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Portada de La Confederación Antillana (1903) de J.J. Bas
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Confederacionismo
J. J. Bas, La Confederación Antillana (Al Sr. Carlos Casanova) Puerto Rico: Tipografía Él País”, 1903.
I.
En el solicitado periódico “La Correspendencia de Puerto Rico,” de fecha 9 del actual, he leído con mucho gusto lo que usted escribió, acerca de una ofrenda, pobre como cosa mía, que publiqué en este mismo diario el 27 del pasado Agosto, en recuerdo al fallecido y mutuo amigo don Eugenio María Hostos.
Hoy, al dirigirme á usted, lo hago por su requerimiento; empezando por darle mil gracias por los inmerecidos elogios que me hace, y pasando por alto lo que de momento no merece la atención pública, me concreto á lo pertinente, á tratar de la Confederación Antillana, que empieza por la unión de Cuba y Puerto Rico.
Me dice usted:
“La pregunta que anuncio se funda en estos conceptos, contenidos en el artículo del señor Bas, á que vengo refiriéndome “...que muere dos pasos de su cuna (Hostos) y ya muy cercano el día de verse realizado el ideal por que trabajó mucho y acarició dulcemente en su combatida
vida: por la hermosa, noble y grande Confederación Antillana.” Y más adelante: “ …y agobiado Hostos, mas que por los años, por enfermedades, tristezas y los inconvenientes de lo inoportuno de trabajar entonces por nuestro ideal: la Confederación Antillana, que hoy es cosa tan fácil, como que la hacen los Estados Unidos.
“Y se me ocurre preguntar: ¿Está cercano el día de verse realizado el ideal que acarició Hostos? ¿Cómo y por qué medios? ¿Qué síntomas ó señales lo indican? ¿Cómo, de otra parte, realizan esa confederación los Estados Unidos?
“Espero, confiando en la bondad del señor Bas, que deje desvanecidas nuestras dudas, calmadas las desconfianzas de los muchos que vemos aquel día más lejano, más imposible cada vez.
Carlos Casanova”
Oportuno me parece que fijemos ahora los puntos esenciales de la cuestión, y deseo que estos se puedan reducir á las siguientes preguntas: ¿Existe, siquiera en embrión, la Confederación Antillana? ¿Quien la hace ó prepara, y porqué medios? finalmente: ¿Está cerca ó lejos el dia de verse realizada?
Se me figura que lo antedicho basta á llenar el objeto requerido por usted, y paso á decir: que sí existe la Confederación antillana, aunque todavía en embrión; que actualmente trabajan en ella, con medios amplios y legales, la fuerza de poderosos elementos en los Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, teniendo además la aprobación universal; y por último, que se proclamará urbi et orbi, en un breve espacio de tiempo, que sólo á Dios le es dado señalar.
Justo y necesario es, que se reconozca por todos, que el peso de la responsabilidad que ahora tengo, excede en mucho á mi suficiencia; empero la verdad de lo que acabo de decir; la clara inteligencia y la benigna atención de usted, unido á la del ilustrado público que lea sin pasión mis mal pergeñadas líneas, espero que suplirán todas las grandes deficiencias mías. Y permítame añadir: que a pesar de lo mal que lo hago, si usted se hubiese tomado la pena de leer lo que hace tiempo me honran con publicar “El Heraldo Español” y “La Correspondencia de Puerto Rico,” respecto al tema en cuestión, me parece que el buen criterio de usted le ahorraría las molestias de elucidar lo que voy á decir. Para explicar el origen, ¡hasta divino! de la aún embrionaria confederación antillana, mencionaré aunque sea á la ligera, el hecho, innegablemente histórico, de que sólo la mano de la Providencia, para sus inexcrutables designios, hizo que la primera tierra de importancia, que descubriese Colón fuese Cuba, el 28 de Octubre de 1492 la segunda Santo Domingo, el 6 de Diciembre; y la tercera Puerto Rico el 19 de Noviembre de 1493. Y sin detenernos pasemos el lapso ó tiempo hasta llegar al Tratado de París de 10 de Diciembre de 1898, base de la actual situación de Cuba y Puerto Rico.
