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Michel Foucault (1926-1984)
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Mario R. Cancel, historiador | Portada
Nueva historia: Foucault
Michel Foucault, La vida de los hombres infames, “Los anormales” (1974-1975)
La gran familia indefinida y confusa de los "anormales" que atemoriza de forma obsesiva a las gentes de finales del siglo XIX no señala simplemente una fase de incertidumbre o un episodio un tanto desafortunado de la historia de la psicopatología, sino que constituye un fenómeno que está íntimamente relacionado con todo un conjunto de instituciones de control, con toda una serie de mecanismos de vigilancia y de distribución del orden. Cuando esta gran familia se vea totalmente recubierta por la categoría de la "degeneración", dará lugar a elaboraciones teóricas irrisorias cuyos efectos se grabarán sin embargo hondamente en la realidad social.
El grupo de anormales se formó a partir de tres figuras cuya constitución no ha surgido de forma exactamente sincrónica:
1. El monstruo humano. Esta vieja noción encuentra su marco de referencia en la ley. Se trata pues de una noción jurídica, pero entendida en sentido amplio, ya que no concierne únicamente a las leyes de la sociedad sino que se refiere también a las leyes de la naturaleza. El campo de aparición del monstruo es un ámbito jurídico-biológico. La figura de un ser mitad hombre mitad bestia (privilegiada sobre todo en la Edad Media), las individualidades dobles (valorizadas sobre todo en el Renacimiento), los hermafroditas (que suscitaron tantos problemas en los siglos XVII y XVIII) representan bien históricamente las figuras arquetípicas de esa doble infracción. Lo que constituye a un monstruo humano en un monstruo no es simplemente la excepción en relación con la forma de la especie, es la conmoción que provoca en las seguridades jurídicas (ya se trate de las leyes matrimoniales, de los cánones del bautismo o de las reglas de sucesión). El monstruo humano combina a la vez lo imposible y lo prohibido. En esta perspectiva es preciso analizar los grandes procesos de los hermafroditas con los que se enfrentaron juristas y médicos desde el proceso de Ruán a comienzos del siglo XVII, hasta el proceso de Ana Grandjean, a mediados del siglo siguiente, así como tratados como el de la Embriología sagrada de Cangiamila publicado y traducido en el siglo XVIII.
Se pueden resolver a partir de aquí un cierto número de equívocos que constituyeron durante un tiempo verdaderos obstáculos para el análisis y que impedían comprender el estatuto del hombre anormal incluso cuando éste ya estaba reducido, y a la vez confinado, en los rasgos propios del monstruo. Entre estos equívocos destaca un juego, nunca del todo controlado, existente entre la excepción de la naturaleza y la infracción del derecho. Ambas dejan de superponerse sin dejar de interrelacionarse. La distancia existente entre lo "natural" y la "naturaleza" modifica los efectos jurídicos de la transgresión, pese a que sin embargo no los borra completamente del todo; dicha distancia no reenvía pura y simplemente a la ley pero tampoco la ignora, más bien la engaña suscitando efectos, desencadenando mecanismos, exigiendo la existencia de instituciones parajudiciales y marginalmente médicas. Se ha podido estudiar en este sentido la evolución de los exámenes periciales médico-legales en materia penal, desde el acto "monstruoso" problematizado a comienzos del siglo XIX (con los casos Cornier, Léger, Papavoine) hasta la aparición de esa noción de individuo "peligroso" -a la que es imposible conferir un significado médico o un estatuto jurídico- y que constituye sin embargo la noción fundamental de los exámenes periciales contemporáneos. Los tribunales, al plantear en la actualidad al médico la cuestión propiamente hablando sin sentido: ¿es peligroso este individuo? (cuestión que es contradictoria respecto de un derecho penal basado únicamente en la condena de los actos y que postula una unión de naturaleza entre enfermedad e infracción), retoman, por mediación de transformaciones que será preciso analizar, los equívocos de los viejos monstruos seculares.
2. El individuo a corregir. Es éste un personaje más reciente que el monstruo que está más cerca de las técnicas de adiestramiento, con sus exigencias propias, que de los imperativos de la ley y de las formas canónicas de la naturaleza. La aparición del "incorregible" es coetánea de la puesta en práctica de las técnicas de disciplina que tienen lugar en Occidente durante los siglos XVII y XVIII -en el ejército, en los colegios, en los talleres y un poco más tarde en las propias familias-. Los nuevos procedimientos de adiestramiento del cuerpo, del comportamiento, de las aptitudes, suscitan el problema de aquellos que escapan a esta normatividad que ya no se corresponde con la soberanía de la ley.
