Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Lecturas de teoría
EL DISCURSO HISTÓRICO DE LOIDA FIGUEROA MERCADO: APUNTES INICIALES
Prof. Mario R. Cancel
Recinto Universitario de Mayagüez
Hace varios años la revista Op. cit. del Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico publicó el artículo titulado "De Salvador Brau hasta la novísima historia: un replanteamiento y una crítica" de la Dra. María de los Angeles Castro Arroyo. Aquel fue ciertamente uno de los primeros textos publicados en Puerto Rico que plantearon un abierto reto al modelo de la "nueva historiografía" de la década del setenta. A la fecha de la publicación aquella escuela, valga decir, estaba en su plena madurez y apogeo.
"Las muestras inequívocas de (...) insatisfacción con muchos postulados de la nueva historia", las quejas ante el desgaste de un discurso que comenzaba a reiterarse, no pasaron inadvertidas para algunos de los que en aquel momento estaban pasando por la experiencia del entrenamiento profesional cerca de los tradicionales, como ya se tendía a llamar a los historiadores del cincuenta; y los nuevos que, lentamente, habían ido ocupando los espacios y las cátedras que dejaban vacías algunos de los mayores.
Dos años antes la misma revista, en un editorial, clamaba por una "historia integral" ante el proceso de especialización de la disciplina y las visiones microscópicas que enfocaban la historia "desde un grupo particular" o que sólo se fijaban en las peculiaridades de los héroes. Detrás de ello había una invitación a afianzar la relación entre la historia y las ciencias sociales desde perspectivas más dinámicas.
Recuerdo que unos meses más tarde hablando historia en casa de la Dra. Loida Figueroa Mercado comentamos casualmente los documentos referidos. Para Loida, que nunca había sido una "nueva historiadora", el asunto de los "novísimos" no dejaba de ser otro pequeño escándalo del cenáculo de la gente de Río Piedras.
La batalla entre los "nuevos" y los "novísimos" era, evidentemente, algo más que eso. Se trataba de dos complejas y ricas visiones de mundo, dos mecanismos de interpretación, dos metodologías y dos mitologías que, en los confines de la modernidad y la postmodernidad, se disputaban la hegemonía del discurso histórico en buena parte de lo que algunos llaman occidente cultural. La disputa tampoco podría limitarse a una contra la visión socio-económica sino contra el anquilosamiento que signa los modelos cuando la mecánica sustituye el pensamiento.
El asunto era en realidad mucho más antiguo y complejo. Las interpretaciones socio-económicas que distinguieron a la "nueva historia" habían tenido que abrirse paso entre las concepciones positivistas y nacionalistas clásicas desde mediados del siglo XIX europeo. Habían visto su mejor momento con la escuela de los "Annales", la propuesta de las otras historias o los sectores marginados y la historia de la gente, para de inmediato tener que enfrentar la tesis del fin del progreso y de la historia, todo ello como consecuencia de la muerte de la modernidad que era el tema central de la historia socio-económica. Occidente, que tenía en el progreso su gran mito y no podía imaginar historia desnuda de él, se había creado otro dilema para traficar, sin duda de una manera muy atractiva, con viejas concepciones rejuvenecidas: a saber, los finalismos y los eternos retornos que de un modo u otro le han dolido cíclicamente.
Lo que sucedía era que Loda Figueroa había escrito historia al margen de toda esta problemática del setenta. Del mismo modo que no había pasado por el trauma de la "nueva historia", el obstáculo que ha significado la "novísima" para los historiadores socio-económicos tampoco podía significarle nada grave. Loida Figueroa no había dejado de ser una historiadora "tradicional" -entiéndase, positivista y nacionalista- comprometida con la causa política de la independencia y cierto tipo de socialismo poco definido.
El discurso del historiador o de la historiadora, visto desde esa perspectiva, no debería medirse sino por aquellos rasgos que el positivismo de la segunda mitad del siglo XIX convirtió en ejes del discurso histórico verdadero: "el análisis de las fuentes" literarias o narrativas esencialmente; la distinción entre los elementos primarios y secundarios; y la "crítica interna" de los mismos para la posterior elaboración de síntesis de los fenómenos. Sobre esa base montó Loida Figueroa una frágil concepción de la dinámivca de la lucha de clases que no le era necesaria para ser una excelente historiadora.