Consta en ese Tratado, que España vendió y los Estados Unidos compraron á las Filipinas, en veinte millones de dollars; y todo lo feo de la acción es únicamente del mercader, que sabe Dios si algún día le dejará cuenta ese negocio. También se hace constar en el Tratado, que sin compensación alguna para España, cedía ella por fuerza á los Estados Unidos, todos sus derechos y acciones en Cuba y Puerto Rico, sin ninguna diferencia. Finalmente, fué en el Tratado, que la Gran República ratificó, como debía, su compromiso de ante bellum, de hacer libre é independiente á Cuba, y lo cumplió, con algunas restricciones, el 20 de Mayo de 1902.
Ahora comparemos ese tratado con todos los anteriores que han hecho los Estados Unidos, por adquisiciones territoriales; sea el de la Luisiana, Florida, Texas, Alta California,., etcétera; y se hallará en ellos, en letra y espíritu la más completa y acabada absorción de los lusianeses, floridanos, tejanos y californianos, etc.; y que el caso contrario es el de los puertorriqueños según se ve á la simple lectura, en el Tratado de París á que nos referimos, del último párrafo del artículo IX que dice: “Los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos á los Estados Ü nidos, se determinarán por el Congreso.”
Me parece conveniente, señor Casanova, que en este momento yo reproduzca algo de mi artículo en este mismo periódico, fecha 16 del último Abril, y helo aquí:
“¿Pero no habrá medio de averiguar si hay algo escrito en ese Tratado en que expresamente se diga lo que ansiamos saber…? ¿Si se convino en el Tratado, que Cuba y Puerto Rico estaban unidas para todos sus destinos futuros? Nosotros creemos que sí y se lo vamos á mostrar al curioso lector.
“Para ello necesitamos retroceder, de momento, precisamente un siglo, á la adquisición de la Luisiana, que fué en 1803. En ese Tratado se encuentra lo siguiente en su artículo tercero, que traducimos de: “Organic Acts for the Territories of the United States”, Washington, Government Printing Office, 1900.” Folio 239 línea 7ª á la 13ª
“Los habitantes del territorio cedido serán incorporados en la Unión de los Estados Unidos y admitidos tan pronto como sea posible, según los principios de la constitución federal, á disfrutar de todos los derechos, ventajas e inmunidades de ciudadanos de los Estados Unidos, y entretanto estarán protegidos en el goce de su libertad, propiedad, y en el ejercicio de la religión que ellos profesan”.
Ese tratado fué el primero y la base y pauta de los subsiguientes.
Pasemos á ver lo que dice en idéntico particular el Tratado de París, que es objeto de nuestro estudio, y hallamos en el último párrafo del artículo IX lo siguiente: “Los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos á los Estados Unidos, se determinarán por el Congreso.”
Ahí está, claro como la luz del medio día, que en el Tratado para la adquisición de la Luisiana se estipuló, que la ciudadanía de sus habitantes sería la de los Estados Unidos, y en el de París, que nos ocupa, se deja al Congreso que determine los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales, de los allí aludidos territorios; y en nuestra humilde opinión nada se dice ahí ó se dice: que entre las Altas Partes contratantes del Tratado de París de 10 de Diciembre de 1898 se expresó de ese modo, que los Estados Unidos cumplían su palabra de honor, de no derivar ninguna ventaja en América, de su guerra con España, pactando por su parte, y en asumida representación de Cuba y Puerto Rico, que ambas islas quedaban desde luego unidas, definitivamente en lo político.”