La "interdicción" constituía la medida judicial por la cual un individuo era al menos parcialmente descalificado en tanto que sujeto de derecho. Este marco jurídico y negativo se va a ver en parte ocupado y en parte reemplazado por un conjunto de técnicas y de procedimientos mediante los cuales se pretenderá corregir a aquellos que se resisten a ser educados así como reformar a los "incorregibles". El "encierro" practicado en gran escala a partir del siglo XVII puede aparecer como una especie de fórmula intermedia entre el procedimiento negativo de la interdicción judicial y los procedimientos positivos de corrección. La enclaustración excluye de hecho y funciona fuera de la ley, pero no se justifica apelando a la necesidad de corregir, de mejorar, de provocar el arrepentimiento, de despertar "buenos sentimientos". A partir de esta forma confusa, pero históricamente decisiva, hay que estudiar la aparición, en momentos históricos precisos, de diferentes instituciones de corrección y de las categorías de individuos a las que se dirigen. Se produce así la formación técnico-institucional de la ceguera, la sordomudez, los imbéciles, de los retrasados, de los nerviosos, de los desequilibrados.
El anormal, ese monstruo banal y desdibujado del siglo XIX, es también un descendiente de esos incorregibles que surgieron en los márgenes de las técnicas modernas de "adiestramiento".
3. El onanista. Figura totalmente nueva del siglo XVIII): surge en íntima relación con las nuevas conexiones entre la sexualidad y la organización familiar, con la nueva posición del niño en el interior del grupo parental, con la nueva importancia concedida al cuerpo y a la salud. Surgimiento, pues, del cuerpo sexual del niño.
Esta nueva figura de hecho cuenta con una larga prehistoria: el desarrollo conjunto de técnicas de dirección de la conciencia (en la nueva pastoral nacida de la Reforma y del Concilio de Trento) y de las instituciones de educación. Desde Gerson hasta Alfonso María de Ligorio se ha producido una minuciosa cuadriculación discursiva del deseo sexual, del cuerpo sensual y del pecado de molicie, que se verá reforzada por la obligación de la confesión en el sacramento de la penitencia y por una práctica muy codificada de los interrogatorios sutiles. Esquemáticamente se puede decir que el control tradicional de las relaciones prohibidas (adulterios, incesto, sodomía, bestialidad) se vio reduplicado por el control de la "carne" centrado en los movimiento elementales de la concupiscencia.
Sobre este telón de fondo la cruzada contra la masturbación provoca sin embargo una ruptura. Se inicia en primer lugar en Inglaterra a bombo y platillo en los años 1710 con la publicación de Onania; se prolonga más tarde en Alemania antes de desencadenarse en Francia con el libro de Tissot hacia el año 1760. Su razón de ser es enigmática pero sus efectos fueron innombrables. Unos y otros no pueden ser determinados más que teniendo en cuenta algunos de los rasgos esenciales de esta campaña antimasturbatoria. Sería insuficiente en efecto no ver en ella -y esto en una perspectiva próxima a W. Reich, que ha inspirado recientemente los trabajos de Van Hussel- más que un proceso de represión provocado por las nuevas exigencias de la industrialización: el cuerpo productivo contra el cuerpo del placer. Esta cruzada no adopta la forma de hecho, al menos en el siglo XVIII, de una disciplina sexual general: se dirige de forma privilegiada, cuando no exclusiva, a los adolescentes y a los niños, más concretamente aún a los hijos de familias ricas o acomodadas. Esta campaña coloca a la sexualidad, o al menos al uso sexual del propio cuerpo, en el origen de una serie de trastornos físicos que pueden hacer sentir sus efectos en todo el organismo y durante todas las etapas de la vida. La potencia etiológica ilimitada de la sexualidad, en relación con el cuerpo y a las enfermedades, es uno de los temas más constantes no sólo en los textos de esta nueva moral médica, sino también en los más serios tratados de patología. Y si bien el niño se convierte en virtud de este proceso en responsable de su propio cuerpo y de su propia vida por el "abuso" que hace de su sexualidad, en realidad son los padres quienes son considerados como los verdaderos culpables: falta de vigilancia, negligencia, y sobre todo falta de interés por sus hijos, por su cuerpo y su conducta, lo que los lleva a ponerlos