Prof. Mario R. Cancel,Catedrático Asociado de Historia | Portada
Cine y novela
De la nouvelle roman a la nouvelle vague y viceversa
Mario R. Cancel
Narración literaria y fílmica han estado en el centro de la discusión teórica desde la aparición de los primeros filmes narrativos a principios del siglo 20. Uno de los ejemplos más ricos de aquel proceso fue el de la revuelta surrealista. Buñuel, Breton, Dalí entre otros representaron las posibilidades de un lenguaje común desde soportes en apariencia contradictorios. El otro momento enriquecedor de aquella relación correspondió a la segunda posguerra mundial y Francia fue otra vez el teatro del mismo.
La nouvelle roman y la narratividad
Las propuestas derivadas de lo que se llamado la revolución proustiana en la narrativa, alcanzaron su expresión de madurez en la experiencia de la nueva novela o nouvelle roman después de 1950. A pesar de que uno de los propósitos centrales de la revolución proustiana consistía en disolver el relato en la narración literaria y en revisar el papel de la intriga como eje textual, al final del camino los hallazgos fueron otros. La diversidad caracterizó aquella discusión central a la naturaleza de la novela moderna.
Por un lado, Alain Robbe-Grillet realizó un esfuerzo peculiar en la recuperación de la intriga e incluso la recargó de significados nuevos. En su novela La doble muerte del profesor Dupont (1953) reinventó la novela policíaca imbricándola con el mundo del mito. La tradicional novela policíaca en el modelo de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, y la novela mito del tipo del Ulises de James Joyce, hallaron en aquella obra un punto de contacto.
En la Doble muerte… el doble o doppelganger, una implicación del sujeto roto de fuertes raíces nietzscheanas, y el carácter cíclico de la historia narrada, se manifestó de manera evidente. El conflicto edipal estribaba en que el detective e investigador del atentado, llamado Wallas, resultaba ser hijo de la víctima, Dupont. El destino de la textualidad conducía a Wallas a asesinar a su padre. La circularidad era traviesa porque el retorno a lo mismo era el regreso a otro estado de cosas. La diégesis narrativa duraba apenas un día. En la obra de Natalie Sarraute Retrato de un desconocido (1956) se arribó al policial paródico cuando el investigador aficionado, luego de muchos esfuerzos terminó por no descubrir nada.
Lo valioso de este tipo de textos fue que en ellos, la gran meta que el realismo naturalismo había consagrado sobre el cimiento del positivismo, es decir, la verosimilitud abría paso al propósito de la fascinación del lector mediante el lenguaje. La fascinación y la verosimilitud están en el centro del debate entre el realismo-naturalismo y el absurdismo y lo fantástico. La revolución que allí se planteaba fue luego completada por autores como Paul Auster en su Trilogía de Nueva York (1989) y, en gran medida, Julian Barnes en obras tales como Antes de conocernos (1982) de un modo más atenuado.
Por otro lado, Michel Butor en El empleo del tiempo (1956) extremó las tendencias subjetivistas que también dilapidaban en relato en una línea análoga a la de Proust o Virginia Woolf. En aquellos narradores lo real se diluía hasta convertirse en pura evocación. En Butor el tema del hombre errante en la hiperciudad industrial, asunto que había trabajado los neorrealistas en la segunda posguerra desembocaba en una concepción que siempre recuerda a Borges: la hiperciudad convertida en laberinto o terra incógnita, estaba presente en El empleo del tiempo. A pesar de los años, aquella atmósfera angustiosa reaparecerá en la relación del detective Quinn alias William Wilson (interesante remedo del doble derivado de Poe) en Ciudad de cristal (1985) de Auster.
En ambas vías, la de Robbe-Grillet y la de Butor, se experimentó con la metaliteratura o metaficción. Se trataba de una escritura sobre el tema de la escritura en la cual el medio reflexiona sobre sí mismo. En el escritor de Madagascar Claude Simon especialmente en El palace (1962), y en la Indochina Marguerite Duras, El amor (1971), se arriba a lo que Jean Paul Sartre llamó en algún momento la antinovela. Si el pretexto de Simon fue la guerra civil española de 1936, el principal componente social de Duras tuvo que ver con la segunda guerra mundial y la cinematografía del 1950 al 1960.
