MEMORIA
HISTÓRICA DEL CISA
Mitos Fundacionales
Manuel Valdés Pizzini
Catedrático Asociado Departamento de Ciencias Sociales y Centro de Investigación Social Aplicada
Martes 21 de septiembre de 1999
Les doy las más expresivas gracias por invitarme a abrir esta serie
de charlas sobre el trabajo de CISA. Para conversarles sobre lo que
se convirtió literalmente en mi razón de vivir. Esta ha sido
una
oportunidad que me ha permitido reflexionar sobre la trayectoria
del
centro, sobre mi participación en el proceso, y sobre
las posibilidades.
Esta es, debo advertir, una visión muy personal, lo
que la hace
probablemente bastante inexacta y prejuiciada.
Al enfrentarme a este tema, el Dr. Walter Díaz me sugirió, a modo
de
broma, que debía conversar sobre los mitos fundacionales de
CISA.
Walter no sabía que en esos momentos me
encontraba precisamente
sobre ese tema (el de los mitos fundacionales, y la memoria) en
relación
los bosques y a la formación de sistemas de manejo de
los bosques en
Puerto Rico, especialmente en la transición del siglo, trabajo que
realizo como parte de mi proyecto de Licencia Sabática.
No hay manera de hablar de los bosques sin antes sumirse uno en
las mitologías, en las leyendas en los cantares de gesta, en las sagas,
y en los poemas épicos que marcan la vida natural de sus rodales,
sus
frondas, su soto bosque, y su enigmática selva. Tampoco es
posible
hablar de ellos sin sumirlos en las historias fragmentadas
que nos
llegan desde los mitos indígenas, o de las
conceptualizaciones
medievales que se forjaron sobre los
bosques, probablemente entre
los siglos 11 y 12, donde se
cuajaron muchas de las historias que ya
habían sido contadas
por chamanes y poetas de las primeras
sociedades recolectoras
y cazadoras. Tal vez, es necesario recurrir al
al viejo oficio de rescatar la memoria, y a la tradición levistrossiana
de escuchar mitos.
Por eso, decidí abalanzarme sobre esta reflexión sobre la memoria
y los mitos fundacionales de CISA, pero siempre atado a la
investigación
como herramienta, verificando documentos,
las observaciones y las
fuentes. Tengo también como meta, en
esta charla, adentraros en el
espíritu de la jornada y ofrecer, a partir
de ello, algunas palabras de
aliento y orientación. En relación a
la jornada, debo admitir que una de
mis obsesiones lo es el relato de la Odisea de Homero, y la
Odisea
latinoamericana de la novela Los
Pasos perdidos, de Alejo Carpentier
me brindan el auxilio para tomar rumbo seguro a Itaca: para salir en
este viaje mitológico y fabuloso por los orígenes de CISA y su
larga
larga jornada en las Ciencias Sociales de este recinto. Tal vez me
fascina esta historia por ser la narración de un largo, nunca lineal,
y accidentado viaje por un archipiélago, atravesando el proceloso mar
y enfrentando cíclopes y testrígones para llegar a casa, esa casa que
se alberga los sueños y los proyectos de quienes la hemos pensado
y
amado. Por estas razones no tengo otra alternativa que hurtar de
los
héroes y heroínas de esta épica.
Como tengo la meta de hablar de los trabajos y de los días de CISA,
es menester también invocar las musas, como lo hizo el poeta
Hesiodo
en el proemio de su obra Teogonía:
¡Salud, hijas de Zeus! , concededme un canto conmovedor; celebrad
el sagrado linaje de los Sempiternos Inmortales, los que nacieron
de Gea y del estrellado Urano; de los de la oscura Noche y los que crió
el Salino Ponto. Decid cómo nacieron al principio los dioses, la tierra,
los ríos, el mar sin límites, que furioso se precipita con su oleaje,
los
los brillantes astros y el amplio cielo en lo alto, y los que de
éstos
surgieron, los dioses distribuidores de bienes, cómo se
dividieron la
riqueza, cómo se distribuyeron las esferas de la influencia
y cómo, por
primera vez, ocuparon el sinuoso Olimpo. Contadme
esto, Musas…, y decidme lo que hubo antes de ellos.
En el principio…: el mito de los orígenes
Una de las razones por las cuales he sido invitado a esta charla,
es
porque en la memoria colectiva está plasmado el hecho de que
fui,
según reza la publicidad de este evento, el primer director
del centro.
Esto lleva implícito el acto de fundar y gestar este
proyecto de
investigación social aplicada y educación universitaria.
Si existe
algún mito fundacional sobre CISA, es precisamente ese
sobre el
papel que desempeñé en su origen. Habrá que proceder
a
desmitificarlo y de paso a precisar responsabilidades en este
proceso.
Este departamento contaba con la existencia de un trayectoria
de
investigación que se realizaba de manera individual y cubría
una
diversidad de áreas, tales como: historiográfica sobre las
luchas
luchas emancipadoras, la trayectoria histórica de la
nación
puertorriqueña, la genealogías de familias locales, la
migración corsa
en la Isla, el comportamiento de los primates y su relación con
la
evolución de la sexualidad, inventarios de
cultura popular y usos del
espacio en nuestros municipios, historia
del proceso de conquista en
América Latina, la crisis energética y
la reestructuración del orden
mundial, y los procesos electorales y
los partidos políticos, entre
otros. Existían también proyectos sobre
la localización del sistema de
carreteras, y sobre la
transportación pública, esfuerzos
multidisciplinarios entre Sociología e Ingeniería, en los que
colaboraron el Dr. Jaime Gutiérrez y el Dr. Felipe Luyanda de
Ingeniería Civil.
En 1980 el Programa Sea Grant, bajo la tutela del Dr.
