronco es grueso como el brazo. El tronco y las ramas están llenas de nudos bastante cerca los unos de los otros, con pequeñas excrecencias que marcan los lugares donde estaban las hojas que han caído, pues a medida que el árbol crece, las hojas se desprenden de la parte inferior de las ramas, y no se las encuentra más que en las partes más altas. La madera es blanca y quebradiza; crece mejor de plantones que de semillas: al menos es seguro que no se tendrá sino poca raíz comestible si se siembra la semilla que produce. Su hoja es como un trébol alargado, o mejor como una hoja de vid mediana que se hubiese cortado a lo largo de sus nervaduras y a la que no se le hubiere dejado de cada lado más que medio dedo de ancho. Su raíz principal echa a su alrededor otras tres o cuatro y hasta seis o siete de diferente grueso y largo, según la edad del árbol y la bondad del terreno. Las he visto gruesas como la pierna, pero eso es extraordinario. Comúnmente son del tamaño de las más grandes remolachas. La corteza de las raíces es del color de la del árbol, es decir, gris cuando el árbol es gris, roja cuando el árbol es rojo, pero el interior es siempre blanco y de la consistencia de los nabos; hay raíces que están maduras en ocho meses. Se llama al árbol o mandioca que las produce, mandioca blanca o de bejuco. Las otras especies como la mandioca de hojas grandes, la mandioca roja y las demás especies necesitan catorce e incluso dieciocho meses para llegar a su pleno tamaño y madurez.
Se sabe ya que este arbolillo crece de plantones; todo lo que se necesita para plantarlo es hacer un hoyo de alrededor de un pie y medio de largo y de cinco a seis pulgadas de profundidad, en el cual se acuestan dos trozos de esta planta de quince a dieciséis pulgadas de largo, uno de cuyos extremos se deja un poco fuera de tierra, después de lo cual se los cubre con la tierra que se ha sacado del agujero donde se los ha puesto. Se alejan los hoyos unos de los otros de acuerdo a la bondad del terreno; por lo común se dejan entre ellos dos pies y medio de distancia. Se tiene cuidado de escardar las hierbas que crecen alrededor por temor a que sofoquen las nuevas plantas.
Cuando se juzga que las raíces han logrado todo el grosor y la madurez que pueden conseguir de acuerdo a la calidad de la mandioca que las ha producido, se las arranca de tierra a medida que se tiene necesidad de ellas, lo que se hace arrancando la planta toda entera, con lo cual las raíces no dejan de salir, y en caso de que alguna se separe, lo que es fácil de notar, se la excava con la azada. No se necesita gran fuerza para arrancar este tipo de plantas, pues además de que los terrenos no son extremadamente duros, las raíces no están muy adentro de la tierra. Una vez que se han sacado estas raíces, los negros destinados a esta tarea rascan o raspan la corteza con un cuchillo mellado, como se hace con los nabos, y las arrojan a una batea llena de agua donde se las lava bien, después de lo cual se las ralla, es decir, se las reduce a una especie de harina muy húmeda que parece un aserrín grueso de madera, lo que se hace pasando fuertemente la raíz sobre un rallador de cobre, como se pasa el azúcar. Estos ralladores de cobre se llaman rallos y el trabajo que se hace por medio de ellos rallar, y tienen de quince a dieciocho pulgadas de largo por diez o doce de ancho. Se los sujeta con clavitos a una tabla de tres pies y medio de largo y un pie: ancho, colocados no en toda su anchura, sino en el centro. El negro que ralla pone un extremo de la tabla con el rallador en una batea o cuba de madera y apoya el otro contra su estómago; tiene a su lado un cesto donde están las raíces bien raspadas y lavadas, y toma una en cada mano y las pasa y repasa sobre el rallo, apoyándolas fuertemente hasta que las ha reducido a harina.
Después que se han rallado todas las raíces arrancadas, se toma la harina que está en la batea y se la lleva a la prensa para exprimirle todo el jugo de que está llena. Se considera este jugo como un veneno, no solamente para los hombres sino también para los animales que lo beben, o comen las raíces antes de que el jugo le haya sido exprimido. El padre Du Tertre y los otros que han hablado de este jugo dicen que no es un veneno malsano lo que causa la muerte, sino que al tener demasiada sustancia, el estómago de los animales no lo puede digerir y con ello se asfixian. Lo que se manifiesta en que los animales que mueren de ello no tienen alteradas las partes nobles, sino solamente el pecho hinchado.
Los diferentes experimentos que he hecho con este jugo me han convencido de que, además de esta abundancia de sustancia alimenticia, una parte de su malignidad consiste en su frialdad, que detiene la circulación de la sangre, entumece los humores y al final causa la muerte sin atacar las partes nobles del animal; la razón en la que me baso es que el mejor remedio que se ha encontrado hasta el presente para salvar la vida de los animales que de él han bebido es excitar en ellos violentos movimientos, haciéndoles correr lo más rápido que se pueda, calentándolos al hacerles tragar el ron más fuerte con la teriaca después de haberles hecho tomar aceite para excitarles a vomitar lo que han tomado; en una palabra, activando los humores y poniendo la sangre en movimiento.
El padre Du Tertre da tres remedios para impedir los malos efectos del jugo de la mandioca. El primero es hacer beber aceite de oliva con agua tibia, y eso excita el vómito y no puede dejar de dar alivio.
El segundo es beber gran cantidad de jugo de pina con algunas gotas de limón.
Yo sé que el jugo de pina es muy incisivo y muy frío, tal como el de limón, y es esto lo que me hace dudar de la bondad de este remedio, aunque él lo da por infalible.
El tercero es el jugo de la hierba de las culebras.
|