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Marc Bloch (1886-1944)
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Nueva historia: Bloch
Marc Bloch, Introducción a la historia (Mss, de 1944, edición de1949)
Comprender el presente por el pasado
Visto de cerca, el privilegio de autointeligibilidad reconocido así al presente se apoya en una serie de extraños postulados.
Supone en primer lugar que las condiciones humanas han sufrido en el intervalo de una o dos generaciones un cambio no sólo muy rápido, sino también total, como si ninguna institución un poco antigua, ninguna manera tradicional de actuar hubieran podido escapar a las revoluciones del laboratorio o de la fábrica. Eso es olvidar la fuerza de inercia propia de tantas creaciones sociales.
El hombre se pasa la vida construyendo mecanismos de los que se constituye en prisionero más o menos voluntario: ¿A qué observador que haya recorrido nuestras tierras del Norte no le ha sorprendido la extraña configuración de los campos? A pesar de las atenuaciones que las vicisitudes de la propiedad han aportado, en el transcurso del tiempo, al esquema primitivo, el espectáculo de esas sendas desmesuradamente estrechas y alargadas que dividen el terreno arable en un número prodigioso de parcelas, conserva todavía muchos elementos con que confundir al agrónomo. El derroche de esfuerzos que implica semejante disposición, las molestias' que impone a quienes las trabajan son innegables. ¿Cómo explicarlo? Algunos publicistas demasiado impacientes han respondido: por el Código Civil y sus inevitables consecuencias. Modificad, pues -añadían-, nuestras leyes sobre la herencia y suprimiréis completamente el mal. Pero si hubieran sabido mejor la historia, si hubieran interrogado mejor también a una mentalidad campesina formada por siglos de empirismo, habrían considerado menos fácil el remedio. En realidad, esa división de la tierra tiene orígenes tan antiguos que hasta ahora ningún sabio ha podido explicarla satisfactoriamente; y es porque probablemente los roturadores de la época de los dólmenes tienen más que ver en este asunto que los legisladores del Primer Imperio. Al prolongarse por aquí el error sobre la causa, como ocurre casi necesariamente, a falta de terapéutica, la ignorancia del pasado no se limita a impedir el i conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, la misma acción.
Pero hay más. Para que una sociedad, cualquiera que sea, pueda ser determinada enteramente por el momento inmediatamente anterior al que vive, no le bastaría una estructura tan perfectamente adaptable al cambio que en verdad carecería de osamenta; sería necesario que los cambios entre las generaciones ocurriesen sólo, si se me permite hablar así, a manera de fila india: los hijos sin otro contacto con sus antepasados que por mediación de sus padres. Pero eso no ocurre ni siquiera con las comunicaciones puramente orales. Si volvemos la vista a nuestras aldeas descubrimos que los niños son educados sobre todo por sus abuelos, porque las condiciones del trabajo hacen que el padre y la madre estén alejados casi todo el día del Hogar. Así vemos cómo se da un paso atrás en cada nueva formación del espíritu, y cómo se unen los cerebros más maleables a los más cristalizados, por encima de la generación que aporta los cambios. De ahí proviene ante todo, no lo dudemos, el tradicionalismo inherente a tantas sociedades campesinas. El caso es particularmente claro, pero no único. Como el antagonismo natural de los grupos de edad se ejerce principalmente entre grupos limítrofes, más de una juventud debe a las lecciones de los ancianos por lo menos tanto como a las de los hombres maduros.
Los escritos facilitan con más razón estas transferencias de pensamiento entre generaciones muy alejadas, transferencias que constituyen propiamente la continuidad de una civilización. Lutero, Calvino, Loyola: hombres de otro tiempo, sin duda, hombres del siglo XVI, a quienes el historiador que traía de comprenderlos y de hacer que se les comprenda deberá, ante todo, volver a situar en su medio, bañados por la atmósfera mental de su tiempo, de cara a problemas de conciencia que no son exactamente los nuestros. ,¿"Se osará decir, no obstante, que para la comprensión justa del mundo actual no importa más comprender la Reforma protestante o la Reforma católica, separadas de nosotros por un espacio varias veces centenario, que comprender muchos otros movimientos de ideas o de sensibilidad que ciertamente se hallan más cerca de nosotros en el tiempo pero que son más efímeros?
A fin de cuentas el error es muy claro y para destruirlo basta con formularlo. Hay quienes se representan la corriente de la evolución humana como una serie de breves y profundas sacudidas cada una de las cuales no dura sino el término de unas cuantas vidas. La observación prueba, por el contrario, que en este inmenso continuo los grandes estremecimientos son perfectamente capaces de propagarse desde las moléculas más lejanas a las más próximas. ¿Qué se diría de un geofísico que, contentándose con señalar los miriámetros, considerara la acción de la luna sobre nuestro globo más grande que la del sol? En la duración como en el cielo, la eficacia de una fuerza no se mide exclusivamente por la distancia.
