|
François Guizot (1787-1874)
Alexis de Tocqueville (1805-1859)
|
Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Liberales
François Guizot, Historia de la civilización en Francia (1827-1830)
Nadie ignora el gran papel que el Estado llano ha desempeñado en Francia; ha sido el elemento más activo y decisivo de la civilización francesa, el que ha determinado, en última instancia, su dirección y su carácter. Considerado desde el punto de vista social, y en sus relaciones con las diversas clases que coexistían en nuestro territorio, lo que se ha denominado el Estado llano, se ha extendido y elevado progresivamente, y ha modificado poderosamente primero, dominado después, y finalmente absorbido, poco más o menos, a todos los demás. Si nos situamos en el punto de vista político, si seguimos al Estado llano en sus relaciones con el gobierno general del país, le vemos, ante todo, aliado a la realeza durante más de seis siglos, trabajar sin descanso por la ruina de la aristocracia feudal, y hacer, prevalecer, en su lugar, un poder único, central, la monarquía pura, muy próxima -al menos en principio- de la monarquía absoluta. Pero a partir del momento en que consiguió esta victoria y llevó a cabo esta revolución, inicia una nueva; se enfrenta a este poder único, absoluto, que tanto había contribuido a instaurar, inicia la tarea de transformar la monarquía pura en monarquía constitucional, e igualmente lo consigue.
De este modo, cualquiera que sea el aspecto bajo el que se le considere, tanto si se estudia la formación progresiva de la sociedad en Francia como la del gobierno, el Estado llano significa, en nuestra historia, un hecho inmenso. Es la más poderosa de todas las fuerzas que han presidido nuestra civilización.
Este hecho no sólo es inmenso; es nuevo y sin ningún otro ejemplo en la historia del mundo. Hasta la Europa moderna, hasta la Francia de nuestros días, no ha habido nada similar a la historia del Estado llano y que sorprendiese tanto a los observadores.
(…)
Situaciones parecidas las ha habido en toda Europa. Pero únicamente en Francia ha habido un verdadero Estado llano. Este Estado llano, que desembocó en 1789 en la Revolución francesa, es propiamente un destino, una potencia que pertenece tan sólo a nuestra historia, y que en vano trataréis de hallar en otras partes.
Alexis de Tocqueville, La democracia en América (1835-1840)
Una gran revolución democrática se está produciendo entre nosotros... Unos la consideran como algo nuevo y, tomándola como un accidente, esperan todavía poder detenerla; mientras que otros la juzgan irresistible, porque les parece el hecho más continuo, el más antiguo I y el más permanente que se conoce en la historia.
Me remito por un momento a lo que era Francia hace setecientos años: la encuentro repartida entre un pequeño número de familias que poseen la tierra y gobiernan a los habitantes; el derecho de mando se transmite entonces de generación en generación, por herencia; los hombres sólo poseen un medio de actuar unos sobre otros: la fuerza. No se encuentra más que un solo origen del poder: la propiedad de la tierra.
Pero he aquí que se funda el poder político del clero y se amplía inmediatamente. El clero abre sus puertas a todos: al pobre y al rico, al plebeyo y al señor; la igualdad empieza a penetrar en el gobierno a través de la Iglesia, y aquel que había vegetado como siervo en una eterna esclavitud, se sitúa como sacerdote en medio de los nobles y a menudo se sienta por encima de los reyes.
Con el tiempo, al hacerse la sociedad más civilizada y más estable, las diferentes relaciones entre los hombres se hacen más complicadas y más numerosas. La necesidad de las leyes civiles se hace sentir vivamente. Entonces nacen los juristas; salen del recinto oscuro de los tribunales y del cuartucho polvoriento de las escribanías, y van a tomar asiento en la corte del príncipe, al lado de los barones feudales vestidos de armiño y hierro.
Los reyes se arruinan en las grandes empresas; los nobles se agotan en las guerras privadas, y los plebeyos se enriquecen en el comercio. La influencia del dinero comienza a hacerse sentir en los asuntos del Estado. El negocio es una fuente nueva que se abre a la autoridad, y los financieros se convierten en un poder político al que se
desprecia y adula.
Poco a poco se difunden las inteligencias, se ve despertar la afición por la literatura y las artes: el espíritu se convierte entonces en un elemento de éxito; la ciencia es un medio de gobierno, la inteligencia una fuerza social; los literatos llegan a los negocios.
Sin embargo, a medida que se descubren caminos nuevos para acceder al poder, se ve descender el valor atribuido al nacimiento: en el siglo XI, la nobleza tenía un precio inestimable; en el siglo XIII se la compra. El primer ennoblecimiento tiene lugar en 1270, y la igualdad se introduce, finalmente, en el gobierno a través de la aristocracia misma.
Durante los setecientos años que acaban de transcurrir, ha sucedido a veces que, para luchar contra la autoridad real y para sustraer el poder a sus rivales, los nobles han otorgado una autoridad política al pueblo.
Con mayor frecuencia aún, se ha visto a los reyes hacer participar en el gobierno a las clases inferiores del Estado, con el fin de rebajar a la aristocracia. En Francia, los reyes han demostrado ser los más constantes y activos niveladores...
Cuando se recorren las páginas de nuestra historia, no se encuentra, por así decirlo, ningún gran acontecimiento, desde hace setecientos años, que no haya redundado en beneficio de la igualdad... Si, a partir del siglo XI, examinamos lo que sucede en Francia cada cincuenta años, no dejaremos de percibir que, al final de cada uno de esos períodos, se ha operado una doble revolución en la situación de la sociedad. El noble habrá bajado en la escala social y el plebeyo habrá ascendido; uno desciende, el otro se eleva. Cada medio siglo les aproxima, y muy pronto van a llegar a tocarse. Y esto no es un caso particular de Francia. A cualquier parte que dirijamos nuestras miradas, observamos la misma revolución que se extiende por todo el universo cristiano...
El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones sociales es, pues, un hecho providencial y contiene sus principales rasgos: es universal, es duradero, escapa diariamente al poder humano; todos los acontecimientos y todos los hombres sirven para su desarrollo.
¿Sería razonable creer que un movimiento social que viene de tan lejos podrá ser suspendido por los esfuerzos de una generación? ¿Puede pensarse que, después de haber destruido la feudalidad y vencido a los reyes, la democracia retrocederá ante los burgueses y los ricos? ¿Se detendrá ahora que ha llegado a ser tan fuerte y sus adversarios tan débiles?
¿A dónde llegaremos? Nadie sabría decirlo, porque ya los términos de comparación nos faltan: en nuestros días, las condiciones entre los cristianos son mas iguales de lo que lo han sido nunca en ningún tiempo y en ningún país del mundo por lo tanto, la magnitud de lo que ya se ha hecho impide prever lo que puede hacerse todavía.
La totalidad del libro que vais a leer ha sido escrita bajo la impresión de una especie de terror religioso producido en el ánimo del autor por el panorama de esta revolución irresistible que camina desde hace tantos siglos a través de todos los obstáculos y que todavía hoy se la ve avanzar en medio de las ruinas que ha ocasionado.
|