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Juan-Jacobo Rousseau
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Pre-románticos
Juan Jacobo-Rousseau, Discurso Sobre Las Ciencias y Las Artes (1750)
Grande y bello espectáculo es ver al hombre salir de alguna manera de la nada por sus propios recursos; con las luces de su razón disipar las tinieblas en las que la naturaleza le había envuelto; elevarse por encima de sí mismo; gracias a su espíritu lanzarse hacia las regiones celestes; tal como hace el sol, recorrer con pasos de gigante la vasta extensión del universo; y, lo que es aún más grande y más difícil, concentrarse en sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza, sus deberes y su razón de ser. Todas estas maravillas se han vuelto a producir en las últimas generaciones.
Europa había recaído en la barbarie de los primeros tiempos. Los pueblos de esta parte del mundo, hoy tan ilustrada, vivían hace algunos siglos en un estado peor que la ignorancia. No sé muy bien qué clase de jerga científica, más despreciable aún que la ignorancia, había usurpado el nombre a la sabiduría y para impedir su vuelta le ponía obstáculos casi insalvables. Se necesitaba una revolución para volver a encauzar al hombre hacia el sentido común; finalmente vino por donde menos se la esperaba. Fue el estúpido Musulmán, fue el eterno azote de las letras el que las hizo renacer entre nosotros. La caída del trono de Constantino llevó a Italia los escombros de la antigua Grecia. Francia se enriqueció a su vez con estos preciados despojos. Pronto las ciencias sucedieron a las letras; al arte de escribir se unió el arte de pensar; gradación que parece rara y que quizá es demasiado natural; y se empezó a comprender la principal ventaja del comercio con las Musas, a saber, que hace a los hombres más sociables al inspirarles el deseo de complacerse mutuamente con obras dignas de su aprobación.
Al igual que el cuerpo, el espíritu tiene necesidades. Las de aquél constituyen los fundamentos de la sociedad, las de éste son su recreo. Mientras el gobierno y las leyes subvienen a la seguridad y al bienestar de los hombres sociales, las letras y las artes, menos déspotas y quizá más poderosas, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro que los agobian, ahogan en ellos el sentimiento de la libertad original para la cual parecían haber nacido, los hacen amar su esclavitud y los transforman en lo que se ha dado en llamar pueblos civilizados. La necesidad alzó tronos que las ciencias y las artes han consolidado. Potencias de la tierra, amad los talentos y proteged a aquellos que los cultivan. Pueblos civilizados, cultivadlos: dichosos esclavos, les debéis el gusto delicado y fino del que presumís; la dulzura del carácter y la urbanidad en las costumbres que hacen entre vosotros el comercio tan sociable y tan fácil; en una palabra, la apariencia de todas las virtudes sin tener ninguna.
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He aquí cómo el lujo, la disolución y la esclavitud han sido en todo tiempo el castigo a los esfuerzos orgullosos que hemos hecho para salir de la feliz ignorancia donde nos había situado la sabiduría eterna. El tupido velo con el que ha cubierto todas sus operaciones parecía avisarnos suficientemente que no nos ha destinado a búsquedas vanas. ¿Pero existe alguna lección suya que hayamos sabido aprovechar o que hayamos abandonado impunemente? Pueblos, sabed de una vez por todas que la naturaleza ha querido preservarnos de la ciencia, como una madre arrebata un arma peligrosa de las manos de su hijo; que todos los secretos que os oculta constituyen tantos males contra los que os guarda y que el esfuerzo que invertís para instruiros es el mayor de sus beneficios. Los hombres son perversos; serían peores aún si hubieran tenido la desgracia de nacer sabiendo.
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Una antigua tradición de Egipto importada de Grecia consideraba que el inventor de las ciencias era un dios enemigo de la tranquilidad de los hombres. ¿Qué opinión debían de tener acerca de ellas los mismos Egipcios, en cuya nación habían nacido éstas? Ocurre que veían de cerca las fuentes que las habían producido. En efecto, aunque hojeemos los anales del mundo, aunque suplamos las crónicas inciertas por investigaciones filosóficas, no encontraremos para los conocimientos humanos un origen que responda a la idea que nos gusta tener sobre él. La astronomía nació de la superstición; la elocuencia, de la ambición, del odio, de la adulación, de la mentira; la geometría, de la avaricia; de la física, de una vana curiosidad; todas, incluso la moral, del orgullo humano. Por lo tanto, las ciencias y las artes deben su nacimiento a nuestros vicios: dudaríamos menos de sus ventajas si lo debieran a nuestras virtudes.