Manuel Hernández Ávila comenzó a darle forma a una
iniciativa investigativa en las Ciencias Sociales sobre los pescadores
de la Isla, y sobre aspectos relacionados con el uso de los
recursos marinos y costeros en general. Era el kairos , era el
momento preciso. En términos de política pública y de
formación institucional tomaba auge la necesidad de
sistemas “racionales” de manejo de los recursos. Por mandato legal,
las Ciencias Sociales debían proveer parte de la información
necesaria para elaboración de planes de manejo pesquero, o evaluar
el impacto de proyectos en desarrollo. Para levantar una agenda en
esta dirección, Sea Grant convocó a los especialistas principales
en antropología marítima de los Estados Unidos vino a organizar
los esfuerzos. En aquel tiempo yo me encontraba haciendo
trabajo etnográfico desde 1979 sobre las empresas pesqueras en
Puerto Real de Cabo Rojo, y también formé parte de ese
esfuerzo investigativo, como miembro de la facultad de
Ciencias Sociales de la Universidad Interamericana, donde fui
profesor de 1979 a 1982. El Programa Sea Grant decidió contratar
a Bonnie McCay y a Jaime Gutiérrez para escribir las propuestas
de investigación: una sobre el perfil socioeconómico de los
pescadores y otra sobre las asociaciones de pescadores y otra sobre
las asociaciones de pensadores. Debido a mi experiencia de campo
fui contratado como asistente de investigación del Dr. Gutiérrez. Junto
a él atravesé la Isla, y la conocí por sus carreteras y recovecos, a los
que no conocía mejor que yo. Durante esta jornada escuché
atentamente sobre la posibilidad de un proyecto político maravilloso.
Ese proyecto político consistía en valorar las Ciencias Sociales en
el RUM más allá de lo que ya eran valoradas, especialmente en el
campo de la investigación. Era parte de una ruptura epistemológica,
para poder crear una nueva forma de hacer investigación en
las Ciencias Sociales: de manera colectiva y aplicada. Ese
proyecto político consistía en establecer alianzas de trabajo
y colaboración con las Ciencias Naturales y las aplicadas, o sea,
con Ingeniería, Ciencias Marinas, Biología, y Ciencias Agrícolas. Aquí
en el recinto esta era una nueva historia jamás escuchada que
abría
posibilidades de eso que ahora llamamos la
interdisciplinariedad:
investigadores con proyectos decididos a pensar unitariamente
un problema y una situación, para ofrecer enfoques amplios para
su identificación y solución. El trabajo interdisciplinario requiere
que atravesemos los desconocidos bosques de los otros
saberes, reconociendo ellos sus mitos y fábulas, así como así con
sus certezas y aciertos.
El primer paso, tal vez el fundamental, consistía en hacer
proyectos multidisciplinarios, donde colegas de diversas
disciplinas trabajásemos en conjunto, para así llegar a soluciones lo
más cercanas a lo interdisciplinario; un equipo actuando como una
sola meta, con sus contradicciones y dilemas, pero al unísono.
El proyecto revolucionario, porque lo era, consistía en derribar
las murallas de esas otras ciencias, y tomar el cenit por asalto.
“Mira Manolo” -solía decirme- “uno empieza a hacer estos proyectos
y les demuestra que uno puede aprender de ellos, tanto como
ellos pueden aprender de nosotros; les demostramos que las
Ciencias Sociales pueden aportar y que somos
absolutamente necesarias, y sobre todo, valemos igual”.
Para Jaime Gutiérrez Sánchez, como a Prometeo, la misión que
definió su virtud, lo fue la gesta de arrebatarle el saber a los
dioses, para entregárselo a los mortales. En este recinto, demás
esta decirlo, por mucho tiempo (y aun todavía quedan resabios)
las Ciencias Sociales fueron, ante los ojos de los otros, los
míseros mortales. Ese sueño le volvía en las noches y en sus
trabajos cotidianos. No recuerdo un día de campo, en que don Jaime
no me relatara las formas de su sueño, de esa utopía, pero que era
el paso necesario en un departamento que sí era importante y que
tenía la responsabilidad histórica (o mitológica) de dar ese próximo
e ineludible paso, como una forma de potenciarse colectivamente,
y transformar su práctica pedagógica.
Debo admitir que con Gutiérrez yo aprendí a ir más allá del
discurso de las ciencias para adentrarme en la praxis y en la
posibilidad de comunicar, de contar las historias y mitos, de compartir
de saberes. Si existe algo en mí de verdadero científico social, eso se
lo debo a Don Jaime, de quien lo aprendí, no se si al pié de la letra.
Si Carlos Buitrago me enseñó el arte de la etnografía y de la historia,
de Gutiérrez aprendí la disciplina metodológica y sociológica, así como
la seriedad y el compromiso con una perspectiva amplia dentro de
las Ciencias Humanas. Con él aprendí el oficio de escribir. Allí, en
las costas de la ínsula, en los muelles junto a las cóncavas naves yo
era aprendiz de alquimista y de mago, y también de relator de
esas fábulas de la interdisciplinariedad, y de esa utopía, ese espacio
que no existía, donde fuera posible la ciencia social aplicada, como
el más absoluto principio del saber: investigación, acción, praxis,
todo en función de la educación de nuestros estudiantes y la
nuestra, aportando al país. Para ello había que un bardo antiguo
poseído en la absoluta entrega de transmitir. Había que ser Hesiodo
y Homero, o Safo: había que escribir y contar.
Hay gente que sueña, y lamentablemente, despierta al cabo de
unas horas. Hay otras que persiguen ese sueño con la pasión de
los obcecados, quienes se lanzar en esas jornadas trabajosas y
heroicas para llegar a Itaca, o llegar a la tierra prometida,
personas movidas y poseídas por la visión, gente con la espada
del guerrero, y con la palabra presta para convocar, contar, y
convencer.
He ahí la definición de los imprescindibles.