Romanticismo, positivismo y nacionalismo en la palabra de Loida Figueroa
Metodológicamente positivista, la autora nunca fue la voz aséptica que el positiviosmo pretendió en algún momento construir. Es el compromiso con una causa lo que le dio personalidad a su discurso histórico y la ha marcado como una figura única entre las mujeres que escribieron historia en el Puerto Rico del siglo XX.
Ahora bien, el nacionalismo de Loida Figueroa tiene sus rasgos peculiares que es preciso apuntar. Heredera del treintismo hispanófilo, la autora vivió la transición que condujo al complejo momento de los cincuenta. Ello es notable no sólo en su historiografía sino en su poesía y en su prosa. La trampa de la codificación generacional fue fatal para su proyección en el campo de la creatividad insular. Forjada en momentos en que la historia de Puerto Rico tomaba un giro que le creaba una imagen de tierra libre por medio de un articulado proyecto de nacionalismo cultural oficial que no amenazaba la estabilidad del régimen, nacionalismo corporeizado en el Instituto de Cultura Puertorriqueña y sus ideólogos, Loida Figueroa se encontró ante la disyuntiva de producir lo que voy a llamar de ahora en adelante una historia analítica o una historia de resistencia.
Yo creo que esas dos metas o formas del discurso histórico no tienen que estar necesariamente competidas. El mundo de Leopold Von Ranke ha sido dejado atrás hace bastante tiempo por los profesionales de la historia. Loida Figueroa fue capaz de conseguir un balance entre el análisis histórico y la resistencia que es verdaderamente envidiable.
En su obra más notable, los dos tomos de la Breve historia de Puerto Rico, se perfilan ya los índices definitivos de las tendencias antes relacionadas y de la visión de la nación tan cara al romanticismo y al positivismo decimonónicos. En primer lugar, dichos volúmenes, que no fueron concebidos como un proyecto de historia nacional y que tampoco se llamaron de ese modo, Loida Figueroa miró por un lado un aspecto del siglo XIX: la política, y dentro de ella, el rejuego con la oferta de Leyes Especiales para Puerto Rico en el volumen primero; y las interconexiones antillanas en la ruta del Grito de Baire hasta el preámbulo de la Ley Foraker de 1900. Todo es tiempo hispánico.
La reconstrucción imaginaria que hace del pasado pone de manifiesto el valor que le dio a la idea de que sólo el siglo XIX era propicio para hablar de la maduración de la nación a la manera de alguna tradición sociológica que la ve como una creación ex nihilo de la modernidad.
En segundo lugar, para el caso de Puerto Rico y con una mirada cercana al nacionalimo político de Jean Jacques Rousseau y al Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755), la autora celebra la naturaleza y el mundo aborigen, es decir, previo a los orígenes, para con ello establecer una pauta típica en la historiografía occidental moderna. Me refiero a que la historia de la nación tiene sus límites. Sólo es posible postorigen y la frontera de los orígenes es "La invasión española del Borinquen aruaco". La invitación a la idealización del "salvajismo" es patente. Pero lo cierto es que la Nación, que es la meta del tiempo histórico, no se puede esplicar sin la presencia del llamado "invasor": el pueblo castellano. El mito castellano penetra de lleno el discurso de la autora desde el comienzo del libro.
Loida Figueroa pone mucha importancia en marcar ese cuadro original de la nación como ruptura. El siglo XVI absorbe buena parte del esfuerzo investigativo sólo para caer en la revisión de los siglo XVII y XVIII. Evidentemente lo siglo XVI y XIX son sus claves para la explicación de la nación como problema tal y como lo fue para la mayoría de los investigadores desde Alejandro Tapia y Salvador Brau, y desde la Generación del '30, con Antonio S. Pedreira, hasta la del '50, con Lidio Cruz Monclova.