en manos de nodrizas, criados y preceptores, en manos, en fin, de todos esos intermediarios denunciados sistemáticamente como los iniciadores del desenfreno (Freud retomó de aquí su teoría primera de la "seducción"). Lo que se perfila a través de esta campaña es el imperativo de un nuevo tipo de relación entre padres e hijos y más ampliamente una nueva economía de las relaciones intrafamiliares: solidificación e intensificación de las relaciones entre padre-madre-hijos (en detrimento de las relaciones múltiples que caracterizaban a las "casas"), reinversión del sistema de las obligaciones familiares (que iban antes de los hijos a los padres y que ahora tienden a convertir al niño en el objeto primero e incesante de los deberes de los padres, deberes que vienen impuestos por prescripciones morales y médicas y que atañen a toda su descendencia), aparición del principio de salud en tanto que ley fundamental de los lazos familiares, distribución de la célula familiar alrededor del cuerpo -y del cuerpo sexual- del niño, organización de una relación física inmediata, de un cuerpo a cuerpo entre padres e hijos en el que se anudan de forma compleja el deseo y el poder, necesidad, por último, de un control y de un conocimiento médico externo para arbitrar y reglamentar estas nuevas relaciones que se instituyen entre la vigilancia obligatoria de los padres y el cuerpo enormemente frágil, irritable y excitable de los niños. La cruzada contra la masturbación traduce la .reconversión de la familia en familia restringida (padre, hijos) en tanto que nuevo aspecto de saber y de poder. La preocupación por la sexualidad del niño y por todas las anomalías ligadas con ella, ha sido uno de los procedimientos para construir este nuevo dispositivo. La pequeña familia incestuosa que caracteriza a nuestras sociedades, el minúsculo espacio familiar sexualmente saturado en el que nos educamos y en el que vivimos se ha formado en relación con estos procesos.
El individuo "anormal” del que se ocupan desde finales del siglo XIX tantas instituciones, discursos y saberes, proviene a la vez dr la excepción jurídico-natural del monstruo, de la multitud de los incorregibles sometidos a los aparatod de correción y del secreto a voces de las sexualidades infantiles. Las tres figuras del monstruo, del incorregible y del onanista, no llegarán, hablando con propiedad, a confundirse entre sí. Se inscribirán por el contrario cada una de ellas en sistemas autónomos de referencia científica: el monstruo en una teratología y en una embriología que encuentran en Geofroy Saint-Hilarie su primera y visible coherencia científica; el incorregible en una psicofisiología de las sensaciones, de la motricidad y de las aptitudes; el onanista en una teoría de la sexualidad que se elabora lentamente a partir deja Psicopatía sexualis de Kaan.
La especificidad de estas referencias no debe sin embargo hacernos olvidar tres fenómenos esenciales que en parte la anulan o al menos la modifican: la construcción de una teoría general de la “degeneración,” la cual va , a servir de cuadro teórico a partir del libro de Morel (1857) durante más de medio siglo, al mismo tiempo que de justificación social y moral a todas las técnicas de identificación, clasificación e intervención sobre los anormales; la reorganización de una red institucional compleja que, en los límites de la medicina y de la justicia, sirva a la vez de estructura de “ayuda” para los anormales y de instrumento de “defensa” de la sociedad; por último, el movimiento a través del cual el elemento de aparición más reciente en la historia (el problema de la sexualidad infantil) va a recubrir a los otros dos para convertirse en el siglo XX en el principio de explicación más fecundo de todas las anomalías.
La Antiphysis, que lo terrorífico del monstruo proyectaba en tiempos pasados a la luz resplandeciente de lo excepcional, se ha visto sustituida por la universal sexualidad de los niños, que la sitúa ahora bajo la forma de las pequeñas anomalías cotidianas.
Desde 1970 los cursos han tratado de la lenta formación de un saber y de un poder de normalización a partir de los procedimientos jurídicos tradicionales del castigo. El curso del año 1975-76 terminará este ciclo con el estudio de los mecanismos a través de los cuales se pretende, desde finales del siglo XIX, "defender a la sociedad".
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