En 1985 pasé a ser parte del equipo de trabajo del programa
Sea Grant en calidad de coordinador de asesoría marina, y como
director asociado. Llegué allí con la misión de aplicar el conocimiento
de la Antropología a identificar y litigar los problemas del uso d la costa
y los recursos marinos, para transferirles a los usuarios información
y tecnología. Desde allí se plasmaba ese proyecto interdisciplinario,
al que me había comprometido en alguna playa de esta Isla. En
esa década era evidente la aportación de las Ciencias Sociales al
manejo de recursos pesqueros, cuando los trabajos nuestros
se integraban a las políticas de manejo, y se desarrollaba en Sea
Grant una agenda de trabajo aplicado que nos llevo a contratar
por primera vez un asesor marino cuyo trasfondo no era en las
Ciencias Marinas, y sí en un campo en el cual las Ciencias Sociales
eran centrales: la Recreación y el Manejo de Recursos. En ese
entonces contratamos a Ruperto Chaparro, quien es hoy el
director
interino del programa. Estas políticas del programa se
nutrieron de la
aportación sistemática, y del consejo de Dr.
Gutiérrez, quien muy
acertadamente sirvió de mentor a los directivos
del mismo. Es
importante recalcar el hecho de que en aquel
momento, como ahora,
se lograron proyectos de
investigación, conferencias y talleres entre
el Departamento de Ciencias Sociales, Sea Grant, y otras
entidades
gracias al apoyo de la Profesora Barbot a estos esfuerzos colaborativos.
Mientras tanto, en Rutgers empezaba su doctorado María Cruz,
una estudiante de Biología Marina de Humacao, quien en su último
año trabajo con Don Jaime y conmigo en los proyectos sobre la pesca,
y decidió ir a esa universidad a estudiar antropología y ecología
humana con Bonnie McCay, una de las antropólogas más
importantes sobre este tema. Hoy, María Cruz es una de las líderes en
el campo de la Antropología marítima y aplicada en los Estados Unidos
y reconocida internacionalmente por sus trabajos sobre las
pesquerías de México. Traigo esto a colación, porque es una historia
de éxito, y porque María fue el norte de lo que se quería lograr con
este proyecto de CISA. Mentaría, oportunidad de
investigación,
interdisciplinariedad, y apoyo a los estudiantes. Como María Cruz,
hoy contamos con muchos estudiantes que
están alcanzando logros
impresionantes y de quienes nos sentimos orgullosos.
A finales de los 1980's, se dio auge en los Estados Unidos
de programas de investigación en los “community colleges”
y universidades pequeñas, como una manera de fomentar
la investigación y precipitar la colaboración de la universidad con
la comunidad. Gutiérrez y la Dra. Olga Hernández tenían a su
haber estudios sobre los usos de los recursos de agua en la
recreación (en los embalses y “lagos”), y ambos compartían el
mismo interés por el desarrollo de esos centros. Con fondos de
la universidad visitaron varios de esos centros para
recopilar información sobre diversos modelos de investigación y
acción, y ahí comenzaron a darle forma a la idea de tomar ese modelo
de investigación y acción, y ahí comenzaron a darle forma a la idea
de tomar ese modelo para aplicarlo al RUM. Interesantemente,
en nuestras conversaciones, Don Jaime vislumbraba en centro con
una actividad similar a la que hoy día realizan profesoras/es como
Janet Bonilla, Milagritos González, Eddie Marrero, Douglas Santos,
Luisa Seijo, Robinson Rodríguez, Walter Díaz y Maite Mulero: un
taller donde se brindara servicios a la universidad y a la comunidad
en general, con perspectivas amplias, orientados a mejorar su
calidad de vida, y sus conocimientos para apoderarse. Gutiérrez y
Olga Hernández impulsaron este sueño, que no era otra cosa que
el mismo sueño que me había compartido años atrás.
En 1989 se dio la curiosa coincidencia y sincronicidad de que
Don Jaime arribó a la dirección del departamento y yo tenía el
más profundo deseo de dejar a Sea Grant y los estudiantes
del departamento se habían realizado tres proyectos: uno
sobre conflictos pesqueros, y otro sobre las amenidades de apoyo a
las actividades recreativas en la costa. Es decir, se había
consolidado una relación de trabajo que facilitó y precipitó mi llegada
al departamento ya nos lo habíamos apropiado. Para quien a esta
altura todavía tiene dudas, esta parte de mi relato es un
homenaje, sencillo y profundamente respetuoso a quien le debemos
en su origen esta utopía hecha realidad que hoy llamamos CISA.
El lado oscuro de CISA: el terror y el ojo panóptico del Estado
CISA comenzó con la remodelación de lo que es hoy el centro
de computación. Allí ni siquiera teníamos una computadora.
Escribimos una propuesta para fondos seminales a la Facultad de Artes
y Ciencias para iniciar un proyecto sobre el desplazamiento social en
la zona costanera. Con estos fondos compramos la primera
IBM compatible con un minúsculo disco duro. Mi amigo y colega
Mario Núñez donó una impresora, y desde entonces hubo un centro
de verdad. Hoy todavía existe la computadora, Chuchin le han
llamado los estudiantes, de cariño, y está en el centro como icono
que nos recuerda los humildes orígenes del centro.
Cuando comenzamos a levantar a CISA no fue fácil. Primero
no teníamos dinero por lo que el esfuerzo debía ser uno de parte de
la facultad. Por otro lado, no todo el mundo compartía este sueño. A
mí siempre me pareció que teníamos más detractores dentro
del departamento que fuera de él. Esto se debió a que
apenas comenzábamos y nos ensimismamos en la enorme agenda
de trabajo que requirió el centro. No obstante, y para ser sincero,
nunca fuimos muy buenos en convocar y comunicar a la facultad sobre
lo que hacíamos, por lo que este evento se reviste de una
enorme importancia para nosotros.
