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Thomas Carlyle hacia 1867
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Mario R. Cancel, historiador | Portada
Historia heroica
Thomas Carlyle, El culto a los héroes, “El héroe como rey. Cromwell. Napoleón. Revolucionismo moderno.” Tercera parte. (Conferencia Viernes, 22 de mayo de 1840)
Un siglo y un año después de 1668, ya silenciado y decorosamente olvidado el Puritanismo, estalló una explosión mucho más violenta, mucho más difícil de silenciar, conocida de todos los mortales, y cuyo recuerdo perdurará mucho tiempo: la Revolución Francesa. Es el tercero y último acto del Protestantismo, el explosivo regreso de los Hombres a la Realidad, cuando estaban a punto de aniquilarlos la Apariencia y el Simulacro. Decimos que el Puritanismo Inglés fue el segundo acto, al afirmar: La Biblia es verdadera, atengámonos a la Biblia. En la Iglesia, dijo Lutero; en la Iglesia y en el Estado, dijo Cromwell, atengámonos a la verdad de Dios. Los hombres tienen que volver a la realidad; no pueden vivir de apariencias. Su tercer acto, la Revolución Francesa, puede llamarse el último, pero es imposible que el hombre llegue a más bajo nivel que en aquel salvaje Sansculotismo. Se basan en el Hecho más desesperado y desnudo, innegable en todo tiempo y circunstancias, y ahí vuelven a empezar a construir. La explosión francesa tuvo su Rey, como la inglesa, sin Documento Notarial que lo acreditare. Miremos unos instantes a Napoleón, nuestro segundo Rey moderno.
Opino que no fue tan grande como Cromwell. Sus victorias enormes, que abarcaron a toda Europa, mientras Cromwell se limitó a nuestra pequeña Inglaterra, son elevados zancos que lo destacan sin alterar su verdadera estatura. En él no hallo la sinceridad de Cromwell; es algo inferior. No permaneció en la oscuridad muchos años ante el Indecible pavor del Universo, caminando con Dios, como decía Cromwell, dependiendo su fuerza de su fe solamente, contentándose con que sus ideas y valor continuaran latentes, estallando más tarde como inflamadas por celeste centella. Vivió Napoleón en época que no creía en Dios, que estimaba el significado de todo Silencio y Latencia como Inanidad; por eso tuvo que partir de las mezquinas Enciclopedias Escépticas, no de la Biblia de los Puritanos. Ésa fue la extensión que el hombre pudo dar a su obra; grande fue el mérito de llegar tan lejos como llegó. Su carácter sólido, pronto, expresivo es quizás inferior al de nuestro gran caótico e inarticulado Cromwell. En vez del mudo Profeta que se esfuerza por hablar, descubrimos en él sorprendente matiz de Embaucador. La noción de Hume referente al Hipócrita-Fanático, con la verdad que encierra, se aplicaría mucho mejor a Napoleón que a Cromwell, Mahoma o sus semejantes, donde poco tiene de cierto. En este hombre se manifiesta desde un principio el elemento de censurable ambición, que se apodera de él y arrastra al hombre y su obra en su ruina.
En tiempos de Napoleón fue proverbial decir: Falso como un parte de guerra, excusándose de ello lo mejor que pudo, alegando que era necesario despistar al enemigo, sostener el ánimo de sus soldados, y otras cosas por el estilo, que no son excusas, porque el hombre no debe mentir nunca; más le hubiese valido decir siempre la verdad. Si alguien da por hecho algo que no ha conseguido, pero que espera lograr mañana ¿de qué sirve el embuste? Se descubre el engaño y el castigo es terrible, pues nadie cree al mentiroso aunque diga la verdad, cuando tiene importancia se le crea. Recordad lo de ¡Que viene el lobo! La Mentira es Nada y ¿qué puede hacerse con Nada? Además, perdemos el esfuerzo de hacerla creíble.
Sin embargo, Napoleón fue sincero, pues hay que distinguir entre lo superficial y fundamental en la sinceridad; a pesar de sus maniobras y falsedades, que fueron muchas y muy censurables, descubrimos en él cierto sentimiento de la realidad, instintivo, arraigado, que se basaba en los hechos, cuando podía basarse en ellos. Su instinto sobre la Naturaleza superaba a su cultura. Cuenta Bourrienne que una noche, durante su viaje a Egipto, argüían sus sabios contra la existencia de Dios, queriéndolo convencer con artificios lógicos. Napoleón miró las estrellas y dijo: Muy ingenioso, señores; pero ¿quién hizo todo eso? La lógica atea se escurre como agua, el gran Hecho lo mira a la cara: ¿quién hizo todo eso? Otro tanto ocurría con la Práctica, pues él, como todo el que puede ser grande o alcanzar la victoria en este mundo, veía el corazón de las cosas a través de todas las marañas y a él se dirigía sin vacilar. Cuando el mayordomo de su Palacio de las Tullerias le mostró la nueva tapicería, alabando su esplendor y su baratura, pidió Napoleón unas tijeras, cortó unas de las borlas de oro que pendían de una cortina, la guardó en el bolsillo y se marchó. Unos días después, la sacó, ante el horror de su mayordomo: era de oropel, no de oro. En Santa Elena insistió sobre lo práctico y real hasta sus últimos días. ¿Qué adelantáis con charlar y quejaros? ¿De qué os sirve discutir de ese modo? Nada resolvéis con ello puesto que nada podéis hacer. Cuando no se puede hacer nada, mejor es no hablar de ello. Así se expresaba a menudo ante los desventurados y descontentos que lo acompañaban, siendo ejemplo de tácita fuerza entre sus vanas querellas.
