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Marc Bloch (1886-1944)
Fernand Braudel (1902-1985)
Georges Duby (1919-1996)
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Nueva historia
Marc Bloch (1886-1944), “La disparidad de materiales en la labor del historiador” en Introducción a la historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1979, págs. 55-57.
La diversidad de los testimonios históricos es casi infinita. Todo cuanto el hombre dice o escribe, todo cuanto fabrica, cuanto toca, puede y debe informarnos acerca de él. Es curioso darse cuenta de cómo las personas extrañas a nuestro trabajo calibran imperfectamente la extensión de esas posibilidades. Continúan atadas a una idea muy añeja de nuestra ciencia: la del tiempo en el que apenas se sabía leer más que los testimonios voluntarios. Reprochando a la «historia tradicional» el dejar en la sombra «fenómenos considerables» que, sin embargo, eran «de mayores consecuencias y más capaces de modificar la vida próxima de todos los acontecimientos políticos», Paul Valéry ponía como ejemplo «la conquista de la tierra» por la electricidad. En esto se le aplaudirá con gusto. Es, desgraciadamente, demasiado exacto que este inmenso tema no ha producido todavía ningún trabajo serio. Pero cuando, arrebatado en cierta manera por el exceso mismo de su severidad para justificar la falta que acaba de denunciar, Paul Valéry añade que estos fenómenos «escapan» necesariamente al historiador -porque, prosigue, «ningún documento los menciona expresamente»-, la acusación, pasando del sabio a la ciencia, se equivoca de dirección. ¿Quién puede creer que las empresas de la industria eléctrica carezcan de archivos, de estados de consumo, de mapas de extensión de sus redes? Los historiadores, dirán, han descuidado hasta ahora consultar esos documentos; y es, sin duda, una falta; a menos que la responsabilidad recaiga en guardianes tal vez demasiado celosos de tan hermosos tesoros. Hay que tener paciencia. La historia no es todavía como debería ser. Pero no es una razón para cargar a la historia posible con el peso de los errores que no pertenecen sino a la historia mal comprendida.
De ese carácter maravillosamente dispar de nuestros materiales nace, sin embargo, una dificultad; desde luego, lo suficientemente grave para contarse entre las tres o cuatro grandes paradojas del oficio de historiador.
Sería una gran ilusión imaginarse que cada problema histórico se vale de un tipo único de documentos, especializado en este empleo. Al contrario, cuanto más se esfuerza la investigación por llegar a los hechos profundos, menos le es permitido esperar la luz si no es por medio de rayos convergentes de testimonios de muy diversa naturaleza. ¿Qué historiador de las religiones se contentaría con la compulsa de tratados de teología o colecciones de himnos? Él lo sabe: acerca de las creencias y las sensibilidades muertas, las imágenes pintadas o esculpidas en las paredes de los santuarios, la disposición o el mobiliario de las tumbas le dicen, por lo menos, tanto como muchos escritos. Así, tanto como del estudio de las crónicas o de las cartas pueblas, nuestro conocimiento de las invasiones germánicas depende de la arqueología funeraria y de los estudios toponímicos. A medida que se acerca uno a nuestro tiempo estas exigencias se hacen, sin duda, distintas; pero no por ello menos imperiosas. Para comprender las sociedades de hoy ¿quién cree que baste hundirse en la lectura de debates parlamentarios o de oficios de cancillería? ¿No habrá que saber interpretar el balance de un banco, texto, para el profano, más hermético que muchos jeroglíficos? El historiador de una época en la que reina la máquina ¿deberá ignorar cómo están constituidas y cómo se han modificado las máquinas?
Y si casi todo problema humano importante necesita el manejo de testimonios de tipos opuestos, es, al contrario, de toda necesidad que las técnicas eruditas se distingan según los tipos de testimonio. El aprendizaje de cada una de ellas es largo, su posesión plena necesita una práctica más larga todavía y, por decirlo así, constante. Por ejemplo: sólo un número muy reducido de investigadores pueden vanagloriarse de hallarse bien preparados para leer y criticar una carta puebla medieval, para interpretar correctamente los nombres de lugares (que son, ante todo, hechos lingüísticos), para fijar sin errores la fecha de los vestigios de un habitat prehistórico, celta, galorromano; para analizar las asociaciones vegetales de un prado, de un barbecho, de un erial. Sin embargo, sin todo ello ¿cómo pretender escribir la historia de la ocupación del suelo? Creo que pocas ciencias están obligadas a usar simultáneamente tantas herramientas dispares. Y es que los hechos humanos son los más complejos, y el hombre se coloca en el extremo de la naturaleza.