¿Habrá que tener, en fin, por inútil el conocimiento, entre las cosas pasadas, de aquellas -creencias desaparecidas sin dejar el menor rastro, formas sociales abortadas, técnicas muertas- que han dejado, al parecer, de dominar el presente? Esto equivaldría a olvidar que no hay verdadero conocimiento si no se tiene una escala de comparación. A condición, claro está, de que se haga una aproximación entre realidades a la vez diversas y, por tanto, emparentadas. Y nadie podría negar que es éste el caso de que hablamos.
Ciertamente, hoy no creemos que, como escribía Maquiavelo y como pensaban Hume o Bonald, en el tiempo haya, "por lo menos, algo inmutable: el hombre". Hemos aprendido que también el hombre ha cambiado mucho: en su espíritu y, sin duda, hasta en los más delicados mecanismos de su cuerpo. ¿Cómo había de ser de otro modo? Su atmósfera mental se ha transformado profundamente, y no menos su higiene, su alimentación. Pero, a pesar de todo, es menester que exista en la naturaleza humana y en las sociedades humanas un fondo permanente, sin el cual ni aun las palabras "hombre" y "sociedad" querrían decir nada. ¿Creeremos, pues, comprender a los hombres si sólo los estudiamos en sus reacciones frente a las circunstancias particulares de un momento? La experiencia será insuficiente incluso para comprender lo que son en ese momento. Muchas virtualidades que provisionalmente son poco aparentes, pero que a cada instante pueden despertar muchos motores más o menos inconscientes de las actitudes individuales o colectivas, permanecerán en la sombra. Una experiencia única es siempre impotente para discriminar sus propios factores y, por lo tanto, para suministrar su propia interpretación.
Comprender el pasado por el presente
Asimismo, esta solidaridad de las edades tiene tal fuerza que los lazos de inteligibilidad entre ellas tienen verdaderamente doble sentido. La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero no es, quizás, menos vano esforzarse por comprender el pasado si no se sabe nada del presente. En otro lugar he recordado esta anécdota: en cierta ocasión acompañaba yo en Estocolmo a Henri Pirenne. Apenas habíamos llegado cuando me preguntó: "¿Qué vamos a ver primero? Parece que hay un ayuntamiento completamente nuevo. Comencemos por verlo." Y después añadió, como si quisiera evitar mi asombro: "Si yo fuera un anticuario sólo me gustaría ver las cosas viejas. Pero soy un historiador y por eso amo la vida." Esta facultad de captar lo vivo es, en efecto, la cualidad dominante del historiador. No nos dejemos engañar por cierta frialdad de estilo; los más grandes entre nosotros han poseído esa cualidad: Fustel o Maitland a su manera que era más austera, no menos que Michelet. Quizá esta facultad sea en su principio un don de las hadas, que nadie pretendería adquirir si no lo encontró en la cuna. Pero no por eso es menos necesario ejercitarlo y desarrollarlo constantemente. ¿Cómo hacerlo sino del mismo modo de que el propio Pirenne nos daba ejemplo en su contacto perpetuo con la actualidad?
Porque el temblor de vida humana, que exigirá un duro esfuerzo de imaginación para ser restituido a los viejos textos, es aquí directamente perceptible a nuestros sentidos. Yo había leído muchas veces y había contado a menudo historias de guerra y de batallas. ¿Pero conocía realmente, en el sentido pleno de la palabra conocer, conocía por dentro lo que significa para un ejército quedar cercado o para un pueblo la derrota, antes de experimentar yo mismo esa náusea atroz? Antes de haber respirado yo la alegría de la victoria, durante el verano y el otoño de 1918 (y espero henchir de alegría por segunda vez mis pulmones, pero el perfume no será ¡ay! el mismo), ¿sabía yo realmente todo lo que encierra esa bella palabra? En verdad, conscientemente o no, siempre tomamos de, nuestras experiencias cotidianas, matizadas, donde es preciso, con nuevos tintes, los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado. ¿Qué sentido tendrían para nosotros los nombres que usamos para caracterizar los estados de alma desaparecidos, las formas sociales desvanecidas, si no hubiéramos visto antes vivir a los hombres? Es cien veces preferible sustituir esa impregnación instintiva por una observación voluntaria y controlada. Un gran matemático no será menos grande, a mi ver, por haber atravesado el mundo en que vive con los ojos cerrados. Pero el erudito que no gusta de mirar en torno suyo, ni los hombres, ni las cosas, ni los acontecimientos, merece quizá, como decía Pirenne, el nombre de un anticuario útil. Obrará sabiamente renunciando al de historiador.