La soledad de ese momento originario en el que se deshace el caos
y se da paso al principio significó que el puñado de personas
que trabajábamos en el centro tuvimos que hacer un
compromiso
profesional y personal para levantarlo. Afortunadamente, para
ellos contamos con el apoyo incondicional del estudiantado adscrito
a CISA. Ellos y ellas, quizá con mayor visión al futuro, con
las
posibilidades en sus manos, con la capacidad de
cosechar inmediatamente y legar para las futuras generaciones
una
experiencia educativa de trascendencia: ellos y ellas hicieron posible
la consolidación de este sueño que en ese momento se convirtió en
una meta colectiva.
Para levantar a CISA como espacio concreto nos decidimos a
hacer trabajos por consignación. No se como fue, ni tampoco
quiero acordarme bien, pero empezamos a hacer trabajos para la
Policía de Puerto Rico. Para alguien criado en los 60's, que llegó a la
UPR en períodos huelgarios y a finales de la guerra de Vietnam, y con
la memoria muy clara de su papel de persecución de la izquierda, para
mi era éticamente inaceptable colaboración.
Pero aquí había un giro interesante que ameritaba explorarse. Era
la Superintendencia Auxiliar de Relaciones con la Comunidad
(SARC), una división que durante la gobernación de Hernández
Colón tomó un giro especial. Esta era la misma gente que
había levantado la Liga Atlética Policíaca para combatir el crimen
desde el aforismo de “mente sana en cuerpo sano”. En ese
momento Puerto Rico vivía una de sus crisis de criminalidad
más agudas. La primera trinchera de lucha sería la escuela por medio
de un programa de resistencia a las drogas que llamó DARE y que
estuvo co-auspiciado por los Clubes Rotario. Aquí se combinaban
una serie de elementos que a nosotros como científicos sociales
nos interesaba: la participación de sectores de la comunidad, la
escuela como institución contra la criminalidad, y la participación de
la policía en programas educativos de prevención, de los que
estaban seguros eran la única posibilidad para salvar al país.
Este estudio de evaluación del programa nos brindó la oportunidad
de ofrecer un servicio valioso a la comunidad, y a la mano dura contra
el crimen, que desde entonces pugnaban por recursos, méritos
y prioridades institucionales dentro del cuerpo de La Policía.
Ojalá las contradicciones hubiesen quedado ahí. Tras ese
esfuerzo llegó la oportunidad de tener un proyecto mayor, con
un contrato cerca de 80 mil dólares, para evaluar el programa de
los Consejos de Seguridad de la Fortaleza, en conjunto con la SARC.
Los CSV eran organizaciones comunitarias dedicadas a reducir
la criminalidad en su área por medio del mantenimiento y
modificación ambiental de sus vecindarios, de mantenerlos
óptimamente por medio de una comunicación estrecha con los
servicios de las agencias gubernamentales, e informar
sobre actividades sospechosas en la comunidad,
vigilándola constantemente.
Primeramente, un proyecto de esta naturaleza nos permitiría
reclutar un equipo multidisciplinario de profesores/as y un
número considerable de estudiantes con quienes se consolidaría
un mega-proyecto de CISA. Por aquellos días, buscamos y se nos dio
la oportunidad, gracias al Dr. Juan G. González Lagoa, y a la Ing.
Idalia Larragoiti, de rescatar y ocupar un enorme espacio en el Centro
de Investigación y Desarrollo, el cual tenía que ser remodelado
por completo, con nuestro dinero unos $20,000 en 1991. La facultad y
los estudiantes que trabajaron en ese proyecto entendieron eso
muy bien, y se logró hacer los ajustes necesarios para todo el
mundo cobrara menos dinero, y con esos ahorros se logró remodelar
y ocupar a CISA, tal y como lo tenemos ahora. Ese edificio existe
gracias al sudor y al compromiso de nuestros estudiantes y de
la facultad que participó en ese proyecto.
En ese proyecto ofrecimos en enfoque multi-e
interdisciplinario combinando perspectivas cualitativas y cuantitativas,
y métodos etnográficos, entrevistas, encuestas e historiografía, en
la colaboraron los profesores Joseph Agüero, Lizzette Ocasio,
Jaime Gutiérrez, y este servidor. Ese fue el primer gran taller
donde empezaron curtirse en investigación de campo muchos
de nuestros estudiantes, entre ellos José Giraud, Marta
Maldonado, Tamara Z. Acosta y Omayra Sebastián. Eran los tiempos
en que para usar SPSS había que entrar datos en las noches, a partir
de las 8:00 pm desde el terminal de la VAX en el Departamento;
Agüero, en conjunto con varios estudiantes perdieron varias noches
en ese agotador y desquiciante proceso.
Este proyecto fue un experimento para nosotros en política
pública, en estudios de comunidades y en observar, tal vez
demasiado cerca, al poder y la capacidad del estado para vigilar. En
1992 se entregó el informe final y se hizo una presentación de
os resultados ante el gabinete del gobernador en la Fortaleza.
Los resultados del proyecto fueron, en el balance de
cuentas, fascinantes y en extremo valioso, tanto por sus
conclusiones, como por el análisis del contexto social de dicho
proceso.
Ese era un momento único. El país se deshacía con una ola criminal
y un desasosiego económico que empujó a miles de profesionales a
la nueva marca de la diáspora, la Florida. El subterfugio para
abandonar el país lo fue el miedo a la criminalidad, y a las
experiencias cotidianas con la violencia. Sobre la vida diaria de
los boricuas se había puesto en escena, lo que yo llamo: “las figuras
del terror cotidiano”. Una de las fuerzas que movía al estado y a
la comunidad lo era el miedo absoluto a la criminalidad, percibida
como rampante e inevitable. Para contrarrestar ese miedo, el
estado desarrolló el programa de los Consejos, quienes se
convirtieron en “los ojos y los oídos de la Policía”. Violentando la
regla cultural boricua de “odio al chota” y amparados en todos
los signos de miedo y el terror cotidiano a la criminalidad rampante,
esta organización se convirtió en custodio de la seguridad, y en un
giro irónico en una organización crítica del estado en su incapacidad
por resolver el problema del crimen, y la percepción del mismo en
el imaginario popular. A pesar de su actitud--en ocasiones--
contenciosa, los Consejos sirvieron para convertirse en una
extensión del ojo panóptico del estado en su misión de vigilar.