Para el historiador nacionalista la nación es un hecho objetivable en la medida en que puede ser analizado y documentado en 400 años de historia. En ese sentido las preocupaciones de Benedict Anderson y Eric Hobsbawm en torno al carácter imaginario de la nación o la tradición tampoco pasaron por su mente.
Se trata de la definición de un pasado que comienza en el caso puertorriqueño con la "invasión española" y termina con la "invasión de 1898". En ese lapso la nación nace, se desarrolla y madura hasta trasformarse en un concepto acabado y estable. Cambiarlo seria malograrlo en gran medida.
El asunto de los componentes de la nación resulta obvio en toda la obra de la historiadora. La etnicidad, clave del nacionalismo cultural de Herder,se diafaniza en el discurso de Loida Figueroa en los tomos de la Breve historia de Puerto Rico. Lo que peculiarizaba al conjunto de las naciones individuales en una especie de "armonía universal" era un combinado de características como el lenguaje, las costumbres, el carácter, que fueron forjadas por lo que se podria llamar los espacios ecológicos en los cuales las comunidades se desarrollaron.
La nación no era en Loida Figueroa sólo un producto del ambiente y la geografía. Era también como en el Rousseau del Emilio (1762), fruto de la educación que la formaba o la deformaba en circunstancias específicas. La centralidad del lenguaje en el pensamiento de Herder es clave para comprender la centralidad del lenguaje en el nacionalismo de pueblos como el puertorriqueño para los cuales la batalla del idioma ha sido esencial.
El pasado total visto como fábrica del presente, es parte del culto del romanticismo y el positivismo del siglo XIX y del siglo XX del cual Loida Figueroa es tributaria. Después de todo, allí estaban los héroes -esas figuras míticas que sintetizan los valores o las pretensiones de un colectivo humano, a medio camino entre la humanidad y la divinidad-. Y allí están las gestas -las acciones concertadas de los héroes y los pueblos en la defensa de la nación cultural herderiana y la nación política rousseauniana.
La imagen del héroe y del patriota halla en Ramón E. Betances su mayor ícono. Eugenio María de Hostos y Rosendo Matienzo Cintrón aparecen como segundas voces de un conjunto que incluye, a veces, signos heroicos del primer "invasor", España, como lo es Cristóbal Colón. La polifonía es notable y las voces podrían ser ampliadas pero el marco temporal es el mismo de los orígenes (siglo XVI) y la maduración (siglo XIX).
La imagen de la gesta halla en el descubrimiento y el Grito de Lares sus dos extremos: la inserción y el desprendimiento. Su tratamiento de ambos temas en Breve historia de Puerto Rico es exhaustivo. Si bien la naturaleza del "descubrimiento" se tilda de "invasión" en el libro de 1968, el carácter mágico religioso de Lares como ara y bautismo de la nación no se altera a pesar de las operaciones interpretativas que la "nueva historiografía" hizo sobre el fenómeno. Gesta y héroes son armas de resistencia. Saberlas afirmar es un deber que como en Johann Gottlieb Fichte se robustece ante la aparición del otro, del adversario. Lo que para el alemán significó la presencia napoleónica, significó la estadounidense en el esquema de Loida Figueroa.
Por último, si cada volk (pueblo) tenía que ser un estado, pienso ahora en el hegelianismo más puro y sus parentescos con el Barón de Montesquieu y Herder, el volk (pueblo) tiene una voluntad que pre-existe el hecho y que es independiente del estado político puro. Para una observadora de la historia nacional puertorriqueña como Loida Figueroa, concluir que esta era una formación socio cultural incompleta precisamente porque el volk (pueblo) no era un estado (soberano) como lo imaginó Georg W. Friedrich Hegel, era sencillo. La clave de cualquier historia de la resistencia era esa esencialmente.
De la teoría a la mesa de trabajo: los manuscritos de la mesa revuelta
Mesa revuelta pretendía ser una obra que significara la historiografía de Loida Figueroa. Se trataba de recoger lo salvable de su producción dispersa como estudiante graduada en las universidades de Columbia y Madrid, los manuscritos de sus conferencias inéditas, los textos parcialmente éditos y los ya difundidos en forosacadémicos y no-académicos a fin de crear e inventar el conjunto.