Se trataba de un extremo de la discusión abierta por la nouvelle roman en cual se construían ficciones de modo indirecto, mediante impresiones vagas que el lector debía recomponer. Aquellos textos rompieron con todas las convenciones heredadas de la percepción burguesa de su mejor producto cultural: la novela. Con todo, la antinovela no canceló la novela. No era su pretensión. La idea era refutar el proyecto de la novela moderna (la tradición romántica-realista-naturalista) reconstruyéndola.
De la nouvelle roman a la nouvelle vague: vasos comunicantes
La experiencia francesa y europea fue en extremo rica en la medida en que los escritores produjeron para el cine y viceversa. Con ello experimentaron las intertextualidades del mundo de la imagen y la letra. Los casos de Marguerite Duras, Michel Butor y Pier Paolo Pasolini fueron los más sintomáticos. La hiperrealidad filmica y la hiperrealidad literaria chocaron en sus puntos de encuentro.
Aquello que se ha llamado la nouvelle vague o nueva ola alcanzó su carta de presentación pública en el Festival de Cannes 1959. Se trataba de una nueva generación de directores que pretendían, ante el corporativismo de Hollywood, afirmar una experiencia cinematográfica alternativa. Ello implicaba establecer con el producto cultural una relación análoga a la del autor con su libro a pesar del peso de la naturaleza colectiva de la producción cinematográfica.
Las figuras centrales de aquella propuesta fueron François Truffaut, autor de Los cuatrocientos golpes (1959); Jean-Luc Godard director de Le Petit Soldat (1960) y Breathless (1961); y el documentalista y cineasta Alain Resnais quien en Night and fog (1955) e Hiroshima mon amour (1959), comentarios sobre los campos de concentración alemanes la primera, y un experimento con la narradora y cineasta Marguerite Duras en el contexto de la devastación nuclear de Hiroshima en la otra.
La revolución literaria de la nouvelle roman y la revolución cinematográfica de la nouvelle vague eran análogas, respondían al agotamiento de los medios en su tiempo. Pero condujeron a fines diversas. La técnica clave en la construcción de la narración fílmica en la nouvelle vague tuvo que ver con el uso de la cámara la cual se manejaba con libertad y espontaneidad. La intención era configurar un cine espontáneo y de bajo costo, sin los criterios de calidad técnica de Studio que alcanzara la meta de producir un realismo poético. Las convergencias de aquella propuesta con el imaginario de la tradición del Cinne Cittá de la época de Benito Mussolini, el kinoglaz o cine ojo soviético y neorrealismo italiano de la época de posguerra que usualmente se asocia a la figura de Roberto Rossellini y su “Trilogía de la guerra,” son evidentes.
El montaje de la nouvelle vague proponía una conciente ruptura de la continuidad fílmica mediante la descomposición del flujo de imágenes. Los neorrealistas italianos habían experimentado con aquel recurso mediante la técnica del decoupage que consistía en hacer las secuencias mediante el montaje de escenas breves construidas con fragmentos de distintas tomas. Las implicaciones de aquella experiencia en el filme eran enormes. Perdida la fluidez se llegaba al nivel de una montaje sucio o impuro que apropiaba las imperfecciones que se presumía el ojo recogía en la mirada.
El uso de la cámara en mano fue crucial. La imagen que se recuperaba con aquella técnica proyectaba los saltos y los movimientos de quien la cargaba, hecho que confería un realismo participativo al observador. La técnica del decoupage y la multiplicación de planos en la narrativa; y la pérdida de fluidez visual y la evocación en la nueva novela y la antinovela cumplían funciones análogas.
El otro elemento de aquel cine consistía en la improvisación de parlamentos y en el juego con la disonancia o mezclas de sonidos, ruidos y diálogos de lo cual Godard fue un verdadero maestro. Algunos procedimientos como el relieve en el tiempo de Proust y los juegos de paréntesis espacio-temporales en Simon, aspiraban al mismo efecto con la palabra.
Los temas centrales de la nouvelle vague fueron el rebelde sin causa (Godard, Breathless, 1961), el problema de la guerra en general y los casos de Argelia y Vietnam en especial. Pero el proceso auspició la discusión del asunto femenino. Lo más interesante, y aquí la convergencia con el nouvelle roman es crucial, fue la introducción de la discusión del tema del cine como sistema de representación dentro del cine. Truffaut en La noche americana de 1973 produjo un texto sobre la metaficción fílmica brillante.
En ambas esferas se genera una dialéctica interesante en la cual el texto (fílmico o narrativo) como mundo clausurado y armónico (relato) reta a la vida incierta e inarmónica (existencia). Se trata de dos representaciones válidas en cuyo juego ninguna puede reclamar la primacía.
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