De las comunidades rurales de la altura, a las parcelas, al caso
urbano de los pueblos, atravesando por residenciales y
urbanizaciones de casi todos los niveles de clase, los CSV
se organizaban para modificar el espacio vivencial, convocar a
la comunidad, vigilar, forzar al estado a castigar, regular, intervenir,
e inclusive armarse del poder y sus herramientas cotidianas. Jamás,
la sociedad civil había quedado tan aponderada, y jamás el estado vio
al ciudadano común con tanto recelo y miedo, tal vez con terror de
que se convirtiera en una fuerza incontrolable.
Memoria y edad mítica
Para el historiador francés Jacques LeGoff los mitos de origen son
“la esfera principal en la que se cristaliza la memoria colectiva de
los pueblos sin escritura”, y el espacio donde se le da un
fundamento “aparentemente histórico” a la existencia de estos
grupos. Como en CISA no practicamos esa escritura de documentar
en detalle “la historia” del centro, hemos de depender de este
relato que se refiere a esa edad mítica del origen, contada por
este genealogista, sacerdote o bardo, a quien le toca hoy la tarea
de brindar una visión, más o menos coherente, de la trayectoria de
esta humanidad “cisística”, narraciones usualmente compartidas en
los rituales y las conmemoraciones. Por eso, hemos recurrido al acto
de conmemoración, que en este día y manera fortuita
(¿fortuita?) coincide con la conmemoración del último evento caótico
y desordenado de esta Gea, de esta tierra.
Los/las practicantes de las Ciencias Sociales, especialmente
quienes dedicamos algún tiempo a las entrevistas de historias de
vida, sabemos que existe un débil lazo entre la memoria y la
realidad, entre la narración de los hechos y la posibilidad de los
hechos mismos. A veces nuestros interlocutores no pueden
precisar unas fechas, unos procesos de sus vidas. Y al otro lado, con
la libreta en mano y el micrófono de la grabadora, hay cierto
desespero de nuestra parte. Quedan así confirmadas las hipótesis
de que la memoria y el recuerdo son frágiles, y en nuestra
construcción de la realidad tiene visos de ser un ejercicio en ficción,
o por lo menos en una narrativa que solo tiene que ver de
manera fragmentada e ilusoria de la realidad. Por eso este relato que
les comparto es profundamente impreciso.
Mientras rescataba de mi memoria algunos de estos episodios
del tiempo mítico había una enorme confusión sobre lo que
ocurrió primero y que vino después. Perdidos los calendarios y
agendas, solo quedaban mis notas de campo, para corroborar los
trazos de mi memoria. Pero las notas en mis cuadernos (tres para
1990), con pretensión de certeza etnográfica eran confusas. De
ese examen puedo precisar un puñado de hechos, que nos permiten
el grado de locura de inmersión en el trabajo de CISA. En la
postrimerías de 1989, todo el 1990, y gran parte de 1991, en CISA se
dio lo siguiente: estudiantes y facultad formamos parte de un estudio
del Departamento del Trabajo sobre oferta de mano de obra agrícola
en los mercados laborales de los Estados Unidos; un
proyecto multidisciplinario con la participación de biólogos
marinos sobre le uso y selectividad pesquera de las redes de pesca;
se enviaron estudiantes a los internados de verano del programa
MOST; un proyecto sobre la participación comunitaria y
saberes populares en el bosque seco de Guánica; fuimos
los coordinadores de programa de la reunión anual de la Asociación
de Estudios del Caribe en la Habana, Cuba (que nos sirvió
de experiencia para esfuerzos similares con la Asociación
de Historiadores de Puerto Rico, y la Puerto Rican Studies
Association); remodelamos a CISA; se desarrollo un centro de
cómputos; e iniciamos el proyecto de CUSTOMER en El Yunque.
En retrospectiva, no sé como lo hicimos, y que extraña fuerza
nos empujo a hacerlo. Pero ese período de tiempo ocurrieron cosas
que me parecen tomaron toda una vida, y todavía no están
terminadas. Ese fue, en lo fragmentario de mi memoria y los
documentos, la “edad dorada” que dio origen a la consolidación de
CISA.
El bosque como lugar del nacimiento mitológico de CISA
En alguna coordenada de ese tiempo que no logro precisar
me ocurrió algo en extremo curioso. Cansado tal vez, al igual que
Ulises, de navegar por esos estudios de los usos del mar y de la
costa, decidí refugiarme en tierra firme, y adentrarme en los
bosques, salir de las aguas y buscar otras experiencias. Entonces
tuve la dicha de conocer a la profesora Migdalia Álvarez Ruiz del
UPR Ponce, bióloga, especialista en bosques húmedos tropicales,
quien en ese momento realizaba un proyecto de investigación-
acción ambiental con las comunidades de Guánica, al que me invitó
a colaborar. El encuentro con Migdalia fue, como poco, mágico
y epifánico porque con ella yo aprendí una nueva manera de
hacer ciencia, y me acerqué a una nueva dimensión de
lo interdisciplinario. Ella me llevó a conocer a los bosques con
la sensibilidad de la poesía y la biología, para uno comprender que
esto que llamamos ciencia, tiene que ser realmente otra cosa. Que
eso que queremos conocer se encuentra siempre más allá, en el
reino de otros saberes, y requiere de nosotros/as la capacidad
abrirnos a la posibilidad de saberlo todo, a caminar los senderos de
la naturaleza con la firme capacidad de aprender botánica,
mitología, astronomía, zoología, etnología, literatura,
economía, sociología, psicología jungiana, química, historia,
genética, política, ecología, y hasta la alquimia.