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Si nuestras ciencias son vanas en cuanto al objeto que se proponen, son más peligrosas aún por los efectos que producen. Nacidas de la ociosidad, la alimentan a su vez; y la pérdida irreparable de tiempo es el primer perjuicio que provocan necesariamente a la sociedad. En política, como en moral, constituye un gran mal el hecho de no hacer el bien; y todo ciudadano inútil puede ser considerado como un hombre pernicioso. Respondedme, pues, ilustres filósofos; vosotros, gracias a los cuales sabemos en qué condiciones los cuerpos se atraen en el vacío; cuáles son, en las revoluciones de los planetas, las relaciones de las áreas recorridas en tiempos iguales; qué curvas tienen puntos conjugados, puntos de inflexión y de rebotadura; de qué manera el hombre ve todo en Dios; de qué manera el alma y el cuerpo tienen correspondencia sin comunicación, de igual forma que dos relojes; qué astros pueden habitarse; qué insectos se reproducen de forma extraordinaria; respondedme, os digo; vosotros, de quienes hemos recibido tantos conocimientos sublimes; ¿aunque nunca nos hubierais enseñado estas cosas, seríamos por ello menos numerosos, estaríamos peor gobernados, seríamos menos temibles, menos florecientes o más perversos? Volved entonces a la importancia de vuestros productos; y, si los trabajos de los sabios más ilustres y de nuestros mejores ciudadanos nos proporcionan tan escasa utilidad, decidnos lo que debemos pensar de esa multitud de escritores oscuros y de hombres de letras ociosos que devoran la sustancia del Estado sin provecho alguno.
¿Qué digo, ociosos? ¡Plugiera a Dios que lo fueran en efecto! Sus costumbres serían más sanas y la sociedad estaría más tranquila. Pero estos vanos y futiles declamadores van por todos lados armados con sus funestas paradojas, socavando los fundamentos de la fe y destruyendo la virtud. Sonríen desdeñosamente cuando oyen las viejas palabras patria y religión y consagran sus talentos y su filosofía a destruir y envilecer todo lo sagrado que pertenece a los hombres. No es que odien en el fondo la virtud ni nuestros dogmas; son enemigos de la opinión pública; y para hacerlos volver al pie del altar bastaría con relegarlos entre el común de los ateos. ¡Oh, furor por distinguirse! ¿Qué hay que no puedas hacer?
El abuso del tiempo es un gran mal. Otros males peores todavía siguen a las letras y a las artes. Así ocurre con el lujo, nacido como ellas de la ociosidad y de la vanidad de los hombres. El lujo se presenta rara vez sin las ciencias o las artes y éstas nunca van sin él. Ya sé que nuestra filosofía, siempre fecunda en máximas singulares, pretende, en contra de la experiencia multisecular, que el lujo hace el esplendor de los Estados; pero después de haber olvidado la necesidad de leyes suntuarias, ¿todavía osará negar que las buenas costumbres son esenciales para la permanencia de los imperios y que el lujo es lo diametralmente opuesto a las buenas costumbres? Si se quiere, que el lujo sea un signo evidente de riqueza; que sirva incluso para multiplicarla: ¿qué habrá que concluir acerca de esta paradoja tan digna de haber nacido en nuestros días? ¿Y qué será de la virtud cuando sea necesario enriquecerse a cualquier precio? Los antiguos políticos hablaban continuamente de buenas costumbres y de virtud; los nuestros no hablan sino de comercio y de dinero. Uno os dirá que un hombre de cierta comarca vale la suma por la que se le vendería en Argel; otro, siguiendo este mismo cálculo, encontrará países donde un hombre no vale nada y países donde un hombre vale menos que nada. Evalúan a los hombres como manadas de reses. Según ellos, un hombre sirve al Estado en función de lo que consume en él. Así, un Sibarita valía perfectamente por treinta.
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Mientras las comodidades de la vida se multiplican, se perfeccionan las artes y se extiende el lujo; el verdadero valor se enerva, las virtudes militares se desvanecen y se trata también de la obra de las ciencias y de las artes que se ejercen en las sombras de un gabinete. ...(T)odos los ejemplos nos enseñan que dentro de esta marcial civilización, y en todas aquellas que se le parecen, el estudio de las ciencias se adecua más a debilitar y a afeminar el valor que a reforzarlo y fomentarlo.