El volumen iba a incluir además un muestrario de la obra literaria édita e inédita y algunos documentospara su biografía. Mesa revuelta no iba a ser una historia nacional de Puerto Rico en el sentido en que se puede entender un proyecto de esa naturaleza. Más bien, y así lo entendí siempre, iba a ser un testimonio de la trayectoria de la historiadora ante el problema de historiar cuando el país acababa de de salir del amenazante momento que fue el primer quinquenio de la década de 1980. Sería en el mejor de los casos una imagen de la historiadora y de la activista a traves de sus textos, invitando al discurso a dibujar a quien lo emite.
Ciertamente el conjunto no se pudo consolidar del todo. Al final de su vida, Loida Figueroa estaba más preocupada por la redacción de una historia puertorriqueña del siglo XX que completara los dos tomos de la Breve historia de Puerto Rico que por Mesa revuelta. Este conjunto, sin embargo, puede servir como hilo conductor en el laberinto de las ideas de Loida Figueroa. En los manuscritos están presentes, como se verá de inmediato, las mismas preocupaciones respecto al pasado nacional, los matices que marcan su discurso histórico y le hacen especial dentro de la historiografía del siglo XX, y los parámetros históricos que ya he señalado en la primera parte de este ensayo que, valga decir, no se alteraron hasta el último momento de su vida.
Los manuscritos de la primera parte volvieron a girar alrededor del asunto del descubrimiento, conquista y colonización de Puerto Rico. Incluía "El descubrimiento de Puerto Rico", "La gesta de 1492", "Mi parecer sobre el descubrimiento de Puerto Rico", un breve texto sobre "Juan Ponce de León y la Casa Blanca" y los debates sobre esta legendaria figura. También se a~nadió el extenso y documentado estudio "Los jesuítas en Puerto Rico" que debió ser sometido a la revista Atenea en algún momento. Dicho texto se colocó al lado de la primera etapa de la historia colonial de Puerto Rico por el papel que la iglesia católica y sus órdenes habian jugado en el proceso de conquista ideológica durante el siglo XVI y en la afirmación del hispanismo entre los sectores educados de la isla hasta el siglo XX prácticamente. Por último se incluyó un documento titulado "El cristianismo en la historia de Puerto Rico", también un estudio de longue durée sobre el papel de la iglesia católica y evangélica en el desarrollo ideológico de la nación. Al final del mismo vuelve el llamado al compromiso y a la resistencia típico del discurso de la historiadora.
De la revisión de los textos saltan a la vista varias cosas. Primero que Loida Figueroa se había involucrado conciente o inconcientemente en un debate contra los revisionistas de la tradición historiográfica del '50. Su discurso histórico había girado hasta convertirse en un anti-revisionista. Segundo, es claro el papel protagónico que la historiadora dió al "origen", esa frontera tan difícil de marcar, como clave de la identidad nacional. El origen sdesde su punto de vista, como ya se ha dicho, lo inventa o marca el hispano-europeo al momento del encuentro o choque de 1492: "a través de ellos es que conservamos rasgos de aquella cultura perdida" (la aruaca insular), dice terminantemente para afirmar la frontera con lo ab-origen. Tercero, el papel simbólico que el cristianismo (catolicismo) juega en la afirmación de esa noción de identidad nacional, idea tan cara al romanticismo frances del siglo XIX.
Loida Figueroa ha desnudado al cristianismo tanto católico como evangélico, de sus responsabilidades como aliados, y a veces artífices, de los procesos coloniales de Puerto Rico en los últimos 500 años. Hoy dia ningún historiador negaría el papel protagónico que jugaron ambas formas del cristianismo en los procesos de conquista e indoctrinación de los habitantes de las islas en sus respectivos contextos histórico. El catolicismo del siglo XVI y el evangelismo histórico de principios del siglo XX, son el el sentido spengleriano de la palabra fenómenos contemporáneos u homólogos.