La experiencia del Bosque Seco de Guánica permitió ampliar
nuestros viajes de campo con los estudiantes, una tradición, un
tanto extraviada, que se había consolidado en aquella época, y de la
que Alfonso Latoni fue uno de sus originadores y más
consecuentes gestores. Eventualmente, y a través de CISA
hicimos trabajos sobre el Bosque Seco de Guánica en la que
adquirieron experiencias de campo muchos de nuestros estudiantes,
o afinaron sus destrezas en aspectos relacionados al manejo. A
partir de ahí, Tamara Acosta hizo su tesis de maestría y Carmen Lugo
se preparó para sus estudios en Sociología Ambiental, y
Madeline Troche continuó con su interés en los bosques, solo
para refugiarse en los estudios urbanos en Chicago.
Con esa experiencia, yo personalmente me encontraba
preparado para hacerle frente a esa oportunidad de investigar en
El Yunque. En ese esfuerzo nos convocamos Alfonso Latoni,
Virgilio Rodríguez y este servidor. Este proyecto cuya historia
es extrañísima puede resumirse en lo siguiente: fue un estudio
de visitantes, utilizando las técnicas de la encuesta y los estudios
de mercadeo para visitantes (consumidores / “customers” ) de
áreas naturales protegidas bajo el Servicio Forestal. A este estudio
le siguió un estudio cualitativo (entrevistas) sobre las percepciones
de los visitantes, su imaginario sobre El Yunque, a las necesidades
de información; estudio de base para el desarrollo de exhibiciones en
el centro de visitantes (que eventualmente se construyó con el
nombre de El Portal) seguido esto de una evaluación de los
prototipos de las exhibiciones.
Pero desde el primer día supimos que este proyecto significaba
otra cosa, era la terapia de lo natural, la magia del bosque,
los arquetipos, el lugar de la fundación de la nación, los
mitos ancestrales, los espíritus, lo religioso, la diáspora, el nostos
(el regreso de los griegos), era la Vía Láctea y otras galaxias, era
la ocupación militar de la Isla y la apropiación de lo que
verdaderamente es nuestro. Es posible que los oficiales del
Servicio Forestal nunca lo entendieran a cabalidad, pero nosotros,
un equipo formado por personas de diferentes ideologías y
disciplinas, teníamos bien claro de lo que se trataba. Allí, en
la intensamente verde y lluviosa floresta nos convocamos el
mayor número de estudiantes y facultad por el período más largo,
todos los fines de semana y largos segmentos de los
veranos, conviviendo, cenando, inventando historias, haciendo
ciencia social. En ese proyecto, que en mi visión, no ha existido
otro igual, ni tiene que existir, se consolidó lo que nosotros
queríamos que fuese CISA; un espacio para el diálogo, un lugar
que aliente la capacidad de asombrarnos, experiencias de campo,
el espacio para (estudiantes) ser administradores de
proyectos, experiencias el logística, la camadería y el trabajo fuerte
de una escuela de campo de etnográfica, la convivencia, la
discusión sobre las teorías y su aplicabilidad, las interconexiones
entre los modelos y la experiencia cotidiana (la División Internacional
de Trabajo, la Economía Mundo, los dominicanos, desde Puerto
Roto), crítica y revisión de los instrumentos de trabajo, así como
el proceso de trabajo. Quienes trabajamos en El Yunque
desarrollamos unos lazos sumamente fuertes que todavía
perduran. Para nosotros fue la oportunidad de establecer un
vínculo muy especial con las ciencias sociales aplicadas. Yo tengo
la certeza de que en ese momento se forjó, espiritualmente, lo
que quisimos que fuese CISA. En esa jornada por el bosque
nos acompañaron muchos estudiantes, pero recordaron con
mucho afecto a Tico (Alberto Pérez), Madeline, José Crespo,
Marta, Tamara, Ana María del Castillo, Wilbert Ortiz, Zaibette, y
Esther Figueroa entre otras.
Mucha de la historia del centro a partir de ese momento se
concentró en la expansión a una diversidad de áreas de estudio,
entre las cuales encontramos las siguientes: la venta de mercurio en
las botánicas, con Mario Núñez recorriendo las botánicas del país
con los estudiantes (Rima Brusi y Mervin Ruiz, entre otros),
varios proyectos sobre “desastres naturales” como las “sequías” y
las inundaciones, un proyecto sobre política pública y preparación
en torno a los desastres naturales, un proyecto de gran
escala potencionado por Havidán Rodríguez (a quien se reclutó, como
a muchas/os otros, con el propósito de integrarlos a CISA) y la
Profesora María Barbot han sido importante. El apoyo de María Barbot
ha sido crucial para mantener el centro a floté en sus transiciones
más difíciles, por lo que tiene todo mi agradecimiento. También ha
sido un proceso duro, que ha sido posible gracias al apoyo de
la facultad involucrada. Es difícil sacar a una persona en
particular, porque esto fue un extraordinario esfuerzo colectivo y si
e algo contribuí en mi dirección del centro en sus primeros años
se debió a ese compromiso y la colectivización del sueño de CISA
que todos/as hicieron suyo. No obstante debo aprovechar
esta oportunidad para agradecer a Walter su fidelidad y
compromiso conmigo, con los estudiantes y con CISA, agradecerle
aquí a quien no he podido corresponder como merece, y con
quien estoy en deuda. Sin pretensiones, sin ínfulas, sin
ambiciones desfasadas, muchas veces, tantas, a la sombra de quienes
lo dirigimos, Walter fue el guerrero defensor de las puertas del centro;
y gracias a el se mantuvo la paz y se dio la guerra cuando hubo
que darla. Por muchos días fue el verdadero director de CISA.