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Si la cultura de las ciencias es perjudicial para las cualidades guerreras, todavía lo es más para las cualidades morales. Desde los primeros años, una educación insensata adorna nuestro espíritu y corrompe nuestro juicio. Por todas partes veo establecimientos inmensos donde se educa a los jóvenes costosamente para enseñarles toda clase de cosas, salvo sus deberes. Vuestros hijos ignorarán su propia lengua, pero hablarán otras que no se usan en ninguna parte; sabrán componer versos que comprenderán a duras penas; sin saber distinguir el error de la verdad, poseerán el arte de volverlos irreconocibles a los demás gracias a argumentos especiosos; pero las palabras magnanimidad, templanza, humanidad, valor, jamás sabrán lo que significan; el dulce nombre de patria nunca llegará a sus oídos; y si oyen hablar de Dios, será menos para temerle que para tener miedo de él.
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Tantos establecimientos hechos para beneficio de los sabios están capacitados para imponerse sobre los objetos de las ciencias y para dirigir los espíritus hacia su cultura. Si consideramos las precauciones que se adoptan, parece como si hubiera demasiados labradores y que se temiera carecer de filósofos. No quiero aventurar aquí una comparación entre la agricultura y la filosofía: sería insoportable. Únicamente preguntaré: ¿qué es la filosofía? ¿De qué tratan los escritos filosóficos más conocidos? ¿Qué lecciones nos dan los amigos de la sabiduría? Cuando los escuchamos, ¿no se les tomaría por una tropa de charlatanes que gritan, cada cual por su lado, en una plaza pública: Venid a mí, sólo yo no engaño a nadie? Uno pretende que no hay cuerpo y que todo es representación. Otro, que no hay más substancia que la materia ni otro dios que no sea el mundo. Este nos adelanta que no existen las virtudes ni los vicios y que el bien y el mal moral son quimeras. Aquél, que los hombres son lobos y pueden devorarse con la conciencia tranquila. ¡Grandes filósofos! Ojalá reservarais estas lecciones provechosas para vuestros amigos y para vuestros hijos; recibiríais pronto su precio y no temeríamos encontrar entre los nuestros uno de vuestros sectarios.
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Pero si el progreso de las ciencias y de las artes no ha añadido nada a nuestra verdadera felicidad; si ha corrompido nuestras costumbres y si la corrupción de las costumbres ha atentado contra la pureza del gusto, ¿qué vamos a pensar de la multitud de autores elementales que han apartado del templo de las Musas las dificultades que impedían su acceso y que había sembrado la naturaleza como prueba para las fuerzas de aquellos que se vieran tentados de saber? Qué debemos pensar de los compiladores de obras que han roto indiscretamente la puerta de las ciencias e introducido en su santuario a un populacho indigno incluso de acercarse a él; mientras que habría sido preferible que todos aquellos que no hubieran podido llegar lejos en la carrera de las letras se hubieran echado atrás en el umbral mismo y se hubieran lanzado al ejercicio de las artes útiles para la sociedad. Aquel que va a ser durante toda su vida un mal versificador, un geómetra subalterno, habría llegado a ser quizá un gran fabricante de tejidos. Los que la naturaleza destinó a tener discípulos no han necesitado maestros.
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Si hay que permitir a ciertos hombres el librarse al estudio de las ciencias y de las artes, es a aquellos que tengan fuerzas para andar solos en su busca y para adelantarlas. A esta minoría corresponde levantar monumentos a la gloria del espíritu humano. Pero si se quiere que nada se encuentre por encima de su genio es necesario que nada se encuentre por debajo de sus esperanzas. He aquí el único estímulo que necesitan.
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Que los reyes no desdeñen admitir en sus consejos a las personas más capacitadas para aconsejarles acertadamente: que renuncien al viejo prejuicio inventado por el orgullo de los Grandes según el cual el arte de conducir pueblos es más difícil que el de ilustrarlos: como si fuera más fácil inducir a los hombres a hacer el bien por las buenas que coaccionarlos a ello. Que los sabios de primer orden encuentren asilos honrosos en sus cortes. Que obtengan de ellas la única recompensa digna; la de contribuir con su crédito a la felicidad de los pueblos a los que habrán enseñado la sabiduría. Solamente entonces se verá lo que pueden la virtud, la ciencia y la autoridad fomentadas por una doble emulación y trabajando unánimemente para la felicidad del género humano.
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