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El poeta Francisco Matos Paoli se dirige al público.
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Nacionalismo
ANTE EL YUNQUE DE LOS HÉROES (Fragmento)
Francisco Matos Paoli
Secretario General
Partido nacionalista de Puerto Rico
23 de septiembre de 1950
Discurso pronunciado por el Secretario General del Partido Nacionalista de Puerto Rico, Dr. Francisco Matos Paoli, el 23 de septiembre de 1950, Octogésimo Segundo Aniversario de la Proclamación de la República de Puerto Rico en Lares (1868), en Conmemoración de la Efemérides Patria y en Homenaje a la Bandera Gemela de Cuba en su Centenario.
Compatriotas en Lares:
RIÓ DE SILENCIO EN ASCUAS
Hoy se cumplen -en el tiempo precioso de la libertad y en la madura unción del espíritu- ochenta y dos años de haberse proclamado la República de Lares el 23 de setiembre de 1868. Fecha impar en sus proyecciones de vida en que el hecho histórico, desviado en su raíz de sangrienta ternura, desafía la fugacidad de lo inauténtico y se plenifica de ser ante la intimidad de la historia. Estamos frente a una fecha actuante en el recuerdo, con fuerza contemporánea capaz de levantar al pueblo a la altura de su necesidad en la mejor esperanza del hombre puertorriqueño. Toda dirección de justicia, todo poder de reivindicación humana, ensambla, por derecho propio, en la eternidad. Toda religión del recuerdo es mandato de hacer -en la medida del hombre- lo que aún falta por hacer y crear. No es la añoranza desvaída en el mecanismo evocador de los bienes perdidos. Es la evocación que rescata del pasado que huye su impronta en el porvenir. Sabemos como puertorriqueños y como criaturas de Dios que el Grito de Lares está ahí, verdísimo en sus fulguraciones cósmicas, portando la presencia de lo majestuoso que espanta, aconteciendo cada día con mayor rigor de clarividencia espiritual, labrando la historia con el buril del martirio, haciendo de nosotros una prolongación en el heroísmo, probando a todas luces que la tiranía es mortal en sus inútiles transformaciones suicidas. Toda dimanación del espíritu funda y puebla, encarna y vivifica, humaniza y diviniza. Hace de la historia, divinidad. En la clara dirección de Ramón Emeterio Betances, en aquel haz de valientes de la montaña, se transfigura el sueño de Dios sobre la tierra. Y contemplamos, ávidos de saber cordial, cómo la hermandad traspasa el aire todo para regalarnos el ejemplo de unas grandes virtudes salvadoras. En la altura de la cruz en que se perpetúan los elegidos del amor, mana un río de silencio en ascuas, mana la lucidez y el imperio de la bondad, mana la excelencia de los privilegiados de la historia. Se es privilegiado cuando se es digno de vivir en alta tensión amorosa. Se es privilegiado cuando damos a la vida, vida. Cuando insuflamos calor al que muere, para que muera en la decencia de su origen y sea gloria de los demás. Esta vida del heroísmo se da como una muerte redencional. La muerte redencional es la raíz de lo humilde en el hombre. No presta vanagloria a nadie. Es dolor de vida que no cesa jamás de afirmarse en la conciencia esperanzadora del hombre. En todo hombre hay un deseo de la nada parasitaria, una inercia de negación que lo estatiza en fantasma de sí mismo. La función más esclarecedora del heroísmo es recordar al hombre que debe vencer su nada y afirmar su ser en el retorno hacia su esencia divina. El heroísmo salva al semihombre de su escoria de negaciones. Y lo monta en pie, obligándolo por un imperativo de caridad, a cabalgar hacia las estrellas. Toda gestión de sangre transformada en espíritu, es vida en el honor y costumbre en el hombre bueno, fidelidad hacia sí mismo, herencia en que continúa la sed patrimonial de nuestros mayores. No importa la sedición de la tiranía en su estrepitosa falacia de cortar nuestras raíces de pueblo honrado. Por el aire mismo, por la voz oral que permanece intacta, por la irradiación de la justicia que demanda cuerpo en el acontecer histórico, queda azorada la tiranía en el miedo de su impotencia. Y deja de ser -nunca fue sino aparentemente- para dar fluidez al esfuerzo del pasado por hacerse porvenir en la abnegación de los mejores. El heroísmo es una atmósfera de fe que va salvando al recuerdo de su justo olvido y va prestando al ser una vitalidad futura siempre nueva en que el destino de los pueblos trabaja sus figuraciones ideales en la luz histórica. Los hombres -avisados de ese ámbito de respiración heroica- preparan sus manos para la obra fecunda, sus mentes para el Edén de amorosa fragancia en la belleza de su casa, su voluntad para rechazar la hidra del despotismo que se viene encima como un necio borrón de la nada. Y los héroes piden ser permanentemente. No se contentan con los engaños supuestos del perezoso y del cobarde. No hay técnica de avestruz para obviar el peligro. Ya lo dijo el Cristo: “Quien quiera salvar su vida, la perderá.” El miedo inventa su diplomacia material de sustracciones vitales. Quien vive, da vida. Y los héroes están pidiendo ser en la sangre apostolar de Lares.