Más aún, la educación de la sensibilidad histórica no es siempre el factor decisivo. Ocurre que en una línea determinada, el conocimiento del presente es directamente más importante todavía para la comprensión del pasado.
Sería un grave error pensar que los historiadores deben adoptar en sus investigaciones un orden que esté modelado por el de los acontecimientos. Aunque acaben restituyendo a la historia su verdadero movimiento, muchas veces pueden obtener un gran provecho si comienzan a leerla, como decía Maitland, "al revés". Porque el camino natural de toda investigación es el que va de lo mejor conocido o de lo menos mal conocido, a lo más oscuro. Sin duda alguna, la luz de los documentos no siempre se hace progresivamente más viva a medida que se desciende por el hilo de las edades. Estamos comparablemente mucho peor informados sobre el siglo X de nuestra era, por ejemplo, que sobre la época de César o de Augusto. En la mayoría de los casos los períodos más próximos coinciden con las zonas de relativa claridad. Agréguese que de proceder mecánicamente de atrás adelante, se corre siempre el riesgo de perder el tiempo buscando los principios o las causas de fenómenos que la experiencia revelará tal vez como imaginarios. Por no haber practicado un método prudentemente regresivo cuando y donde se imponía, los más ilustres de entre nosotros se han abandonado a veces a extraños errores. Fustel de Coulanges se dedicó a buscar los "orígenes" de las instituciones feudales, de las que no se formó, me temo, sino una imagen bastante confusa, y asimismo buscó las primicias de una servidumbre que, mal informado por descripciones de segunda mano, concebía bajo colores de todo punto falsos.
En forma menos excepcional de lo que se piensa ocurre que para encontrar la luz es necesario llegar hasta el presente. En algunos de sus caracteres fundamentales nuestro paisaje rural data de épocas muy lejanas, como hemos dicho. Pero para interpretar los raros documentos que nos permiten penetrar en esta brumosa génesis, para plantear correctamente los problemas, para tener idea de ellos, hubo que cumplir una primera condición: observar, analizar el paisaje de hoy. Porque sólo él daba las perspectivas de conjunto de que era indispensable partir. No ciertamente porque, inmovilizada de una vez para siempre esa imagen, pueda tratarse de imponerla sin más en cada etapa del pasado, sucesivamente, de abajo arriba. Aquí, como en todas partes, lo que el historiador quiere captar es un cambio. Pero en el film que considera, sólo está intacta la última película. Para reconstruir los trozos rotos de las demás, ha sido necesario pasar la cinta al revés de como se tomaron las vistas.
No hay, pues, más que una ciencia de los hombres en el tiempo y esa ciencia tiene necesidad de unir el estudio de los muertos con el de los vivos. ¿Cómo llamarla? Ya he dicho por qué el antiguo nombre dé historia me parece el más completo, el menos exclusivo; el más cargado también de emocionantes recuerdos de un esfuerzo mucho más que secular y, por tanto, el mejor. Al proponer extenderlo al estudio del presente, contra ciertos prejuicios, por lo demás mucho menos viejos que él, no se persigue - ¿habrá necesidad de defenderse contra ello?- ninguna reivindicación de clase. La vida es demasiado breve y los conocimientos se adquieren lentamente. El mayor genio no puede tener una experiencia total de la humanidad. El mundo actual tendrá siempre sus especialistas, corno la edad de piedra o la egiptología. Pero lo único que se les puede pedir a unos y a otros es que recuerden que las investigaciones históricas no admiten la autarquía. Ninguno de ellos comprenderá, si está aislado, ni siquiera a medias. No comprenderá ni su propio campo de estudios. Y la única historia verdadera que no se puede hacer sino en colaboración es la historia universal.
Sin embargo, una ciencia no se define únicamente por su objeto. Sus límites pueden ser fijados también por la naturaleza propia de sus métodos. Queda por preguntarse si las técnicas de la investigación no son fundamentalmente distintas según ?e aproxime uno o se aleje del momento presente. Esto equivale a plantear el problema de la observación histórica.
El análisis histórico. ¿Juzgar o comprender?