Fernand Braudel (1902-1985), “La larga duración”, recogido de Anuales E.S.C., núm. 4, octubre-diciembre de 1958, en La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, El libro de bolsillo, núm. 139, Madrid, 1968, págs. 64-71.
Todo trabajo histórico descompone el tiempo pasado y escoge entre sus realidades cronológicas según preferencias y exclusivas más o menos conscientes. La historia tradicional, atenta al tiempo breve, nos ha habituado a su relato precipitado, dramático, de corto aliento.
La nueva historia económica y social coloca en primer plano de su investigación la oscilación cíclica y especula sobre su duración: se ha dejado embaucar por el espejismo -y también por la realidad- de las alzas y caídas cíclicas de precios. De esta forma, existe hoy, junto al relato (o al «recitativo») tradicional, un recitativo de la coyuntura que para estudiar el pasado lo divide en amplias secciones: decenas, veintenas o cincuentenas de años.
Muy por encima de este segundo recitativo se sitúa una historia de aliento mucho más sostenido todavía, y en todo caso de amplitud secular: se trata de la historia de larga, incluso de muy larga duración. La fórmula, buena o mala, me es hoy familiar para designar lo contrario de aquello que Frangois Simiand, uno de los primeros después de Paul Lacombe, bautizó con el nombre de historia de los acontecimientos o episódica (événementielle). Poco importan las fórmulas; pero nuestra discusión se dirigirá de una a otra, de un polo a otro del tiempo, de lo instantáneo a la larga duración.
No quiere esto decir que ambos términos sean de una seguridad absoluta. Así, por ejemplo, el término acontecimiento. Por lo que a mí se refiere, me gustaría encerrarlo, aprisionarlo en la corta duración: el acontecimiento es explosivo, tonante. Echa tanto humo que llena la conciencia de los contemporáneos; pero apenas dura, apenas se advierte su llama...
El pasado está, pues, constituido, en una primera aprehensión, por esta masa de hechos menudos, los unos resplandecientes, los otros oscuros e indefinidamente repetidos; precisamente aquellos hechos con los que la microsociología o la sociometría forman en la actualidad su botín cotidiano (también existe una microhistoria). Pero esta masa no constituye toda la realidad, todo el espesor de la historia, sobre el que la reflexión científica puede trabajar a sus anchas. La ciencia social casi tiene horror del acontecimiento. No sin razón; el tiempo corto es la más caprichosa, la más engañosa de las duraciones.
Éste es el motivo de que exista entre nosotros, los historiadores, una fuerte desconfianza hacia una historia tradicional, llamada historia de los acontecimientos...
La reciente ruptura con las formas tradicionales del siglo xix no ha supuesto una ruptura total con el tiempo corto. Ha obrado, como es sabido, en provecho de la historia económica y social y en detrimento de la historia política. En consecuencia, se han producido una conmoción y una renovación innegables; han tenido lugar, inevitablemente, transformaciones metodológicas, desplazamientos de centros de interés con la entrada en escena de una historia cuantitativa que, con toda seguridad, no ha dicho aún su última palabra.
Pero, sobre todo, se ha producido una alteración del tiempo histórico tradicional. Un día, un año, podían parecerle a un historiador político de ayer medidas correctas. El tiempo no era sino una suma de días. Pero una curva de precios, una progresión demográfica, el movimiento de salarios, las variaciones de la tasa de interés, el estudio (más soñado que realizado) de la producción o un análisis riguroso de la circulación exigen medidas mucho más amplias.
Aparece un nuevo modo de relato histórico -cabe decir el «recitativo» de la coyuntura, del ciclo y hasta del «interciclo», que ofrece a nuestra elección una decena de años, un cuarto de siglo y, en última instancia, el medio siglo del ciclo clásico de Kondratieff...
Más allá de los ciclos y de los interciclos está lo que los economistas llaman, aunque no siempre lo estudien, la tendencia secular. Pero el tema sólo interesa a unos cuantos economistas; y sus consideraciones sobre las crisis estructurales, que no han soportado todavía la prueba de las verificaciones históricas, se presentan como unos esbozos o unas hipótesis apenas sumidos en el pasado reciente: hasta 1929 y como mucho hasta la década de 1870. Representan, sin embargo, una útil introducción a la historia de larga duración. Constituyen una primera llave.