A nadie debe sorprender que en Mesa revuelta se afirmara el olvido de los siglo XVII y XVIII y su función en la gestación del espíritu nacional puertorriqueño. El vacío que ello significa se compensa sólo con la riqueza de los textos sobre el siglo XIX que ocupan lo que iba a ser la segunda parte de la obra. En este momento el procerato, el antillanismo que nunca llega al caribeñismo que luego invadió a cierta historiografía también "nueva", la gestas heroicas, especialmente las que hermanan a unas Antillas que se van reduciendo en tiempos de la "guerra fría" a Puerto Rico y Cuba, y los signos o íconos nacionales dominan el conjunto.
Todas las preocupaciones manifiestas en los textos son esencialmente las de una historiadora nacionalista que se ha apropiado del método positivista sin dejar de ser un ente comprometido con una causa ideológica, social y política. La necesidad de darle a la nación cultural y a la nación política un pasado que justificase la batalla por la complesión de su destino es evidente en su discurso.
Para Loida Figueroa, como para la mayor parte de los nacionalistas posteriores al momento del albizuismo en Puerto Rico, la nación cultural de de Herder no está en entredicho. La afirmación de ese discurso del nacionalismo cultural es obvia ya en el modernismo puertorriqueño de las primeras décadas del siglo XX que bebe del segundo Rubén Darío y manifiesta un espíritu de afirmación criolla. Aquello fue la tabla de salvación de muchas cosas a pesar de que en muchos casos no se tradujo necesariamente en un compromiso anti-colonial abierto. La nación cultural podía estar amenazada por el otro (el invasor), pero en la agonía (lucha o resistencia) se vivifica. Allí radica su dinamismo teórico.
Lo que le duele del tiempo histórico, la nostalgia que siente es causada por el inacabado proyecto de nación política soberana que sistemáticamente se fue de las manos de un pueblo que ella siempre consideró digno merecedor de la libertad. En ese sentido Loida Figueroa sintió una nostalgia del futuro utópico que occidente inventó como inevitable para los pueblos que lo constituyeron desde el siglo XVIII.
Es curioso que en el territorio de las gestas heroicas antes indicado, el liberalismo en todas sus manifestaciones -desde la lucha por las Leyes Especiales, la abolición de la esclavitud, hasta la independencia misma) ocupara una posición cardinal. Es como si la autora estuviera diciendo con Hegel que la historia es la culminación de un destino de libertad: síntesis última y acabada de la evolución histórica tal y como la imaginó occidente. Y fin también del progreso -de toda contradicción y cambio, naturalmente- y por tanto, fin de la historia porque occidente no puede concebir la historia en otros términos.
Por último, debo decir que del sueño de la gran familia del siglo XIX, al sueño de la gran familia en la independencia no hay gran distancia. Las analogías son verdaderamente notables. Sobre esa base temporal se podrían comprender muchas de las pasiones castellanas del independentismo y, porque no decirlo, del autonomismo puertorriqueño posterior al 1950. Loida Figueroa vio y vivió el encuentro de aquellos caminos con todo el peso mágico que el las sendas encontradas siempre han tenido.
En aquel cambiante territorio teórico donde convergieron "viejos" y "nuevos" y "novísimos" con sus reclamos supuestamente revolucionarios, Loida Figueroa se mantuvo dentro de una tradición que al menos en ella no envejeció o, si lo hizo, mucha fue la dignidad que impriimieron los años de lucha a la misma.
Mesa revuelta no pudo ver completa su tercera y última parte. Me consta que la obra de Loida Figueroa Mercado es mucho más amplia de lo que aquí pueda dar la impresión. Su obra inédita y sus trabajos sueltos éditos aún sin organizar en forma de libro dan la medida de la historiadora y la mujer. El trazado de sus fuentes a la escuela romántica y positiva del siglo XIX, sólo pretende servir de invitación a la exégesis no sólo de su obra, sinio la de tantos historiadores e historiadoras del país que aguardan una verdadera lectura crítica de parte de los que se consideran sus herederos.
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