Es célebre la fórmula del viejo Ranke: el historiador no se propone más que describir las cosas "tal como fueron, wie es eigentlich gewese»". Herodoto lo había dicho antes "contar lo que fue, ton eonta". En otros términos, invitar al sabio, al historiador, a desaparecer ante los hechos. Como muchas máximas, tal vez ésta no debe su fortuna más que a su ambigüedad. Puede leerse en ella, modestamente, un consejo de probidad; tal era, sin duda, el sentido que le dio Ranke, Pero también un consejo de pasividad. De esta suerte se presentan aquí, a un tiempo, dos problemas: el de la imparcialidad histórica y el de la historia como tentativa de reproducción o como tentativa de análisis.
¿Pero hay un problema de la imparcialidad? Éste no se plantea sino porque la palabra, a su vez, es equívoca. Existen dos maneras de ser imparcial: la del sabio y la del juez. Tienen una raíz común, que es la honrada sumisión a la verdad. El sabio registra, o, aun mejor, provoca la experiencia que tal vez arruine sus más caras teorías. Sea cual sea el secreto anhelo de su corazón, el buen juez interroga a los testigos sin otra preocupación que la de conocer los hechos tal como fueron. Esto es, de ambos lados, una obligación de conciencia que no se discute.
Sin embargo, llega un momento en que ambos caminos se separan. Cuando el sabio ha observado y explicado, su tarea acaba. Al juez, en cambio, le falta todavía- dictar sentencia. Imponiendo silencio a toda inclinación personal, ¿la pronunciaría según la ley? Se creería imparcial y lo será en efecto, según el sentido de los jueces, pero no en el de los sabios. Porque no es posible condenar o absolver sin tomar partido en una tabla de valores que no depende de ninguna ciencia positiva. Que un hombre haya matado a otro es un hecho eminentemente susceptible de prueba. Pero castigar al matador supone que se tiene el crimen por culpable, lo que no es, en último término, más que una opinión en la que no todas las civilizaciones están de acuerdo.
Durante mucho tiempo el historiador pasó por ser una especie de juez de los Infiernos, encargado de distribuir elogios o censuras a los héroes muertos. Hay que creer que esta actitud responde a un instinto poderosamente arraigado. Porque todos los maestros que han tenido que corregir trabajos de estudiantes saben hasta qué punto esos jóvenes difícilmente se dejan disuadir de que representan, desde lo alto de sus pupitres, el papel de Minos o de Osiris. Es, más que nunca, la frase de Pascal: "Juzgando, todo el mundo hace de dios: esto es bueno o malo." Se olvida que un juicio de valor no tiene razón de ser sino como preparación de un acto, y sólo posee sentido en relación con un sistema de relaciones morales deliberadamente aceptadas. En la vida cotidiana las necesidades de la conducta nos imponen esa clasificación, generalmente bastante sumaria. Pero allí, donde nada podemos, allí donde los ideales comunes difieren profundamente de los nuestros, ya no queda más que un problema. Para separar, en el conglomerado de nuestros padres, a los justos de los condenados, ¿estamos tan seguros de nosotros mismos y de nuestro tiempo? Elevando a lo absoluto los criterios, completamente relativos, ele un individuo, un partido o una generación, resulta una broma infligir esas normas a la manera como Sila gobernó a Roma o Richelieu a los Estados del Muy Cristiano Monarca. Como, por otra parte, nada es más variable, por naturaleza, que tales sentencias sometidas a todas las fluctuaciones de la conciencia colectiva o del capricho personal, la historia, permitiendo con demasiada frecuencia que el cuadro de honor aventaje al cuaderno de experiencias, se ha dado vanamente el aire de ser la más incierta de las disciplinas: a vacías acusaciones suceden otras tantas vanas rehabilitaciones. Robespierristas, antirrobespierristas, ¡os pedimos, por piedad, que nos digáis sencillamente cómo fue Robespierre!