La Telemaquia
Hay quienes arguyen que la Odisea se divide en varias partes uno
de las cuales es llamada Telemaquia. Telémaco es el hijo de
Ulises, quien se encuentra en su hacienda de Itaca viendo el acecho y
el despilfarro de la riqueza de su padre por parte de los
pretendientes de su madre, Penélope, quien espera en vano que un
día regrese el héroe de la guerra de Troya. Telémaco ignora la suerte
de su padre, y quien saberla con certeza. Para ello le asisten los
dioses, como un acto de amor. Es Atenea, la de las claras pupilas,
quien va en auxilio de Telémaco, a quien aconseja que
debe primeramente viajar por el proceloso mar y llegar a Pilos
para preguntar por la suerte de su padre.
Es Atenea quien cuenta la historia inicial a los dioses. Es ella,
movida por un compromiso extraordinario, más allá de lo usual con
los míseros mortales, quien se entrega a ayudar a Telémaco, y también
a Ulises en su viaje de regreso. Para ello les aconseja con su
sabiduría y experiencia, le trae ejemplos que clarificaran la actuación
de los dioses y de los mortales, les dice a quien visitar, e inclusive,
con toda su ternura sugiere las palabras que es posible decir en
el ágora. Atenea, discutiblemente, no manipula a ninguno.
Podemos argumentar que la suerte está echada. Pero a Atenea la
mueve un amor profundo a su práctica de diosa y sobre todo a
estos mortales a quienes quiere bien. A su padre Zeus le dice, “Mas a
mi el corazón se me parte por un desdichado Odiseo”. De hecho,
la Odisea termina con la palabra de Atenea quien le pide a Ulises
que detenga la masacre en Itaca:
-…ingenioso Odisea,
Tente y haz que se termine esta lucha mortal para todos,
No sea que Zeus se enfade,
Atenea habló así, y Odisea sintió alegre el ánimo.
Y ambas partes juraron la paz, lo que fue hecho por Palas
Atenea, la hija de Zeus, el que lleva la égida,
más mostrándose bajo el aspecto y figura de Méntor.
Excepto por un primer encuentro bajo el aspecto del
anciano, Mentes, Atenea opera bajo el aspecto de Méntor
quien acompaña a Telémaco en su viaja e intercede y aconseja en
su búsqueda del conocimiento, de saber sobre el destino de su padre.
Sobre este tema hemos discutido, dialogado, escrito y
propulsado proyectos: la mentoria. Sigue siendo uno de los
procesos más significativos del centro y uno de los retos más
grandes que tenemos. De hecho, CISA se funda bajo el precepto de
que la investigación que se realiza es una amparada y guiada por
la mentoría. No se trata de mandar a los estudiantes a hacer el
trabajo sucio de recopilar los datos. Es, otra cosa. Se trata de
formar con ellos un vínculo extraordinario que permita el aprendizaje
en ambas direcciones. Se trata de la formación de colegas, lo que
exige respeto intelectual y personal, así como la capacidad para
la camaradería. De lo que se trata es de sumergirnos con ellos en
la profundidad de la investigación en todas sus dimensiones. Por eso
en CISA, nos dimos a la tarea de integrar a los estudiantes en todas
las fases de la investigación, en la redacción de los resultados y en
la presentación de los mismos, ritual que se ha concretado en
el Simposio de Estudiantes Asistentes de Investigación, tal vez
nuestro magno evento.
Inclusive, se ha compartido la autoría de varios informes técnicos
del centro, con los estudiantes participantes, o con quienes tuvieron
un papel significativo en la preparación de los mismos. Aquí en esta
sala puedo ver a miembros de la facultad como Fernando Rivera y
Rima Brusi, quienes tuvieron esa oportunidad de pasar por
esas diversas etapas. Recientemente, Marta Maldonado, Alfonso Latoni
y este servidor presentamos un trabajo sobre El Yunque en Arizona,
el cual se redacta para ser sometido a la consideración de una
revista. En estos momentos me encuentro terminando mi libro
con varios ensayos con Michael González y José Eduardo
Martínez sobre las CCS en Puerto Rico, un proyecto en el
que colaboramos, de rabo a cabo. De igual manera José Anazagasty
y Madeline Troche colaboraron con la facultad de CISA
en presentaciones conjuntas, así como en publicaciones.
Pero para lograr la mentoría se requiere una relación de
larga duración que empieza un día aquí y posiblemente termine con
el doctorado, o continué con otras colaboraciones en la vida y
práctica profesional. La mentoría requiere de una relación muy
especial con los estudiantes, la que solo es posible con un amor
muy especial. Me refiero a que para poder trabajar intensamente
hay que desarrollar tal vez un amor profundo como el que Atenea
tenía por Odiseo y Telémaco, porque la mentoría re quiere de
un contacto personal y psíquico que requiere de un
mutuo entendimiento para separar esa relación del proceso en el
salón de clases, y las responsabilidades de cada quien. Yo he
sido extremadamente afortunado. He tenido bajo mi tutela a
estudiantes aprovechadísimos con quienes he continuado la
relación profesional, la mentoría y a quienes, debo admitirlo, me une
un profundo amor que se manifiesta en las cartas, los mensajes
por correo electrónico, las visitas con sus conyuges e hijos, las
llamadas familiares para ver como soy, los saludos, y las fotos que
me envían que hoy forman parte de mi álbum familiar. Para mí, eso
es, entre otras cosas, lo que significa la mentoría, uno de los pilares
de CISA. El Oráculo de Delfos.
Se me ha pedido que culmine esta charla con algunas ideas de
cómo visualizo a CISA en el futuro, un poco que invoque al oráculo
de Delfos y vatinice el futuro, o por lo menos indique su dirección. No
es necesario. Yo pienso que CISA va por buen camino, que la
memoria continúa, que es proyecto educativo sigue convocando
a diversos sectores de la facultad, y al estudiantado y que CISA es
un modelo a imitar, según los recientes informes
de la
American Sociological Association.
