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Jules Michelet (1798-1874)
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Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Románticos
Jules Michelet, Curso de historia, Universidad de la Sorbona (1835)
Una condición indispensable para la historia es la de entrar en todas las doctrinas, comprender todas las causas, apasionarse por todos los afectos (todo esto viene a que se le había reprochado no ser demasiado favorable a la Inquisición). Una idea sólo se produce a condición de encontrarse en la mente humana y contribuir al desarrollo general de la humanidad; de este modo es siempre buena, siempre útil, siempre necesaria. La historia despliega una vasta psicología que abarca en un orden sucesivo todas las nociones, todas las facultades que constituyen la inteligencia del hombre; cada noción, cada facultad, se revela a veces bajo la forma de un partido, a veces bajo la de una nación, otras bajo la de una doctrina (he ahí el símbolo) y, a través de los acontecimientos, se impone en el mundo. Cómo extrañarse de que la historia tenga simpatías por el hombre en su totalidad, por su razón, su imaginación, su corazón; por la libertad y por la indulgencia, por el dogma y por la moral; que recoja aquí y allá las partes a fin de reconstruir el todo, y que honre y ame a todas, puesto que en todas ve reflejarse esa imagen sagrada que Dios ha infundido solamente al hombre...
Jules Michelet, Historia de la Revolución Francesa (1847)
La Bastilla, aun siendo una vieja fortaleza, no era por ello menos inexpugnable, a menos que se le dedicasen varios días y una gran artillería. En esa crisis, el pueblo no tenía ni el tiempo ni los medios de organizar un asedio regular; pero aunque lo hubiera hecho, la Bastilla no tenía nada que temer, pues disponía de los víveres suficientes para esperar un socorro tan cercano e inmensas municiones de guerra. Sus muros, de diez pies de espesor en la cima, y sus torres, de treinta o cuarenta pasos en su base, podían reírse por mucho tiempo de los cañonazos; y sus baterías, cuyo fuego apuntaba hacia París, habrían podido, entretanto, demoler todo el Marais, todo el suburbio de Saint-Antoine.
Sus torres, atravesadas por estrechas ventanas y troneras, con dobles y triples rejas, permitían a la guarnición infligir una espantosa matanza a los asaltantes. El asalto a la Bastilla no fue razonable en modo alguno. Fue un acto de fe.
...Nadie lo propuso, pero todos creyeron y todos actuaron. A lo largo de las calles, de los puentes, la muchedumbre gritaba a la muchedumbre: «¡A la Bastilla! ¡A la Bastilla!» Y en medio del toque a rebato, todos oían: «¡A la Bastilla!» Nadie, repito, dio la orden
(…)
¿Qué es lo que sucede en esa corta noche en la que nadie duerme, para que a la mañana siguiente toda disensión, toda incertidumbre desapareciesen con las sombras, y tuviesen todos los mismos pensamientos...?
...Allí, cada cual hizo en su interior el último juicio del pasado; cada cual, con el fin de destruir, lo condenó sin remisión; aquella noche la historia se convirtió en una larga historia de sufrimiento, en el instinto vengador del pueblo. El alma de los padres, que durante tantos siglos sufrieron, murieron en silencio, retornó a sus hijos y habló. Hombres fuertes, hombres pacientes, hasta entonces tan pacíficos, a los que debíais golpear ese día, el gran día de la Providencia. La contemplación de vuestras familias, sin otro recurso que vosotros, no aplacó vuestro corazón. Lejos de eso, contemplando una vez más a vuestros hijos dormidos, esos hijos cuyo destino iba a quedar trazado ese día, vuestro pensamiento engrandecido abrazó a las generaciones libres que se levantarían de su cuna y sintió en esa jornada todo el combate del porvenir...
El porvenir y el pasado darían, los dos, idéntica respuesta; ambos dijeron: «Adelante». Y lo que está fuera del tiempo, fuera del porvenir y fuera del pasado, el inmutable Derecho, también lo dijo. El inmortal sentimiento de lo justo, apaciguó el corazón agitado del hombre y le dijo: «Ve tranquilo. Qué importa lo que pueda sucederte. Muerto o vencedor, yo estoy contigo... »
(…)
La Bastilla no fue tomada, hay que reconocerlo; se entregó. Su mala conciencia la turbó, la enloqueció y le hizo perder el ánimo.
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