¿No puede decirse que tenían fe en él, legitima en cierto modo? Esta nueva Democracia enorme, afirmada por la Revolución Francesa, es una insuprimible Realidad, que el mundo entero con sus antiguas fuerzas e instituciones no podía derribar; eso lo intuyó con verdad, despertando su conciencia y entusiasmo, la fe, interpretando su velado alcance perfectamente. La carriere ouverte aux talents equivale a decir: Los instrumentos a quien sepa manejarlos, y era la verdad, la completa verdad, simbolizando el significado de la Revolución Francesa, el de cualquier Revolución. Napoleón fue sincero Demócrata en su primer periodo. Además, por naturaleza, aleccionado por su profesión militar, sabía que la Democracia no podía ser Anarquía, si era veraz: Napoleón odiaba la Anarquía. El 20 de junio de 1792, estaba con Bourrienne en un café; al ver la muchedumbre que pasaba expresó su profundo desprecio por las autoridades que no refrenaban aquella chusma. El 10 de agosto se extrañaba de que no hubiera un hombre que dirigiera aquellos pobres suizos, que vencerían de tener jefe. Tal fe en la Democracia, su odio a la Anarquía, fue lo que guió a Napoleón en su gigantesca empresa. Considerando sus brillantes campañas en Italia, hasta la paz de Leoben, diríase que su motivo fue: Triunfe la Revolución Francesa sobre esos Simulacros austriacos que la llaman un Simulacro. Sin embargo, sintió y tuvo derecho a sentir cuán necesaria es la Autoridad enérgica, pues la Revolución no podía prosperar ni durar sin ella. Refrenar la devoradora Revolución, domarla de manera que su intrínseco propósito pudiere afianzarse, organizarla para que pudiere vivir entre los otros organismos y cosas formadas no siendo sólo derrumbamiento y destrucción; a eso tendió en parte Napoleón, ésa fue la verdadera empresa de su vida. ¿No fue precisamente eso lo que procuró realizar? Sucediéronse sus triunfos: los Wagrams, los Austerlitz ... Su penetrante vista veía claro; su alma osada no perdía actividad, elevándose naturalmente y mereciendo ser Rey. Todos comprendieron que lo era. Los soldados decían durante las marchas: Esos parlanchines abogados de Paris charlan y no hacen nada. No nos extrañemos que vaya todo mal. Lo que debíamos hacer es ir allá e imponer a nuestro Petit Caporal. Y, en efecto, fueron y lo impusieron; ellos y Francia. Fue Cónsul, Emperador, vencedor de Europa, hasta que el humilde teniente de La Fére pudo creer sin esfuerzo que era el más grande de todos los hombres conocidos durante muchas generaciones.
Opino que fue entonces cuando le dominó el fatal elemento de la charlatanería. Renegó de su vieja fe en la Realidad, creyendo en las Apariencias, esforzándose por vincularse a las Dinastías de Austria, al Papado, a los rancios falsos Señores Feudales, de los que en otro tiempo vio claramente sus ficciones, considerando que iba a fundar su Dinastía y otras cosas más: que la enorme Revolución Francesa sólo tuvo ese significado. Entregóse a la fuerte ilusión para poder creer en el engaño, caso terrible, pero así fue. En aquel estado no era capaz de discernir la verdad de la falsedad: el peor castigo para el hombre que deja de ser sincero. El egoísmo y la vana ambición fueron entonces su dios, pues cuando uno se engaña a sí mismo es burlado por todos los artificios. ¡Con qué despreciables trapillos de ropería, percalinas, oropeles y disfraces envolvió aquel hombre su gran realidad creyéndose más real por ello! Y su pomposo Concordato con pretensiones de restablecimiento del Catolicismo (que creyó método para extirparlo), la vaccine de la religión, sus ceremoniosas Coronaciones, las consagraciones en Notre-Dame por la vieja Quimera Italiana, sin que faltase nada para completar esa pompa, como dijo Augereau, sino el medio millón de hombres que habían muerto para concluir con esas cosas. La Consagración de Cromwell fue por la Espada y por la Biblia; una concepción verdadera. La Espada y la Biblia, fueron llevadas delante de él, sin quimera alguna. ¿No eran acaso los verdaderos emblemas del Puritanismo, sus galas y sus insignias? El Puritanismo las había usado de una manera muy real, y ahora no las abandonaba. Pero el pobre Napoleón se equivocó: creía demasiado en la Engañabilidad de los hombres, no viendo en ellos la realidad más profunda que el Hambre. Ocurrióle como al que edificase sobre una nube; se desplomó la casa y su ocupante en confusa ruina, desapareciendo del mundo.