Yo le había hecho un vaticinio a la profesora Barbot hace
algún tiempo atrás. Claramente le expresé que el día que yo dejara
de ser director otra gente entraría y participaría del proyecto.
Dejemos los mitos de un lado, nadie es imprescindible, y hay
momentos en que dejamos de ser facilitadores, para obstruir la
misma obra que hemos generado. Lo importante es darse cuenta
a tiempo, y saber identificar el momento preciso.
Y efectivamente, CISA se ha movido en otras direcciones, todas
muy acertadas y con un nuevo influjo de la facultad y de estudiantes
que no hacen otra cosa que honrar a nuestro departamento y la obra
del centro. Esta actividad es un ejemplo de ello, y de la importancia
de hablarnos y contarnos historias, para solidificar esa
memoria colectiva de CISA.
Pero no quiero desaprovechar esta oportunidad, y si me lo
permiten les comparto unas breves recomendaciones. Para mantener
el nivel de desarrollo es necesario traer a esa facultad con
experiencias en nuevas metodologías cuantitativas y cualitativas,
en modelos de simulación de computadoras, y en todas
aquellas prácticas y tecnologías que avancen nuestro conocimiento.
Un llamado urgente que hago es que no se pierda la capacidad, ni
la intención de trabajar de manera creativamente interdisciplinaria,
no solo con colegas de las Ciencias Sociales, sino con especialistas
en otros campos del saber y en otras prácticas distintivas del
centro, que debemos seguir cultivando.
Por último debo compartir algo que tal vez he reaprendido de
una amiga entrañable, quien me ha devuelto la capacidad
de asombrarme ante todo, de verlo todo como si fuera esa primera
vez. Ese asombro vive en la posibilidad de encontrar nuevas miras
al mundo y de describirlo. Es vital buscar nuevas formas de investigar
y narrar al mundo y de describirlo. Es vital buscar nuevas formas
de investigar y narrar para encontrarse uno mismo y su práctica en
los mitos, en las sagas, en las memorias de los chamanes y
espiritistas, en las palabras de los sanadores folclóricos, en las
historias de la gente que visita El Yunque, en los mensajes de
las apariciones, en las luchas rescatadoras de Punto Diamante, en
las dolorosas palabras de las víctimas de HIV-SIDA, en la
profunda tristeza y nostalgia de los adolescentes, en los
relatos fabulosos de los pescadores, y en las Penélopes que esperan
al atún nuestro cada día. En fin, de no perder la fe en la
capacidad sanadora y estética de la poesía. Hacer lo posible
porque no nos trague el positivismo rampante y distanciador que
emana de la pura técnica y el método.
Hay una historia apócrifa, que muchos dan por cierta. Un
alto funcionario en la Administración Central se quejó por
mi nombramiento como director del programa Sea Grant. Según
este fabuloso relato, el funcionario dijo: “pero si ese tipo es un
poeta, no un científico”. Cuando me relataron esta historia yo no
supe que decir. Ese tonto sabio me había elogiado sin saberlo, y tal
vez presentía que no era posible saber, ni educar, si agarrar toda
la hermosura del lenguaje, y de todas las historias que se han
contado, así como las que están por contarse. Por ello debo cerrar
este viaje circular retornando a la Odisea, pero a la versión de Los
pasos perdidos . Me hago eco de las palabras, absolutamente
hermosas de Carpentier, y con ellas les invito la repensar la práctica
de la investigación, la vocación de la escritura, aun dentro de
la aplicación en nuestras disciplinas:
Hay mañanas en que quisiera ser naturalista, geólogo,
etnógrafo, botánico, historiador, para comprenderlo todo, anotarlo
todo, explicar en lo posible. Una tarde descubrí con asombro que
los indios de aquí conservan el recuerdo de una epopeya que fray
Pedro está reconstruyendo en fragmentos. Es la historia de
una migración caribe, en marcha hacia el Norte, que lo arrasa todo a
su paso y jalona de prodigios su marcha victoriosa. Se habla
de montañas levantadas por la mano de héroes portentosos, de
ríos desviados de su curso, de combates singulares en
que intervinieron los astros. La portentosa unidad de los mitos se
afirma en esos relatos, que encierran raptos de princesas, inventos
de ardines de guerra, duelos memorables, alianzas con animales.
Las noches en que se emborracha ritualmente con un polvo sorbido
por huesos de pájaros, el Capitán de los Indios se hace bardo, y de
su boca recoge el misionero jirones del cantar de gesta, de la saga,
del poema épico, que vive oscuramente -anterior a su expresión
escrita- en la memoria de los Notables de la Selva… No estoy aquí
para pensar. No debo pensar. Ante todo sentir y ver. Y cuando de ver
se pasa a mirar, se encienden raras luces y todo cobra una sola voz.
Así, he descubierto, de pronto, en un segundo fulgurante, que
existe una Danza de los Árboles. No son todos los que conocen
el secreto de bailar en el viento. Pero los que poseen la
gracia, organizan rondas de hojas ligeras, de ramas, de retoños,
en torno a su propio tronco estremecido. Y es todo un ritmo el que
se crea en las frondas; ritmo ascendente e inquieto,
con encrespamientos y retornos de las olas, con blancas
pausas, respiros, vencimientos, que se alborozan y son torbellino,
de repente, en una música prodigiosa de lo verde. Nada hay
más hermoso que la danza de un macizo de bambúes en la
brisa. Ninguna coreografía humana tiene la euritmia de una rama que
se dibuja sobre el cielo. Llego a preguntarme a veces si las
formas superiores de la emoción estética no consistirán,
simplemente, en su supremo entendimiento de lo creado. Un día,
los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias,
en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con
asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un
poema.
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