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Voltaire
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Ilustrados
Voltaire, Diccionario filosófico (1764)
HISTORIA
Es la relación de hechos que se consideran verdaderos. La fábula, en cambio, es la relación de hechos que se tienen por falsos.
La historia de las opiniones es el recuento de los errores humanos. La historia de las artes puede ser la más útil cuando al conocimiento de la invención y del progreso de las artes une la descripción de su mecanismo. La historia natural, llamada impropiamente historia, es una parte esencial de la física. La historia de los acontecimientos se divide en sagrada y profana: la sagrada es la serie de operaciones divinas y milagrosas mediante las cuales plugo a Dios dirigir a los pueblos antiguos de la nación hebrea y poner a prueba nuestra fe. Los primeros cimientos de toda historia profana son los relatos que los padres hacen a sus hijos, que se transmiten de una a otra generación. En su origen son probables cuando no se oponen al sentido común, y pierden un grado de probabilidad a cada generación que pasa. En el correr del tiempo, la fábula se hiperboliza y la verdad se pierde, por eso los orígenes de todos los pueblos son absurdos. Nadie cree que los griegos fueran gobernados por los dioses durante siglos, después por los semidioses y luego tuvieran reyes durante mil trescientos cuarenta años, y el sol en este espacio de tiempo cambiara cuatro veces de Oriente a Occidente.
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Censuramos estas fábulas de la mitología y no tenemos en cuenta que en nuestra religión encontramos cosas no menos pasmosas, como por ejemplo el estandarte que bajó del cielo llevado por un ángel y lo presentó a los monjes de Saint-Denis, la paloma que llevó una botella de óleo santo a una iglesia de Reims, los dos ejércitos de serpientes que tuvieron una batalla campal en Alemania, el arzobispo de Maguncia que fue sitiado y devorado por los ratones... El abate Lenglet relata esas y otras majaderías que repiten muchos libros, de este modo se ha instruido a la juventud y todas esas tonterías han formado parte de la educación de los príncipes.
La verdadera historia es reciente y no debe extrañarnos carecer de historia antigua profana más allá de unos cuatro mil años. Las transformaciones del planeta y la larga y universal ignorancia del arte que transmite los hechos por la escritura, son la causa de que esto ocurra, y aun este arte sólo fue conocido en un reducido número de naciones civilizadas, y en éstas por pocas personas. En Francia, hasta 1454, reinando Carlos VII, empezaron a conservar por escrito algunas costumbres de la nación. El arte de escribir era aún más raro entre los españoles y por esto su historia es muy incierta hasta los tiempos de los Reyes Católicos. Puede comprenderse que era fácil que se impusiera el reducido número de personas que sabían escribir, haciendo creer los mayores absurdos.
Hubo naciones que subyugaron gran parte del mundo sin conocer la escritura. Gengis Kan conquistó gran parte de Asia a comienzos del siglo XIII, pero esto no lo hemos sabido por él ni por los tártaros. Los chinos escribieron su historia, que tradujo el padre Gaubil, en la que aseguran que los tártaros no sabían escribir. Tampoco debió saber el escita Oguskan, a quien llaman Madias los persas y los griegos, que conquistó parte de Europa y Asia muchos años antes del reinado de Ciro.
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No sólo cada pueblo inventó su origen, sino también el origen del planeta. Según opinión de Sanchoniathon, el mundo comenzó con un aire espeso que el viento enrareció; el deseo y el amor nacieron entonces y su unión produjo los animales. Los astros aparecieron en seguida, pero sólo para adornar el cielo y alegrar la vista de los animales que estaban en la tierra. Los dioses de los egipcios, su Osiris y su Isis, no son menos ingeniosos ni ridículos. Los griegos embellecieron esas leyendas, y Ovidio las recogió adornándolas con los encantos de la más hermosa poesía.
Desde el sublime momento de la formación del hombre hasta los tiempos de las Olimpíadas, todo está sumergido en densa oscuridad. Herodoto acude a los juegos olímpicos y refiere cuentos a los griegos congregados allí, como los refiere una vieja a los niños. Les dice que los fenicios navegaron desde el mar Rojo hasta el Mediterráneo, lo que supone que doblaron el cabo de Buena Esperanza y dieron la vuelta a África. Luego cuenta el rapto de Io, la leyenda de Giges y de Candando, interesantes historias de ladrones, y la de la hija del faraón Cheops, que exigiendo una piedra sillar a cada pretendiente de su hija tuvo material suficiente para construir una de las más hermosas pirámides. Añadid a historietas de esa especie los oráculos, prodigios y servicios de los sacerdotes y tendréis la historia antigua del género humano.
Los tiempos primitivos de la Iglesia romana parecen escritos por otros Herodotos; los que luego nos vencieron y gobernaron sólo sabían contar los años poniendo clavos en las paredes, que clavaba su sumo pontífice. El gran Rómulo, rey de una aldea, es hijo del dios Marte y una moza de partido. Tiene por padre a un dios, una ramera por madre y una loba por nodriza. Un escudo cae del cielo expresamente para Numa. Aparecen como por encanto los hermosos libros de las Sibilas. Los galos ultramontanos saquean Roma; unos dicen que los gansos los expulsaron de allí y otros que se llevaron mucho oro y gran cantidad de plata, pero es probable que en aquellos tiempos hubiera en Italia menos metales preciosos que gansos. Los franceses hemos imitado a los primitivos historiadores romanos en su afición a las fábulas: tenemos el estandarte que nos trajo un ángel y el santo óleo que nos dejó una paloma.