Yo deseo, señor Casanova, que esto no sea para usted una mera opinión de mis sentimientos antillanos; sino la deducción lógica, la verdad manifiesta, la luz del cielo y la razón, que iluminará cualquiera inteligencia clara y despreocupada, con sólo tomarse el trabajo de leer los Tratados referidos, meditar y sacar las consecuencias naturales que de nuestro caso se desprenden. Y puesto que se dice: la ciencia es larga y la vida corta, pido á Dios que me dé la primera y alargue la segunda y á usted el permiso de despedirme hasta otro artículo.
II.
Al ocuparme ayer, señor Casanova, de la todavía embrionaria Confederación Antillana, dije á usted: que tenía su origen divino en el hecho providencial é histórico, según el cual las carabelas de Colón, aparecen manejadas por manos de hombres, pero guiadas por las de Dios, á descubrir, antes que otras tierras importantes, á las islas Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico.
Empero, dejemos ya lo del origen divino de la Confederación Antillana, y pasemos á lo meramente humano, presentando á usted algunos de los inapreciables juicios que conservo, de gentes de importancia, tanto de Europa como de América, antiguos y modernos. Del: “Ensayo sobre las Revoluciones Políticas (Hispano Americanas) por José M. Samper”, libro en 8o de 340 folios, publicado en París el 31 de Octubre ele 1861, esto es, ha cerca de medio siglo, copio lo siguiente del folio 220, línea 10ª á la 15ª: “También es fácil imaginar que, tarde ó temprano, por la fuerza de las cosas, el vasto archipiélago de las Antillas formará una confederación independiente, preparada por la acción misma de los gobiernos que dominan hoy esas colonias.”
Del folio 244 línea 14ª á la 19ª, “Sin pretender pasar por profetas, no vacilamos en repetir que en nuestro concepto, el porvenir hará surgir más tarde ó más temprano una confederación de todas las Antillas, el día que esos países adquieran la independencia á que los conduce la fuerza natural de las cosas.” Y recuerdo señor Casanova, que en otro lugar del libro, que de momento no hallo, he leído también, que años antes de su publicación se habían ocupado en el Parlamento Británico, de ceder la Jamaica para hacer la Confederación Antillana; como después lo hicieron los ingleses en 1864, con las islas Jónicas, para dar fuerza á la Grecia.
En el libro: “Betances” por Luis Bonafoux, folio 88 línea 14ª á las 23ª se halla lo siguiente: “Cuba debe ser independiente, y en mi concepto el porvenir de nuestros países está en una Confederación de las grandes Antillas, que pueden formar una nación marítima de 25 millones de habitantes. Yo he dicho que lord Gládstone aprobaba la idea y que Inglaterra consentiría en hacer entrar en ella la isla de Jamaica. Si España hubiera querido, ya habría obrado en favor de esa solución, que le hubiese procurado grandes ventajas en toda América.”
En célebre carta que al dominicano señor Federico Henríquez y Carvajal escribió, nuestro gran Martí desde Montecristi á 25 de Marzo de 1895, cincuenta y cinco días antes de caer muerto en la acción de Dos Ríos, el 19 de Mayo, se lee:
“Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la América Inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea usted lo que hacemos, usted con sus canas juveniles, y yo á rastras con mi corazón roto.
“De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba?: Usted no es cubano y ¿hay quién lo sea mejor que usted? ¿Y Gómez no es cubano? ¿Y yo qué soy y quién me fija suelo? ¿No fué mía y orgullo mío el alma que me envolvió y á mí alrededor palpitó á la vez de usted en la noche inolvidable y viril déla “Sociedad de Amigos”? Esto es aquello y va con aquello. Yo obedezco y aún diré que acato como superior dispensación y como ley americana, la necesidad feliz de partir al amparo de Santo Domingo para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos sobre la mar, á sangre y á cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino.”
Y para terminar hoy, señor Casanova, con las copias que pudiera hacer al infinito, de juicios favorables ó sea, pruebas que aducir, de que existe aunque en embrión la Confederación Antillana, y de que siguen trabajando en ella con medios amplios y legales, la fuerza de poderosos elementos en los Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, añadiré un dato enteramente norte americano y de total potencia.