El elemento embaucador existe en todos nosotros por desgracia, pudiendo desarrollarse cuando la tentación tiene suficiente fuerza. ¡No nos dejes caer en la tentación! Pero cabe decir que se desarrolla fatalmente. Aquello en que entra como ingrediente conocible se convierte en transitorio y, por muy grande que pudiere parecer es minúsculo en sí. Napoleón obró de conformidad con él y, ¿qué fue con todo el estruendo que produjo? Simple fogonazo de pólvora que se inflama, llamarada de paja seca. Parecía que el Universo ardía envuelto por el humo y las llamas, pero sólo por una hora. Luego se apagaron las llamas: el Universo con sus viejas montañas y ríos, sus astros superiores y su bondadosa tierra inferior sigue en su lugar.
El Duque de Weimar decía a sus amigos que no se desanimasen; que el Napoleonismo era injusto; que no duraría mucho. Sana doctrina. Cuanto más maltratase al mundo imponiéndole su tiranía, más grande sería el ímpetu con que se lanzase contra él en su día, porque la injusticia está condenada a satisfacer enormes intereses acumulados. Menos fatal hubiere sido para él perder su mejor parque de artillería, ver perecer a su mejor regimiento entre las aguas, que haber fusilado al pobre Palm, el librero alemán: fue injusto asesinato, tiranía palpable que nadie podría calificar de otro modo, por mucha que fuere su habilidad para ello. El fusilamiento y otros hechos inflamaron la ira en los corazones, brillando los ojos como ascua al recordarlo en espera de su día, día que llegó, rebelándose Alemania contra Napoleón. En el fondo, lo hecho por Bonaparte queda reducido a lo que hizo justamente; eso es lo que sancionarán las leyes de la Naturaleza: la realidad que en él hubo y nada más, pues el resto no pasó de polvo y humareda. La carriere ouverte aux talents, grande y sincero Mensaje, que tiene que articular y llevar a la práctica en todas partes, puesto que lo dejó sin organizar. Napoleón fue un gran esbozo, impreciso dibujo sin acabar; mas, ¿no lo fueron todos los grandes hombres?, fue una figura apenas desbastada.
Trágico es considerar las nociones que sobre el mundo tenía, tal como las expresaba en Santa Elena. Parece le sorprendía mucho y francamente ver la manera como se desarrollaron los acontecimientos; darse cuenta que había sido derribado de su pedestal, reducido a confinamiento; que el Mundo continuase girando sobre su eje. Francia es grande, muy grande; en el fondo yo soy Francia, porque Inglaterra, por Naturaleza, no pasa de ser dependencia de Francia; especie de Isla de Oleron perteneciente a Francia. Así era por Naturaleza, por Naturaleza Napoleónica, y terminaba exclamando: y, no obstante, Aquí estoy. Lo que no podía comprender, lo que no pudo concebir, fue que la realidad no correspondiera a su programa; que Francia no fuera omnipotente, que él no fuera Francia. ¡Extraña ilusión creer que la cosa es lo que no es! La naturaleza italiana, fuerte, clarividente, decisiva, firme y genuina que en un tiempo tuvo, envolvióse, disolviéndose casi, en turbia atmósfera de fanfarronada francesa. El mundo no estaba dispuesto a dejarse pisotear, a servir de argamasa para construir con ella y a su capricho un pedestal para Francia y para él; sus propósitos eran muy otros. El asombro de Napoleón fue extremado, pero, tuvo que resignarse. Él siguió su camino y la Naturaleza el suyo; al abandonar la Realidad cayó desesperado en el Vacío, sin remedio, teniendo que conformarse, minado por la tristeza como no lo fue nadie, destrozándosele el corazón y sucumbiendo. Este Napoleón, gran instrumento estropeado antes de tiempo, inutilizado, es nuestro último Grande Hombre.
Ese es nuestro último Grande Hombre en doble sentido: porque aquí tienen fin nuestras andanzas a través de tantos lugares y épocas, en busca de los Héroes. Siento manifestar que en ello encontré placer mezclado con inmenso dolor. El tema es importante, grave y, para quitarle gravedad, lo titulé Culto a los Héroes. Creo penetra profundamente el secreto de la conducta de la Humanidad y vitalísimos intereses del mundo, por lo que es digno de explicar actualmente. Mejor lo hubiere tratado en seis meses que en los seis días empleados. Prometí desbrozar el camino; ignoro si lo he logrado. He tenido que tratar el asunto precipitadamente, con el fin de daros una idea sobre él, poniendo a prueba vuestra tolerancia y paciencia con mis bruscos conceptos sintéticos, sin extenderme. Grande ha sido vuestra tolerancia, vuestra paciente buena fe, vuestra esperanzada generosidad. Mis rudas palabras han sido escuchadas con atención por la elegancia, la distinción, la belleza y la inteligencia, lo mejor que hay en Inglaterra; os doy cordialmente las gracias, emocionado, y os digo: ¡Dios sea con vosotros!
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