LA BUENA GUERRA DE MARTI
Los héroes del `68 son héroes cumplidos en la historia porque fundaron en la sangre generosa la patria de nuestra aspiración. Y se ofrecieron en lumbre de sacrificio para que esa misma patria creciera día a día, sin prisa y sin pausa, en el recuerdo y en la esperanza, hasta alcanzar el ápice de integración comunitaria en que el tiempo deja de ser contingencia para transfigurarse en eternidad. Hermanos míos, era una mano de valientes, un millar de almas serranas y bravías que descendieron de la cima de los montes como río fulgurador que deslumbra y avasalla,, con una cruz albeada que unía horizontes en su distancia crucial y con una determinación de ensueño en la patria libre que poblaba el aire de palomas y salmos. Era un rumor angélico de machetes sin odio, una cargazón de revólveres, espadines, puñales y armas de palo, prestos a sustanciar la guerra buena de Martí. Porque el cielo padece fuerza y hay que alcanzarlo con la honda de David en la noche oscura del heroísmo. Era un rumor montado sobre cabalgaduras diligentes que en el sigilo de la noche sembraba astros en la tierra y desvelaba miedos en la gran atonía de la colonia. Era una voluntad de madrugada en el tiempo y en la conciencia de lo inminente que madura insatisfacciones de vida repechando montes, vadeando ríos, enlodándose en los caminos del honor, con una reciedumbre que iza la carne al sacrificio y devuelve el espíritu a su origen esclarecido. Era, sí, hermanos míos, un golpe de naturaleza en Dios, cayendo sobre la vergüenza de los hombres, alzando el viva de la libertad en el mismo riñón de la cordillera heroica. Y los montes, las dulces colinas plateadas de luna, eran sus banderas predilectas. Se alumbraban con luz de cucubanos. Ardían en las malezas. Entraban en la gloria, desnudos y simples, destrozando libretas de obreros infelices, hermanándose al negro en la pelea de morir o vencer, portando una bandera roja de inocencia que taja opresiones de siglos muertos. Entraban, cómo no, en la aldea de la Patria, para incautarse de lo suyo, para tomar posesión de su ser, que es la independencia en la Libertad. Y así, de este modo virginal, sustrajeron de la montaña la sombra metropolítica de doña Isabel Segunda. Y, desde entonces, Lares es el Altar de la Patria. Y como ha dicho el Maestro bueno, Pedro Albizu Campos, a Lares hay que entrar de rodillas, porque cada pedazo de su territorio es tierra sagrada al hombre. El pie del peregrino deriva fuerzas como Anteo y bulle de felicidad sin límites cuando pisa esta tierra sagrada. Todo el andar se colma de una extraña ternura de vuelo. Se está pisando la entraña de Puerto Rico, hecha a golpe de sangre salvadora. El humus de la tierra revierte a la mano que lo toca. Cuando el humus de los héroes se hace puño y agarre de luz en la bandera, no hay tiranía que resista la nobleza gallarda del heroísmo. Quema y funda. Enternece y multiplica. Acude y genera más heroísmo, la más clara cantidad de heroísmo para cebar a esa bestia feroz de la tiranía que se alimenta de la sangre de los héroes para cambiar de naturaleza y finalidad.
Y después de proclamada la República para el servicio leal y la empresa abierta de adhesión a los valores más altos, en marcha hacia El Pepino, en trote de tremendas luceradas, en visiones de blancos caballos armados de impaciencia. A cargar contra el desorden falsamente ordenado, a clavar con el machete y el tiro el pulmón siempre yacente de la tiranía. Rojas, el primero. Le siguen Baurén, Parrilla, Brookman, Manolo el Leñero. Continúan Andrés Pol, Manuel Cebollero, Rocafort, Pablo Rivera, Francisco Santana, Celedonio Abril. Y por los flancos de luz de los caballos, entraban las enhiestas figuras de Abdón Pagán, Juan José Rivera, Gabino Plumey, Elías Beauchamp y los Arroyos. En fin, todos los prosélitos de la redención de la patria. Con un Te Deum “pro formula,” llevaban el Santísimo en sus corazones henchido de piedad. Y entraban en combate, caían, se levantaban, sobre todo fundaban en la vanguardia de los primeros el ser puertorriqueño para toda una eternidad.
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