La segunda, mucho más útil, es la palabra estructura. Buena o mala, es ella la que domina los problemas de larga duración. Los observadores de lo social entienden por estructura una organización, una coherencia, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas sociales. Para nosotros los historiadores, una estructura es indudablemente un ensamblaje, una arquitectura pero, más aún, una realidad que el tiempo tarda enormemente en desgastar y en transportar. Ciertas estructuras están dotadas de tan larga vida que se convierten en elementos estables de una infinidad de generaciones: obstruyen la historia, la entorpecen y, por tanto, determinan su transcurrir. Otras, por el contrario, se desintegran más rápidamente. Pero todas ellas constituyen, al mismo tiempo, sostenes y obstáculos. En tanto que obstáculos, se presentan como límites (envolventes, en el sentido matemático) de los que el hombre y sus experiencias no pueden emanciparse. Piénsese en la dificultad de romper ciertos marcos geográficos, ciertas realidades biológicas, ciertos límites de productividad, y hasta determinadas coacciones espirituales: también los encuadramientos mentales representan prisiones de larga duración...
Georges Duby (1919-1996), “Las mentalidades como objeto de estudio” en La Historia continúa. Debate, Madrid, 1992, págs. 98-100.
Cuando [Lucien]Febvre hizo que me propusieran escribir una breve historia de la civilización francesa... pedí ayuda y me ofrecieron a Mandrou. Trabajamos juntos. Esa labor común nos unió estrechamente -lo que reforzó mis lazos con la «Escuela» [École des Hautes Études en Sciences Sociales]- y nos pusimos a explotar lo que nos legara Lucien Febvre. Marc Bloch, desde Les Rois thaumaturges hasta La société feodal, invitaba a tener en cuenta la «atmósfera mental». Con más insistencia, Febvre invitaba a escribir la historia de las «sensibilidades», la de los olores, los temores, el sistema de valores. Su Rabelais mostraba magníficamente que cada época elabora su propia visión del mundo, que las maneras de sentir y pensar varían con el tiempo, y que, por consiguiente, el historiador está obligado a defenderse en lo posible de las suyas bajo pena de no entender nada. Febvre nos proponía un nuevo objeto de estudio, las «mentalidades». Este era el término que empleaba. Nosotros lo retomamos.
No figura en el [diccionario de] Littré aunque hacia mediados del siglo XIX encontramos este vocablo, que deriva de la palabra «mental», para designar de manera vaga aquello que pasa en el espíritu. A partir de 1880 comienza a usarse: «Mentalidad me gusta -dice Proust-. Hay palabras nuevas como ésta que lanzamos». Por mentalidad se entendía, siempre con igual vaguedad, ciertas disposiciones psicológicas y morales a la hora de juzgar las cosas. Hacia 1920 los sociólogos la adoptarían. El título que eligió Levy-Bruhl para aquella de sus obras que seguramente hizo más ruido, La mentalité primitive, la consagraría. De golpe en el lenguaje universitario, en el que se introdujo rápida mente, su significado se precisó. He aquí la definición que dio Gastón Bouthoul en 1952: «Tras las diferencias y los matices individuales subsiste una especie de residuo psicológico estable, hecho de juicios, de conceptos y creencias a los que se adhieren en el fondo todos los individuos de una misma sociedad». Así lo entendimos nosotros. Sin embargo nos situamos a una cierta distancia, y partimos convencidos de que en el seno de «una misma sociedad» no existe un solo «residuo». Al menos ese residuo no presenta la misma consistencia en los distintos medios o estratos de los que se compone una formación social. Sobre todo, nos negamos a aceptar como «estable» ese, o mejor esos (preferimos el plural) residuos. Se modifican con el curso de los siglos. Proponemos justamente seguir con atención esas modificaciones.
Ya no empleo la palabra mentalidad. No era satisfactoria y no tardaríamos en darnos cuenta de ello. Pero entonces, a finales de los años cincuenta, nos venía muy bien, por sus debilidades, por su propia imprecisión, para designar la terra incógnita que invitábamos a los historiadores a explorar con nosotros, cuyos límites y topografía aún no conocíamos. ¿De qué se trataba en realidad? De franquear el umbral con el que tropieza el estudio de las sociedades del pasado cuando se limita a considerar los factores materiales: la producción, las técnicas, la población, los intercambios. Sentíamos la necesidad urgente de ir más allá, al lado de esas fuerzas cuya sede no está en las cosas, sino en la idea que uno se hace y que en realidad gobierna imperiosamente la organización y el destino de los grupos humanos. Los mismos marxistas, por otra parte, nos enseñaban el camino, pues reconocen que una clase no existe de manera eficaz hasta que quienes la forman toman conciencia de que forman parte de ella. Nosotros íbamos más allá, aunque ni que decir tiene que ese sistema de representaciones mentales más o menos claras a las que la gente se remite de modo más o menos consciente para conducirse en la vida fue determinado en última instancia por las condiciones materiales.
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