El New York Herald, supongo sabe usted, es un periódico que no se precia de científico, literario ni político; pero se galardona, y muy justamente, y está reconocido por todos, como una potencia de primer orden respecto á veracidad en las noticias importantes. El paga muy bien las exactas y vuelve siempre por los fueros de la verdad; y teniendo como tiene, pagado con esplendidez á sus corresponsales sobre todo en la capital de las grandes naciones, ¿cuál no será el que tenga en la de los Estados Unidos? Pues bien, señor Casanova, vea usted lo que el corresponsal en Washington escribió al New York Herald el 9 de Febrero de 1902, noticia que también publicó La Discusión de la Habana “Hoy por hoy deben los cubanos constituir su gobierno propio, que ya llegará el tiempo en que todas las Antillas constituyan una confederación dependencia de los Estados Unidos.”
Con esa y otras noticias se apresuró la formación del gobierno cubano, y el de los Estados Unidos proclamó la República de Cuba el 20 de Mayo de 1902.
Al decirme usted, señor Casanova: “Espero, confiando en la bondad del señor Bas, que deje desvanecidas nuestras dudas, calmadas las desconfianzas de los muchos que vemos aquel día más lejano, más imposible cada vez.” Veo con gusto que es partidario de la confederación antillana; pero con pena que tiene usted ofuscada su vista, con el polvo del inevitable camino que hay que andar siempre, en las jornadas de la vida; que está usted angustiado en demasía, por el necesario “trabajo de deshacer los obstáculos, que eternamente se hallan en el curso de los sucesos humanos; y que oponen más que los hombres, la naturaleza misma de las cosas; y finalmente, que se impacienta usted sin medida ni razón hasta llegar á exclamar descorazonado, que desvanezca yo sus dudas y calme su desconfianza, porque ve aquel día mas lejano, más imposible cada vez; cuando por el contrario está: por voluntad del Todopoderoso, más seguro, más cercano á cada pulsación de nuestras arterías, y á cada latido del amoroso corazón de la grande, é independiente patria antillana.
Ahora sírvase atenderme más que hasta aquí, y créame sin vacilarlo que voy á decirle, sin un átomo de vanidad y mucho menos de soberbia: Dios, y sólo Dios le dirigió á mí porque soy de cuantos veo, el hombre de mayores convicciones, esperanzas y fé en el Creador y en la buena causa de la Confederación antillana. Yo la veo hecha por EL geológica, histórica y políticamente; iniciada por él, en el descubrimiento y colonización de las grandes Antillas; librada por él de infinitos peligros, entre otros ejemplos que se pueden citar, con los innumerables trabajos de Santo Domingo; preservada ayer de los esclavistas de los Estados Unidos, y de los hijos de ellos ayudada hoy á hacer, y mañana auxiliada, por la necesidad, que sabemos carece de ley.
Dios ha hecho que ya repitamos con razón y frecuencia: “que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”; EL nos amonesta que de no practicar la libertad, y nunca la licencia, perderemos la independencia, que empieza con la garantía directa de los Estados Unidos y la indirecta y eficiente del resto del mundo civilizado, que necesita para su comercio de nuestra nacionalidad. Y para terminar esto, señor Casanova, que usted puede llamar como quiera, le diré: que para hablar como se debe de la Confederación antillana hay que tener á la vista un mapamundi, porque ella es necesaria no al poeta, literato y orador, sino al comerciante, industrial y agricultor; y en todas y cada una de las relaciones sociales, económicas y políticas del viejo y nuevo mundo, y mucho más cuando haya comunicación del Atlántico al Pacífico por Panamá, Nicaragua ó Tehuantepec.
Demasiado largo me ha resultado este artículo, por lo que dejo para el siguiente, con la voluntad de Dios y la benévola atención de usted, el acabar de hablar acerca de la Confederación antillana.
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