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Todo el Antiguo Testamento es sagrado para nosotros, a pesar del odio y desprecio que nos inspira el pueblo hebreo; nuestra razón recalcitra en su contra, pero la fe nos somete a él. Existen unos ochenta sistemas respecto a la cronología del pueblo judío y muchas maneras de explicar los hechos de su historia, pero no sabemos cuál es el verdadero y les reservamos nuestra fe para cuando llegue a descubrirse.
Son tantas las cosas que debemos creer de ese pueblo que ha agotado nuestra creencia y no nos queda ya para creer en los prodigios de la historia de otras naciones.
Lo que nos admira a los compiladores modernos es el aplomo y buena fe con que prueban que cuanto aconteció antiguamente en los mayores imperios del mundo, sólo ocurrió para enseñar a los habitantes de Palestina. Si en sus conquistas los reyes de Babilonia invaden el pueblo hebreo es únicamente para corregir sus pecados a ese pueblo. Si el rey de Ciro se apodera de Babilonia es para dar a algunos judíos el permiso para regresar a su patria. Si Alejandro vence a Darío, lo hace para que se establezcan mercachifles judíos en Alejandría. Cuando los romanos anexionan Siria a sus vastos dominios y engloban en ella el pequeño país de la Judea, lo hacen también para enseñar a los judíos; los árabes y turcos sólo irrumpen para corregir a ese pueblo predilecto, que debemos confesar tuvo excelente educación y ningún pueblo presenta tantos preceptos como él. No cabe duda que la historia es instructiva.
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Método, estilo y manera de escribir la historia. Se ha escrito tan prolijamente acerca de esta materia, que queda poco por decir. Todos sabemos que el método y estilo de Tito Livio, su ponderación y discreta elocuencia, encajan en la majestad de la república romana, que Tácito describe con gran precisión a los tiranos, que Polibio lo es para dar lecciones de guerra, y Dionisio de Halicarnaso para descubrir las antigüedades. Pero aun tomando por modelos a esos grandes maestros, hoy tenemos que aguantar carga más pesada que sostuvieron ellos. A los historiadores modernos se les exige más precisos detalles, hechos comprobados, fechas exactas, mayor estudio de los usos, costumbres y leyes, del comercio, de la hacienda, de la agricultura y de la población. Sucede con la historia lo que con las matemáticas y la física: su progreso se ha acrecentado prodigiosamente.
Daniel creyó ser historiador porque transcribió fechas y relaciones de batallas, que nada significan, en vez de ocuparse de los derechos de la nación y sus principales corporaciones, leyes, usos y costumbres, haciéndonos ver cómo han cambiado. La nación francesa tiene derecho a decirle que escriba su historia en vez de la de Luis el Gordo o de Luis el Terco. Sacáis de una antiquísima crónica que Luis VIII, al verse aquejado de una enfermedad mortal, quedó tan extenuado que los médicos le ordenaron se acostara con una joven hermosa para recobrar el vigor y la salud perdidos, y que el santo rey rechazó indignado semejante villanía. Sin duda no conocíais el refrán italiano: donna ignuda manda l'uomo sotto la terra. Debíais saber más historia política y más historia natural, porque podemos exigir que la historia de un país extranjero no se haga en el mismo molde que la historia de vuestra patria. Si escribís la historia de Francia, no estáis obligados a describir el curso del Sena ni del Loira; pero si escribís para el público las conquistas de los portugueses en Asia, es lícito que tengáis que describir detalladamente la topografía de los países descubiertos. Debéis guiar a vuestros lectores llevándoles de la mano por toda África y las costas de Persia y la India, y se os puede exigir que deis noticias de los usos, costumbres y leyes de esas naciones que son nuevas para Europa.
Tenemos varias historias relativas a la instalación de los portugueses en las Indias, pero ninguna nos da a conocer los diferentes gobiernos de aquel país, sus religiones, sus antigüedades, los brahmanes, los discípulos de san Juan, los guebros, ni los bonianos. Únicamente conservamos las cartas que escribieron san Francisco Javier y sus sucesores, y se han publicado historias de las Indias escritas en París, fundadas en los datos que aportaron los misioneros que no conocían el idioma de los brahmanes. Nos han referido hasta la saciedad, en múltiples escritos, que los hindúes adoraban al diablo. Los capellanes de una compañía de comerciantes acuden a aquel país con este prejuicio y en cuanto ven figuras simbólicas en las costas de Coromandel se apresuran a escribir que son retratos del demonio, que han llegado a su imperio y que se aprestan a luchar contra él. Ni siquiera sospechan que nosotros somos los que adoramos al diablo y vamos a consagrarle nuestros votos a seis mil leguas de nuestra patria para ganar dinero.
En cuanto a los escritores que en París se ponen a sueldo de un librero y éste les encarga la historia del Japón, del Canadá o de las islas Canarias, extractadas de las Memorias de algunos capuchinos, no tengo nada que decirles. Basta con saber que el método conveniente que debe adoptarse para escribir la historia de cada país no es idóneo para describir los descubrimientos del Nuevo Mundo, que no debe escribirse de una pequeña ciudad como de un vasto imperio; ni la historia privada de un príncipe como la de Francia o Inglaterra.
Estas reglas son bastante conocidas, pero en el arte de escribir historia será siempre muy raro. Todos sabemos que para poseerlo se necesita tener estilo grave, llano y variado. En la historia, al igual que en las bellas artes, se pueden establecer muchos preceptos, pero siempre habrá pocos artistas eminentes.
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