Es más: si el juicio no hacía sino seguir a la explicación, el lector podría saltarse la página; por desgracia a fuerza de juzgar, se acaba casi fatalmente por perder hasta el gusto de explicar. Las pasiones del pasado, mezclando sus reflejos a las banderías del presente, convierten la realidad humana en un cuadro cuyos colores son únicamente el blanco y el negro. Ya Montaigne nos había advertido: "Cuando el juicio pende de un lado no podemos dejar de darle la vuelta y torcer la narración siguiendo ése bien." Así, para penetrar en una conciencia extraña, separada de nosotros por el intervalo de varias generaciones, hay que despojarse, casi, de su propio yo. Ahora bien, para echarle en cara lo que hizo basta seguir siendo uno lo que es: el esfuerzo es evidentemente mucho menor. ¡Cuánto más fácil no es escribir en pro o en contra de Lutero, que escrutar su alma; creer al papa. Gregorio Vil contra el emperador Enrique IV o a Enrique IV contra Gregorio VII que desentrañar, las razones profundas de uno de los mayores dramas de la civilización occidental! Véase, fuera del plano individual, la cuestión de los bienes nacionales. Rompiendo con la legislación anterior, el gobierno revolucionario resolvió venderlos por parcelas y sin subasta; era, sin duda posible, comprometer gravemente los intereses del Tesoro. En nuestros días, ciertos eruditos se han levantado vehementemente contra esa política. ¡Qué valor si hubiesen osado hablar en ese tono en la Convención! Lejos de la guillotina, divierte esa violencia sin peligro. Mejor sería averiguar qué se proponían realmente los hombres del año III. Deseaban, ante todo, favorecer la adquisición de la tierra por los campesinos; al equilibrio del presupuesto, prefirieron dar ventajas a los campesinos pobres, garantizando su fidelidad al orden nuevo. ¿Tenían o no razón? Acerca de ello, ¿qué me importa la tardía decisión de un historiador? Sólo le pedíamos no sugestionarse con su propia elección hasta el punto de dejar concebir que entonces hubiera sido posible otra. Sin embargo, la lección del desarrollo de la humanidad es muy clara: las ciencias se han mostrado tanto más fecundas y, por ende, tanto más serviciales según abandonaban más deliberadamente el viejo antropocentrismo del bien y del mal. ¿Quién no se reiría hoy si un químico apartara a un lado un gas malo, como el cloro, y a otro, un gas bueno, como el oxígeno? Si la química hubiese adoptado en sus principios esa clasificación, muy difícil hubiera sido sacarla de ahí, con gran daño para el conocimiento de los cuerpos.
Sin embargo, tengamos cuidado de no insistir demasiado en la analogía. La nomenclatura de la ciencia de los hombres: tendrá siempre sus rasgos particulares. La de las ciencias del mundo físico excluye el finalismo. Las palabras: éxito o fracaso, habilidad o inhabilidad no llegarían a representar, en el mejor de los casos, más que el papel de ficciones, siempre peligrosas. Pero pertenecen, por el contrario, al vocabulario normal de la historia. Porque la historia está en relación con seres capaces, por su propia naturaleza, de fines conscientemente perseguidos.
Puede admitirse que el jefe de unos ejércitos que entabla una batalla hará lo posible por ganarla. Si la pierde, y las fuerzas enfrentadas eran aproximadamente iguales, podrá decirse que maniobró mal. ¿Le sucedía eso muchas veces? No se apartará uno del más escrupuloso juicio de hecho observando que sin duda no era un estratega de primer orden. O figurémonos una mutación monetaria cuyo objeto era, supongamos, favorecer a los deudores a costa de los acreedores. Calificarla de excelente o deplorable sería tomar partido en favor de uno de los dos grupos y, por ende, transportar arbitrariamente al pasado una noción completamente subjetiva del bien público. Pero imaginémonos que, por casualidad -cosas más raras se han visto-, la operación destinada a aligerar el peso de las deudas dé el resultado contrario. "Salió mal", diremos, sin ir con ello más allá de certificar honradamente una realidad. El acto fallido es uno de los elementos esenciales de la evolución humana. Como de toda psicología.
Hay más aún. ¿Por casualidad nuestro general condujo voluntariamente sus tropas a la derrota? No se dudará en proclamar que ha traicionado, por la sencilla razón que así se llama su gesto. Y habría, de parte de la historia, una delicadeza un poco pedante al no aceptar el concurso del sencillo y claro léxico de uso común. Después, quedará por averiguar lo que la moral corriente de la época o del grupo pensaban de un acto de esta naturaleza. La traición puede ser, a su manera, un conformismo: testigos son de ello los condotieros de la vieja Italia.
Una palabra domina e ilumina nuestros estudios: "comprender". No digamos que el buen historiador está por encima de las pasiones; cuando menos tiene ésa. No ocultemos que es una palabra cargada de dificultades, pero también de esperanzas. Palabra, sobre todo, llena de amistad. Hasta en la acción juzgamos demasiado. ¡Es tan fácil gritar: “Al paredón"! No comprendemos nunca bastante. Quien difiere de nosotros, sea extranjero o adversario político, pasa, casi necesariamente, por un ser de malos antecedentes. Aun para conducir las luchas inevitables, sería necesario un poco más de inteligencia en las almas; con más razón para evitarlas, si se está a tiempo. A condición de renunciar a sus falsos aires de arcángel, la historia debe ayudarnos a salir de este mal paso. Es una vasta experiencia de las variedades humanas, un largo encuentro entre los hombre. Tanto la vida como la ciencia tienen el mayor interés en que ese encuentro sea fraternal.
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