Jacques Benigne Bossuet (1627-1734)
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Bossuet
Jacobo Benigno Bossuet, obispo de Meaux (1627-1704), Discurso sobre la historia universal Una interpretación en sentido providencialista de la historia.
Pero acordaos, Serenísimo señor, que este largo encadenamiento de las causas particulares que contribuyen a la creación, engrandecimiento y ruina de los imperios, depende de las órdenes secretas de la divina Providencia. Dios, desde lo alto de los cielos, tiene asidas en sus manos las riendas de todos los reinos, así como también tiene en las mismas todos los corazones: tan pronto refrena las pasiones, como les da rienda suelta y pone en agitación y conmueve a todo el género humano. Quiere suscitar conquistadores: háceles preceder del terror y del espanto e inspírales a ellos y a sus soldados un valor y una osadía invencibles. Quiere que aparezcan legisladores: envíales su espíritu de sabiduría y de previsión; haciéndoles prevenir los males que amenazan a los estados, y asentar los fundamentos de tranquilidad pública. Conoce la sabiduría humana, limitada bajo cualquier punto de vista que se la mire; la ilustra, extiende su previsión, y después la abandona a su ignorancia, la ciega, la precipita, hace que ella se confunda con sí misma: la pierde, la confunde y embaraza en sus propias sutilezas, y las precauciones mismas que toma son un lazo en que se enreda y cae. Por este medio Dios ejerce terribles juicios según las reglas de su justicia, siempre infalible. Él es quien prepara los efectos en las causas más lejanas, y quien descarga estos grandes golpes, cuyas resultas hácense sentir tan de lejos. Cuando quiere soltar las riendas y destruir los imperios, todo es débil e irregular en los gobiernos que los rigen. El Egipto, en otro tiempo tan sabio, se engríe, se aturde y titubea porque el Señor le hirió con un espíritu de vértigo; ya desde entonces no sabe lo que se hace, y es perdido. Pero que no se engañen los hombres en esto: Dios vuelve a enderezar por buen camino, cuando le agrada, al extraviado; y aquel que insultaba la ceguedad de los otros, cae él mismo en una oscuridad mayor, sin que sea necesario las más de las veces otra cosa para trastornarle su razón que gozar de una larga prosperidad.
Así es como Dios reina sobre todos los pueblos. No hablemos de azar ni de fortuna, o si usamos de estas palabras, usemos de ellas solamente como de nombres de que nos servimos para explicar lo que ignoramos. Lo que es un azar, con respecto a nuestras resoluciones es un designio meditado en un consejo más alto, es decir, en aquel consejo eterno que encierra en sí todas las causas y todos los efectos en un mismo orden. De esta manera todo ocurre al mismo fin; y por no conocer el todo es por lo que nosotros calificamos de azar los resultados particulares.
Por esto se verifica lo que dice el apóstol, que «Dios es feliz, y él sólo Poderoso, Rey de los Reyes y Señor de los Señores». Feliz porque su reposo es inalterable, porque ve mudarse todo sin mudarse él mismo, porque hace todas las mudanzas por un juicio irrevocable; porque es quien da y quien quita el poder, quien le transfiere de un hombre a otro, de una dinastía a otra, de un pueblo a otro, para manifestar que todos le tienen prestado, y que él es el único en quien reside naturalmente.
Es la razón por qué todos los que gobiernan se sienten subordinados a una fuerza superior. Hacen más o menos de lo que piensan, y jamás sus resoluciones han dejado de tener efectos imprevistos. Ni son dueños de las disposiciones que los siglos pasados han puesto en los negocios, ni pueden prever el curso que tomará el porvenir, bien lejos de poderle forzar. Sólo Dios es el que lo tiene todo en su mano; quien sabe el nombre del que es, y del que no existe todavía; quien preside a todos los tiempos, y previene todos los juicios de los hombres.
Alejandro estaba bien distante de creer que trabajaba para sus capitanes, y que arruinaba su casa con sus conquistas. Cuando Bruto inspiraba al pueblo romano un amor inmenso a la libertad, no pensaba que sembraba en los ánimos el principio de aquella licencia desenfrenada, por la que la tiranía que quería destruir debía algún día restablecerse con más dureza que en tiempos de los Tarquinos. Cuando los Césares mimaban a sus soldados, por cierto que no lo hacían con el designio de que destituyesen a sus sucesores, y fuesen ellos los árbitros de dar soberanos al imperio. En una palabra, no hay poder humano que no sirva contra su voluntad para otros designios que los suyos. Dios sólo es quien sabe reducirlo todo a su voluntad. Es por lo que todo es sorprendente, no mirándolo más que por las causas particulares, pero sin embargo, todo camina por un orden fijo y arreglado. Este discurso os lo hace ver bien claramente; y para no hablaros de los demás imperios, ya habéis visto por cuántos juicios imprevistos, pero siempre correlativos en sí mismos, ha sido conducida la suerte de Roma, desde Rómulo a Carlomagno.
Así que Vuestra Alteza misma se halla ya en estado de descubrir todos los secretos, y en mano de Vuestra Alteza está observar en ellos todo el orden inmutable y la sucesión no interrumpida de la religión, así como el orden de sucesión de los grandes imperios hasta Carlomagno.
Al paso que veréis caer todos estos imperios por sí mismos, veréis sostenerse la religión por su propia fuerza, y por este medio vendréis fácilmente en conocimiento de dónde está la sólida grandeza, y en qué debe poner su esperanza un hombre de razón.
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